No hay caso: Monona no sabe o no se acuerda. Romina Milagros Rodríguez, Monona, fue la empleada doméstica de Diego Maradona. Cocinó y limpió en Bella Vista, en 2019, y en Brandsen, en 2020. Cuando arrancó el aislamiento por la pandemia, Monona se instaló «cama adentro». Misma modalidad en la casa de Tigre y por eso su declaración es importante: salvo dos días en lo que salió de franco, el resto de la internación domiciliaria estuvo al lado de Diego. Vio y oyó. Pero el jueves, en la audiencia 20, Monona se sentó frente a los jueces y no, no hay caso: no sabe o no se acuerda.
Un testimonio esperado. Esperado, además, porque en el juicio se anuló no llegó a contar cómo fueron esos catorce días por los que hay siete imputados en este juicio. Se los acusa de ser responsables de la muerte de Maradona. En lo que duró su declaración, unas dos horas, Monona no se sacó la campera ni la cartera.
«Me llevaba bien. Me decía qué comer y esas cosas», respondió la empleada cuando Patricio Ferrari, fiscal, le preguntó cómo era su relación con el futbolista. Primer dato: si Maradona le dictaba el menú, entonces dieta apta cardíaco o para bajar de peso no había.
Sobre cómo llegó a la vida de Diego, Monona respondió que por Vanesa Morla -hermana de Matías Morla, esposa de Maximiliano Pomargo, quien fuera secretario del futbolista-, que a Vanesa la conoce del barrio y que, como estaba sin trabajo, le pidió que le avisara si sabía de algo. Segundo dato: tenía cercanía con los Morla cuando aceptó el trabajo de empleada doméstica.
«¿Cómo era la habitación de Maradona?», preguntó Ferrari. «Una cama, un placarcito… Mucho no me acuerdo», respondió. «¿Y qué le cocinaba a Maradona?», probó el fiscal. «Lo que él me pedía. Si me decía ‘haceme un pollo al horno’, se lo hacía. Pollo al horno, ensalada, sopa…», enumeró Monona, como si la lista de platos fuera extensa. «¿Episodios de salud, recuerda?», buscó Ferrari. Respuesta cerrada: «No recuerdo».
Tercer dato: Maradona vomitó después de cenar camarones con brócoli a la provenzal by Monona. El enfermero de turno –Ricardo Almirón, imputado– consultó en el grupo de WhatsApp donde pasaban el parte diario, si podía darle un antiemético. ¿Monona no recuerda esa escena? ¿Tampoco la hinchazón en piernas, cara y abdomen que algunos testigos refirieron como una acumulación de líquidos que llevaba días? ¿Cómo te olvidas el olor del camarón más el brócoli y el ajo y el perejil?
“Sé que su médico era (Leopoldo) Luque, y la psicóloga y el psicólogo. Ahora se me hizo una nube, no me sale el nombre ahora”, esquivó Monona cuando le preguntaron sobre los médicos. Sobre el mediodía de la muerte: «Mucha tristeza, me hace mal acordarme de todo eso”. La empleada fue una de las que hizo masajes cardíacos. El fiscal Ferrari la miró por encima de las lentes: «Y sí, para todos, señora…». El aire es un ladrillo en esta sala.
Una regla: los imputados pueden mentir; los testigos no. Sentada frente a los jueces, Monona había dejado de ser esa mujer de lengua blanda que hablaba en la tele sobre los últimos días de Diego. En una entrevista con AméricaTV confió, incluso, que contaba los sanguchitos de miga que le daba de cenar para saber cuántos había comido: «La última noche le llevé seis y volvieron cinco, así que uno comió». Y sin embargo acá, en esta sala de audiencias, Monona titubea al micrófono: «Mmmmhh… No, no sé. No sé, no me acuerdo».
Basta. El juez Alberto Ortolani, los ojos siempre comprensivos, esta vez menea la cabeza. El juez Pablo Rolón, se hunde en el respaldo, el índice apoyado en la boca, el ceño apretado. Y Alberto Gaig, presidente del Tribunal, le habla a Monona: «Es muy importante que usted haga un esfuerzo; es un juicio por un homicidio éste. Es raro que no se acuerde. La veo con un poco de temor. ¿Usted sigue relacionada con alguna persona del entorno de Maradona?”. Y Monona, por fin, dijo una frase de corrido: «Maxi Pomargo es el padrino de mi hija». El aire que se había estancado afloja. Ahora un ahhhh se escurre en la sala.
Los jueces se retiran a deliberar. ¿Qué se hace con una testigo reticente? ¿Qué se hace, sobre todo, si esa testigo presenció al menos doce de los catorce días, el tiempo que hace al hecho que se juzga? A su vuelta al estrado, el juez Gaig le dice: “Vamos a seguir escuchándola. Pensamos que es posible que usted pueda contar con un mayor grado de detalle. Ese ‘no me acuerdo’ parece que está eludiendo la respuesta. Usted está declarando bajo juramento, no puede omitir ni callar”, le explicó Gaig.
Monocorde Monona, después de la advertencia del tribunal hizo el intento. La mañana de la muerte, el 25 de noviembre del 2020, puso la pava al fuego para el té. Desayunó junto al custodio de Maradona, Julio Coria; la enfermera Dahiana Madrid; el sobrino Jonathan Espósito; y Pomargo. No pudo precisar si eran las 8, las 9. Pero sí que Diego dormía y que no lo despertarían hasta la llegada de la psiquiatra Agustina Cosachov y el psicólogo Carlos Díaz. Iban a ajustarle la medicación.
La empleada ocupaba una de las habitaciones de la planta alta de la casa. Dijo «en una chiquita» y por la imprecisión desempolvaron la maqueta a escala de la casa que quedó del juicio anulado. Dio vueltas Monona, como si necesitara chequear de dónde salía el sol. Le costó identificar su dormitorio en la maqueta. Si le habían dado la que tenía baño en suite -una cuestión de privacidad, era la única mujer-, ¿por qué dijo «la chiquita»? ¿Coria, el de seguridad, dónde dormía? ¿Y Jony, el sobrino? La cuestión es que salvo cuando Maradona le gritaba «Monona veníííííí», de la habitación de Diego no se escuchaba nada. Dato cuatro: si Diego agonizó «varias horas» esa madrugada, si emitió algún tipo de sonido parecido al de ahogamiento, nadie podría haberse enterado.
Dato cinco: si nada de lo que pasada dentro de la habitación Maradona se escuchaba, la enfermera Madrid -imputada, pero que será juzgada aparte- no pudo haber oído que esa mañana Maradona deambuló dentro de la habitación ni que hizo pis en la silla higiénica, tal como consignó en la planilla de evolución.
Durante su relato, el horario de la pava al fuego cambió cuando le preguntó el abogado de Dalma y Gianinna, Fernando Burlando: «A las 7», tiró Monona. Félix Linfante, abogado de Jana, quiso saber si ella estaba al tanto de los motivos de la mudanza a Tigre: «Iba a estar en tratamiento -soltó Monona, entre harta y cansada-, no sé que tratamiento». Sobre el consumo de alcohol, la empleada dijo que Maradona tomaba «vino o cerveza» en Bella Vista, que en La Plata «no tanto» y que en Tigre «no recuerda (haber visto) alcohol».
Monona tampoco recordaba haber chateado con Luque. Sin embargo en la pantalla de la sala aparecen tres conversaciones: una en julio de 2020 y dos en noviembre de ese año. La pantalla está a unos tres metros de la empleada pero ella dice que no ve. En esos idas y vueltas, Luque le pregunta cómo está Diego. «Diego está de Diez», le cuenta la empleada. Francisco Oneto, defensor de Luque, le pregunta qué vio como para asegurar eso. Y Monona señaló a los jueces: «Así como los veo a él, a él y a él».
El registro de ingresos del barrio San Andrés indica que Cosachov y Díaz -psiquiatra y psicólogo- ingresaron a las 11.44 del día de la muerte. A las 12.16 hay un primer reporte al 911. En ese lapso, Monona completa, a su manera, el cuadro. Cosachov y Díaz entraron en la habitación de Maradona. Salieron y avisaron a todos: «Diego no se despierta». Jony y Pomargo se levantaron de la mesa donde desayunaban y fueron ellos. «Y tampoco se despierta», vuelve Monona y sigue: «Entonces entramos todos». El resto fue noticia.
VDM






