Es la semana de la ESI, que cumple veinte años. Cada agosto, en los grupos de WhatsApp de las escuelas aparecen los materiales con las efemérides, PDFS y las actividades sugeridas. En algunos colegios hay charlas, en otros un afiche. El resto del año, en muchos casos, poco.
A dos décadas de la sanción de la ley 26.150 la ESI llega igual, pero llega por otro lado: mal o bien, a través de la tecnología, del algoritmo, sin mediación. Lo que falta, y que la escuela tiene que aggiornarse para ofrecer, es lo que la pantalla no da: grupalidades presenciales, contacto real, un espacio donde pensar con otros esos temas. En las aulas el impacto real pendula entre la transversalidad que diluye, los vínculos que cuestan y los equipos que no dan abasto.
Entre 2006 y 2026 hay una generación entera que pasó por la escuela con ESI en los papeles. Aquí, tres docentes de distintos niveles describen qué pasa cuando esa propuesta tiene que bajar a tierra.
Coco: lo transversal que se pierde
Coco trabaja en escuelas primarias hace 30 años. Es maestro de grado y en estos últimos años da Ciencias. Sociales y Prácticas del Lenguaje en una institución privada. Para él, en los primeros años de escolaridad se juega lo imprescindible, porque es donde se arma la base.
El problema, señala, es la propia transversalidad. Al no estar dentro del diseño curricular básico, la ESI queda al final de la lista, a criterio de cada institución y de cada docente, compitiendo con urgencias, con tapar agujeros y apagar incendios.
Esa implementación a criterio a voluntad genera incomodidad. Falta formación específica y sostenida para abordar temas que requieren reflexión previa.
«Se suponía que entre las temáticas de la capacitación estaba de la ESI, pero no mandaron documentación específica. Había muchos temas y se priorizaron otros», cuenta sobre una jornada reciente.
Lo que queda es el voluntarismo: docentes que aprovechan una hora de reflexión para hablar de conflictos y vínculos. Buenas intenciones, pero sin organización, sin continuidad y sin materiales claros.
Ese espacio un poco desfigurado que termina ocupando la ESI en la práctica no es exclusivo de la ESI. Le pasa a muchas otras áreas que la escuela fue incorporando con los años y que en lo cotidiano quedan relegadas a un segundo plano, a un «cuando se pueda»: educación ambiental, consumos problemáticos de sustancias, convivencia digital. Quedan para la efeméride, para el taller aislado, para cuando queda tiempo.
Martín: la disociación
Martín es profesor de Comunicación en escuelas secundarias públicas del conurbano bonaerense y docente universitario. Hace unos años fue secretario en una escuela y vio el mecanismo por dentro: la indicación de que «hay que empezar a dar la ESI» llega, pero sin programa claro ni acompañamiento. Su diagnóstico apunta a una disociación fuerte entre el contenido y la experiencia real de los y las adolescentes.
Lo dice en crudo: «La gente no coge». No como provocación, sino como forma de nombrar un retraimiento vincular que ve en el aula. Pibes (sin distinción de edades) hiperconectados, con el celular todo el tiempo, con dificultades para poner en palabras el deseo, el afecto, el límite, el cuidado.
Esa retracción que él nombra, encuentra eco en lo que escucha una psicóloga que trabaja con jóvenes. Lo describe como un momento donde es difícil sostener el deseo y enlazarse a otro. Lo que predomina es un empuje al goce autoerótico y a la inmediatez de la satisfacción. Esta inmediatez se saltea dos tiempos que requiere todo encuentro: lo preliminar —el rodeo, la espera, la palabra previa— y la significación posterior —qué me pasó, qué significó para mí y para el otro—.
En el intento de llevar un contenido que toque esa fibra, aparece otro límite: la falta de respaldo. El docente relata que una vez llevó a clase el capítulo «15 millones de méritos» de Black Mirror para trabajar exposición, cuerpo y trabajo sexual. Terminó con una denuncia de una familia que lo acusó de promover la prostitución.
La anécdota condensa lo que muchos docentes describen: hablar de enfermedad de transmisión sexual, de embarazo deseado y no deseado, de aborto, de genitalidad, de higiene, implica exponerse a una reacción familiar o institucional sin un encuadre claro que sostenga.
Elisa: salud mental y equipos desbordados
Elisa suma la otra pata que suele quedar afuera. «Con las charlitas de esta semana no alcanza», señala. La ESI debería ser un trabajo de todo el año, con distintos abordajes. Y uno de los que más deuda acumula es el de la salud mental y el acompañamiento.
Ahí aparece el rol de los Equipos de Orientación. En los papeles son quienes deberían estar alerta, acompañar el día a día. En la realidad de las escuelas grandes -más de mil estudiantes-, están desbordados.
Un docente ve a un curso de, en promedio, unos 30 alumnos una vez por semana. Un equipo de orientación, a veces, tiene que cubrir tres turnos o cientos de estudiantes.
«No llega ni a lo emergente. Llega cuando el problema ya explotó», describe Elisa.
En escuelas de aproximadamente 300 alumnos, aunque el trabajo es arduo, se nota el fruto del vínculo y del seguimiento. En las grandes, el equipo queda desdibujado.
El ajuste presupuestario, agrega, pega justo ahí: en las políticas públicas que deberían sostener ese acompañamiento.
¿Qué ESI queda en pie?
Entre las tres voces no aparece la idea de que la ESI no sirva. Aparece otra: una ley potente que se sostiene a medias.
Y es justamente en esa indefinición, en ese margen sin tiempo institucional, sin planificación sostenida ni respaldo claro, donde se cuelan los discursos y las posturas anti ESI. A veces de forma consciente y organizada, en la consigna del «con mis hijos no», y otras de forma más silenciosa y difusa, a partir de las propias dificultades, pudores o resistencias personales de los docentes para encarar este tipo de temáticas.
Instalada como efeméride, pero sin continuidad. Propuesta como transversal, pero sin lugar en el diseño básico. Que pide hablar de vínculos, de placer, de cuidados, de genitalidad, pero que no siempre ofrece formación, ni respaldo frente a conflictos, ni equipos para sostener lo que se abre después de una charla.
Y sobre todo, una ESI que por momentos queda disociada de una pregunta central del presente: cómo se están vinculando niños y adolescentes hoy, qué lugar tiene el cuerpo, el afecto y el consentimiento en una generación que está mucho más expuesta y a la vez mucho más retraída.
A 20 años de la ley, el impacto real no se mide en la cantidad de afiches de esta semana. Se mide en si hay condiciones para que esa conversación pueda pasar todo el año, del PDF al cuerpo y del celular al aula.
LDC/VDM









