Hay una escena que se repite y que pocas veces se cuenta así, sin filtro: una mujer a las tres de la mañana, con el bebé prendido a la teta, el pezón lastimado, el celular en la otra mano googleando “¿es normal que duela tanto?”.
Carla Chinelatto la vio cientos de veces. Es puericultora del Hospital Italiano de La Plata, acompaña lactancias todos los días y lo primero que dice cuando alguien llega con esa angustia es casi un alivio: no, no es normal que duela. Si duele, hay algo que se puede acomodar.
No es instinto, se aprende
Hablar con ella es entender que nos contaron la historia a medias. Nos dijeron que amamantar es instintivo, que sale solo, que es natural. Y no. Es aprendido. Es corporal y es cultural. Es un bebé que aprende a succionar y una madre que aprende a dar, a acomodarse, a bancarse la sed, el cansancio, la entrega. Y sin información y sin tribu, se hace cuesta arriba.
Los números de Argentina lo muestran. La gran mayoría comienza amamantando: el 91,7% de los bebés de 0 a 6 meses recibió algo de leche materna, mientras que el 53,2% fue alimentado de forma exclusiva, según la Encuesta Nacional de Lactancia 2022. Pero solo el 45% llega con lactancia exclusiva a los 6 meses, aunque eso represente un 50% más que en 2011. En otra lectura de la misma encuesta, la caída es clara: 52% a los 2 meses y 50% a los 4 meses, pero baja a 42% a los 6 meses.

¿La primera hora, esa hora de oro? Solo el 68% de las madres logra poner al bebé al pecho en ese momento. En el mundo el panorama es similar: solo el 44% de los bebés toman leche materna de manera exclusiva durante los primeros seis meses, por debajo de la meta del 50% para 2025.
Carla insiste con algo que parece obvio pero no lo es: no somos solo biología. Llegamos a la teta con una vara altísima. Y cuando el parto no fue el deseado, cuando hubo intervención, cuando el cuerpo quedó dolorido, toda esa angustia se deposita ahí, en la teta. Como si dar la teta pudiera reparar todo lo otro.
Lo que nadie se anima a decir
Y a veces, del otro lado del amor, aparece otra cosa. Es lo que más le consultan a ella en privado: el agotamiento. La molestia. Nenes de dos, de tres años que levantan la remera en el colectivo, en la plaza, en un cumpleaños. Que toman y muerden. Que no dejan dormir. Madres que aman amamantar pero que ya no dan más y no se animan a decirlo.
“La libre demanda de un recién nacido no es la misma que la de un niño de tres años”, explica Carla en esas consultas. Y ahí hay una clave que le saca culpa a muchas: se pueden acomodar las tomas, los lugares, las formas. Se puede decir: ahora no, ahora la teta es de mamá, te la doy un rato y después jugamos. Poner un límite también es cuidar el vínculo.
Lorena Ribot, en su libro Dar y tomar la teta (Acercándonos, 2021), lo escribe así:
“Dar la teta, amamantar, darle el alimento, el de la carne y el del espíritu, dejarse chupar, dejarse comer, acariciar, abrazar, estar disponible, lactar, amamantar, maternar, criar en sintonía con las razones de la naturaleza salvaje y con las razones de lo que desde la no mente aparece como necesario. Olvidarse del cerebro racional, no medir, no pesar, no razonar, solo dejarse fluir. Lactar y ser loba, caliente, abrigada, nocturna, silenciosa. Lactar, mamar, dar la teta”.
Ser loba. Pero también ser mujer cansada, con ganas de recuperar su cuerpo. Las dos cosas a la vez.
Lo que hace falta para sostener
Por eso esta Semana Mundial de la Lactancia Materna no debería ser una semana para exigirlemás a las madres. Debería ser una semana para preguntarnos qué necesitamos para poder sostenerla cuando queremos sostenerla.
Porque dar la teta seis meses de forma exclusiva, y seguir después con alimentación complementaria hasta los dos años o más si así lo deseamos, no se sostiene solo con voluntad. Se sostiene con tiempo. Con licencias que no te obliguen a volver a los 45 días. Con lugares donde sacarte leche sin esconderte en un baño. Con alguien que te mire el agarre sin juzgarte. Con una pareja, una familia, una tribu que se haga cargo de todo lo otro mientras vos estás ahí, dando el cuerpo.
Si eso no está, lo que queda es una madre sola, cansada, haciendo malabares. Y entonces la teta, que podría ser disfrute y salud, se vuelve exigencia.
LDC/GLF










