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La hermana que se queda

La historia de Clara, el cáncer infantil y el dolor transformado en una biblioteca. Los niños en duelo, a los que nadie les pregunta cómo están.

Lucía Di Carlo Por Lucía Di Carlo
15 de agosto de 2026 - 8:00 am
en Sociedad
La hermana que se queda
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Cada año 1.360 chicos y chicas son diagnosticados con cáncer en Argentina. 3 de cada 10 no sobreviven. Cada uno deja uno o dos hermanos que ningún registro cuenta. Esta es la historia de Clara Andicoechea, la hermana de Pilar, la nena por la que nació la biblioteca Del Otro Lado del Árbol. Y de cómo aprenden a hacer el duelo los niños y las niñas cuando nadie les pregunta cómo están. 

 

Hay dos bicicletas en el Parque Saavedra. Una está atada al tronco del árbol más grande de la biblioteca. La otra no está. Pero todos en La Plata saben que ahí hay una bicicleta que falta.

Del Otro Lado del Árbol abrió el 2 de abril de 2011, el día que Pilar Andicoechea hubiera cumplido 6 años. Tres meses antes, Pilar había muerto de cáncer cerebral. Tenía 5. Sus papás, Paula y Sebastián, convirtieron el living de su casa en una biblioteca para que otros nenes que estaban en tratamiento pudieran jugar. Hoy esa biblioteca tiene más de 30 mil libros, un barco pirata, una aldea de duendes y siete réplicas en la provincia. La conocen todos.

Lo que no conoce nadie es lo que pasó con la otra bicicleta. Con la de la hermana que se quedó.

Clara, Santi y Pilar

Clara Andicoechea tiene hoy 27 años. Tenía 11 cuando murió su hermana. Si tienen que presentarla no como el mito fundador de la biblioteca, sino como su hermana, dice otra cosa:

«Era muy disparatada, muy artística. Le encantaba bailar, cantar. Admiraba mucho mi pelo largo y decía que quería tener el pelo largo como yo. Estaba siempre pegada a mí y a mis amigas. Era muy graciosa, muy pícara, viva, estaba muy viva. Una vez fuimos a un restaurante y le preguntaron qué quería comer y dijo ‘huevito’ porque nunca había ido a uno y pensó que se podía pedir un huevo duro simplemente. Siempre nos reímos mucho de eso.»

Esa es Pili. No la nena de la biblioteca. La hermana.

El Registro Oncopediátrico cuenta de tumores. El INDEC cuenta muertes. UNICEF contó 140 millones de huérfanos en el mundo. Nadie contó cuántos hermanos quedan huérfanos de hermano.

En charlas con participantes de grupos de duelo de habla hispana aparece siempre la misma escena, casi calcada. No es la nena que no entiende. Es la nena que entiende demasiado. Entiende que su hermana no va a volver y que su mamá y su papá están rotos. Entonces hace algo que duele más todavía: esconde su propio dolor para cuidar. Se porta bien, no molesta, no pregunta. Transita el duelo en una soledad acompañada: aunque la abracen, no se anima a llorar fuerte por miedo a desarmar a su mamá.

Los tres hermanos con su mamá.

Clara lo vivió así, sin ponerle esas palabras.

«Intuyo que me preguntaban cómo me sentía, pero no era el foco y tampoco lo sentí en ese momento. Todo estaba puesto en Pili y en que esos 10 meses tenían que ser maravillosos, de juego, de alegría, de mimos. Ese era el objetivo», cuenta hoy.

A ella y a su hermano Santiago les dijeron que Pili tenía «una pelota en el cerebro que le estaba haciendo mal, que le hacía perder el equilibrio». Que había tratamientos largos. Que había que acompañarla mucho.

«Yo no sabía que iba a morir. Rezaba a mi manera, porque nunca fui católica, pero le pedía a Dios, si existía algún Dios, que la salvara. Que no se merecía morir.»

Cuando murió, Clara no entendió la muerte como la entienden los adultos. La entendió como una ausencia pasajera. «Mi sensación todo el tiempo era de que estaba de viaje. Llegaba a mi habitación y de pronto estaba ella sentada ahí. Durante mucho tiempo fue una ausencia pasajera. No me caía la ficha de que era irremediable. Soñaba mucho con Pili, que volvía en unos días. Sabía que no iba a pasar, pero tenía una leve ilusión de ojalá pase algo mágico y aparezca.»

Clara pasó buena parte de esos 10 meses en lo de Zoe, su mejor amiga. «Su familia me acogió y me protegió. Han hecho de mi infancia un lugar feliz porque contuvieron mucho todos esos momentos que podría haber estado sintiéndome mal. Tuve mucho juego y mucha gente que me rodeó con amor.»

El juego. No la charla. El juego.

En la biblioteca con Jack, el perro de la infancia de los tres hermanos.

Nombrar la muerte

Esa espera de que vuelva de viaje es la que ven las docentes. Noelia es directora de un jardín y acompaña duelos de hermanos de alumnos. Su regla es no decir «se fue al cielo» o «es una estrellita» si la familia no lo dice, porque los nenes lo toman literal.

«Cuando una familia no se anima a decir murió y dice ‘está en el cielo’, el nene de 4 te dice ‘yo quiero ir al cielo a visitarlo’. Por eso orientamos no tener miedo a la palabra muerte. Decir murió, falleció. Palabras durísimas, pero verdaderas. No quiere decir que lo olvide, quiere decir que no va a volver más a la casa», explica.

Nombrar la muerte no es ser cruel. Es darle al nene la herramienta para dejar de esperar y empezar a recordar. No es decirle «ya no está». Es decirle «no va a volver, pero la podemos recordar cada vez que…». Cuando miro las mariposas. Cuando digo huevito y me río.

Clara hoy ya no siente la biblioteca como un lugar de duelo. Al principio le daba angustia ir a los cumpleaños de Pili. «Hoy todo ese dolor se transformó en un amor potenciado al millón y trascendió. Al principio era Pili representada en eso y ahora es la infancia representada en eso. Hoy es mucho más un hogar.»

Cuando le preguntan qué les diría a nenes que están atravesando lo mismo, no les habla a ellos. Les habla a los que los rodean. «Que los acompañen mucho, que los contengan, que les hagan ver que el mundo puede igual ser maravilloso aunque vivan esa pérdida. Que el dolor va a estar, que probablemente dure toda la vida, pero que va amainando, que cada vez se hace más chiquito. Nadie puede comportarse de manera correcta porque el dolor es tan grande que arrasa con todo. Se hizo lo que se pudo.»

 

En el Parque Saavedra hay 30 mil libros y un barco. Y hay una bicicleta que falta. Esta crónica es para mirar esa bicicleta. Para que la próxima vez que un nene pierda a un hermano, alguien, además de abrazar a la mamá, se agache y le pregunte a él dónde le duele.

 

LDC/SC

 

Temas: cancercancer infantildestacada_lateraldueloinfancias
Lucía Di Carlo

Lucía Di Carlo

Tandilense radicada en La Plata. Doctora en Comunicación, docente de la UNLP y especializada en comunicación institucional. La maternidad le cambió la mirada y le pegó de lleno en lo que investiga y escribe. Actualmente co-conduce "Paridas", en Radio Trinchera.

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