Mientras el turismo se consolida como uno de los motores más dinámicos de la economía global, Argentina vuelve a moverse a contramano. En 2025, el sector de Viajes y Turismo lideró el crecimiento a nivel mundial. Según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC, por sus siglas en inglés) y Chase Travel, la actividad aportó US$ 11,6 billones al PBI global, el equivalente al 9,8% de la economía mundial. El sector creció un 4,1%, casi un 50% por encima del ritmo de expansión global (2,8%), y explicó uno de cada tres nuevos empleos generados en el mundo.
En ese contexto de expansión, Argentina exhibe una dinámica inversa, más vinculada a sus desequilibrios macroeconómicos que a la evolución del sector en sí. Los datos del INDEC son elocuentes. En 2025 ingresaron al país 2.876.500 visitantes, pero salieron 5.959.600 residentes. El saldo negativo -3.083.100 turistas- no solo refleja una pérdida de atractivo relativo, sino también un cambio en los incentivos económicos que empuja a los argentinos a gastar fuera del país.
En términos de divisas, el turismo receptivo generó ingresos por US$ 3.110 millones, mientras que el turismo emisivo demandó US$ 7.160 millones. De esta forma, el saldo resultó negativo en US$ 4.054 millones.
Si se considera el total de divisas destinadas al turismo emisivo, superior a los US$ 7.200 millones, el monto equivale a cerca del 40% de los vencimientos de deuda en dólares que Argentina debe afrontar este año. Sólo con ese monto, se podría cancelar casi la totalidad de los vencimientos en concepto de bonos en manos privadas, que totalizan US$ 7.400 millones. Esto permite dimensionar el peso relativo del turismo en la cuenta externa.
Parte de esta dinámica se vincula con factores económicos más amplios. En los últimos dos años se registró el cierre de más de 22.000 empresas y la pérdida de más de 300.000 puestos de trabajo. A esto se suma la caída del salario real, que impacta sobre el patrón de consumo de los hogares, con una mayor participación de gastos esenciales frente a los vinculados al ocio.
Al mismo tiempo, se observa un comportamiento heterogéneo: mientras una parte de la población reduce o posterga gastos en turismo, otra mantiene la demanda de viajes al exterior, en un contexto de precios relativos que, en algunos casos, resultan más favorables fuera del país.
Un rojo récord
El déficit turístico superó los US$ 7.000 millones y marcó un máximo en la serie histórica. Según el INDEC, desde que se mide la cuenta “viajes” en la balanza de pagos no se había registrado un resultado de esta magnitud. El antecedente más cercano se remonta a 2017, con un saldo negativo de US$ 6.008 millones.
El análisis de largo plazo aporta contexto adicional. En los últimos 31 años (del dato más antiguo al más reciente), el turismo internacional acumuló un saldo negativo de US$ 52.192 millones. En ese período ingresaron US$ 117.376 millones por turismo receptivo y egresaron US$ 169.568 millones por turismo emisivo.
Así, mientras el mundo encuentra en el turismo un vector de crecimiento, Argentina lo transforma en un canal de fuga de divisas. Una señal más de que el problema está en la macro que lo condiciona.
RM/EO





