En mi último cumpleaños pedí dos deseos: un trabajo que me gustara y equilibrio emocional. Me sobró uno. Es que, hasta ese entonces, solo había implorado caprichos: un campeonato, un viaje, encontrar siempre lugar para estacionar. No quise propasarme con un tercero de tanta magnitud. Fue en la segunda mitad del año pasado, cuando vivía en Ciudad de México. Fue por trabajo y por unos meses. Además de respetuosa fui previsora; es que ya tenía trabajo y equilibrio emocional.
Salía a las nueve y cuarto de la mañana de mi departamento de Condesa, el barrio que me adoptó en la ciudad. Caminaba quince minutos a la redacción, a un paso un poco más lento en el momento de las fachadas art déco de la Avenida Michoacan y, unas cuadras más adelante, en el canil del Parque México. Aminoraba la marcha para admirar a los perros grandes, peludos, embarrados, revolcados en los charcos que deja la temporada de lluvia en una ciudad en la que cae casi el triple de agua que en Buenos Aires en verano. ¡Qué cantidad de perros en Ciudad de México!
Es verdad que siendo extranjera la vida social se hace menos activa, tenía tiempo de leer, de correr y de entrenar. Pero había más: tenía un sólo trabajo que empezaba a una hora y terminaba, casi siempre, a la misma hora. Vivía en un país en el que el ministro de Economía no daba primicias en una salida de streaming a las 23. En el que podía planificar ir al cine después de la oficina. Que sólo una vez tuve que cancelar un plan porque no llegaba a terminar una nota. En el que me olvidé por un rato de mi deuda con el monotributo. Salía a comer cuando quería, hacía escapadas de fines de semana, y también ahorraba unos cuántos pesos mexicanos a fin de mes. No calculaba qué día comprar carne en el supermercado, verduras en la feria, no buscaba descuentos de manera frenética.
En mi último cumpleaños, tenía trabajo y paz mental. Pero me faltaban quince días para volver a Argentina. El país en el que todos sabemos a cuánto está el dólar, pero no lo que vamos a pagar de gas. Desde allá, las novedades llegaban en gris: un grupo de amigos peleados, dos que empezaron a tomar medicación psiquiátrica, una recién separada, varios desempleados, muchos trabajando más de doce horas por día. La mayoría, hartos.
Mis amigos de México – muchos argentinos- me preguntaban de qué iba a trabajar a la vuelta. Que cómo iba a hacer con los precios, con las quejas, con el humor general. Y yo, a contracorriente, no estaba angustiada. Porque allá me faltaban los chistes de mi amigo Nacho, las juntadas de Catán, vino y chocolate, los abrazos de piernas con mi novio, los recitales en algún antro de la Ciudad, el maullido de mi gato cuando quiere que lo suelte porque le estoy dando demasiados besos, los mates del sábado a la mañana escuchando vinilos, los domingos en familia. Los asados multitudinarios, la polenta con boloñesa, la chocotorta.
Dice Martín Caparrós en El Interior: “Sabemos: si Buenos Aires no es el interior ni el exterior, entonces es el limbo. Pero ya tengo ganas de llegar a mi casa en el limbo: al viajero también le suceden estas cosas”. A veces, la estabilidad económica y emocional, tampoco alcanza. A veces, extrañamos el lugar al que pertenecemos, aunque no sea perfecto. Porque es eso: nuestro propio limbo. Quizás, mi tercer deseo en blanco.
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