El miércoles, Javier Milei visitó el colegio ORT para hablarles a alumnos de secundaria sobre ética e inteligencia artificial. Fue apenas la segunda vez que lo hace desde que asumió. En medio de un operativo hermético, sin prensa ni transmisión en vivo, un grupo de estudiantes lo despidió con gritos de «chorro». Otros se asomaron por las ventanas para ovacionarlo y sacarse selfies.
La escena resume el momento: un Gobierno que necesita colarse en un aula secundaria para intentar recuperar un vínculo que, según sus propias encuestas internas, empezó a resquebrajarse. No es que los jóvenes hayan girado a la izquierda necesariamente. Los sondeos de opinión muestran, más bien, que el vínculo que construyó La Libertad Avanza con ellos nunca fue tan sólido como pareció en la euforia del 2023.
La prueba es una montaña rusa: en julio, la confianza de los jóvenes en el Gobierno se desplomó 23% según el índice de la Universidad Di Tella. Un mes después, en agosto, saltó 66%. Ningún otro segmento etario osciló tanto en tan poco tiempo. Esa inestabilidad, más que cualquier número puntual, pareciera ser el síntoma central.

Hay un dato estructural detrás de esa volatilidad. Según el análisis propio del politólogo y consultor Facundo Cruz, investigador del Observatorio Pulsar de la UBA, los jóvenes de 18 a 29 años son quienes menos participan electoralmente en la última década: representan menos de un cuarto del padrón, muy por debajo de adultos y adultos mayores, de acuerdo a un informe al que accedió La Pluma.
Cruz agrega que, cuando la participación juvenil retrocede respecto de la elección anterior, esa caída siempre es más pronunciada que en el resto de los segmentos. Y, cuando va al alza, la recuperación es más débil. Es decir: los jóvenes no solo votan menos, sino que su comportamiento electoral es más errático que el de cualquier otra franja etaria.
La particularidad reside en que esa oscilación no significa que sean más de derecha. La última encuesta de Creencias Sociales de Pulsar muestra que la autoubicación ideológica juvenil es casi idéntica a la de la población general: 27% se define de izquierda, 46% de centro y 27% de derecha, contra 28%, 43% y 29% en el total del país.
El fenómeno más fuerte del informe no es ideológico, sino de pertenencia. Los «ningunistas» —quienes no se identifican con ningún espacio político— pasaron del 25% en 2024 al 42% en 2026, y son «transversales al género, la edad y el nivel educativo», según el propio estudio.

El lazo más débil
Para Cruz, esa fragilidad tiene un nombre. «LLA es un partido político hidropónico, como una planta acuática. Ha ido desarrollando sus raíces en la sociedad argentina con una combinación de ideas y de resultados concretos. Es un vínculo débil, que depende mucho de los resultados. Si no están, entonces las ataduras a segmentos sociales específicos se pueden ir desvaneciendo».
Esa fragilidad ya asoma en los números de identidad partidaria de Pulsar: la simpatía con LLA subió de 6% en 2023 a 23% en 2024 y 2025, pero cayó 6 puntos en 2026, mientras el peronismo se mantuvo estable. Es la misma lógica que describe Cruz aplicada a la población general: sin raíces profundas, el desgaste pega más rápido.
El mecanismo que sostuvo ese vínculo, explica, fue una promesa: sacrificar el presente para disfrutar un futuro mejor. «Si vos hacés un sacrificio hoy, o tu familia hace un sacrificio hoy, entonces vos, como joven, vas a poder disfrutar del futuro«. Esa idea tuvo eco real: durante buena parte de la gestión, la confianza juvenil en el Gobierno estuvo siempre por encima del promedio general.

Pero esa promesa empieza a chocar con los números del mercado laboral. Según el INDEC, la desocupación general fue de 7,8% en el primer trimestre de 2026, mientras que entre los jóvenes de 14 a 29 años trepó a 14,6% en varones y 15,5% en mujeres —más del doble que entre los adultos de 30 a 64 años. Además, seis de cada diez jóvenes que consiguen trabajo lo hacen en la informalidad.
«Si los resultados concretos de gestión no acompañan, entonces la promesa discursiva no alcanza», resume Cruz. Y agrega que eso ya se nota: los jóvenes empiezan a ver que sus familias hacen sacrificios que no se traducen en mejoras concretas, y la pregunta sobre cuándo llega ese futuro promisorio empieza a no tener respuesta clara.
Ahí aparece la volatilidad que muestra la propia Universidad Di Tella. En julio, el índice de confianza juvenil se derrumbó a 1,68 puntos, el peor registro entre todos los segmentos. En agosto rebotó a 2,80, el más alto de todos. La UTDT advierte que ese salto podría deberse, en parte, al error muestral: es el segmento con menos casos dentro de la encuesta.
Para Cruz, esa inestabilidad todavía no se traduce en un cambio de voto: «esa frustración todavía no se convierte en enojo. Cuando se convierta en enojo, va a ser un problema para el Gobierno.» Al comienzo de la gestión, agrega, el resto de los espacios políticos dejó de invertir en los jóvenes, dándolos por perdidos.
Recién ahora, dice Cruz, ese segmento vuelve a aparecer como una zona de disputa electoral real para todo el arco político, no solo para el oficialismo. Y aclara algo más: el fenómeno no es exclusivo de la Argentina, sino parte de una desafección juvenil que se repite en buena parte del mundo, con matices propios en cada país.
Juan Lehmann/CM










