Las infancias atraviesan una paradoja difícil de ignorar: cada vez más menores reciben ayuda para comer, pero el hambre no desaparece.
Según el último informe del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA, el 28,8% de los niños, niñas y adolescentes vive en hogares con inseguridad alimentaria, mientras que el 13,2% sufre su forma más extrema: pasa hambre. Aunque los datos muestran una leve mejora respecto a 2024, siguen por encima de los niveles históricos de la década pasada.
Al mismo tiempo, la asistencia alcanzó un récord: el 64,8% de los jóvenes recibe alimentos a través de comedores, escuelas o programas sociales. Es decir, comer dejó de depender solo del ingreso familiar y pasó a sostenerse, en gran parte, con ayuda estatal y comunitaria. “La demanda en comedores y merenderos se triplicó en los últimos meses”, advirtió el ex ministro Daniel Arroyo en declaraciones a La Pluma Diario.
El problema es que esa red enfrenta ahora un escenario más frágil. El gobierno de Javier Milei avanzó en la eliminación de programas vinculados a la niñez, reduciendo herramientas en un contexto donde la asistencia no es complementaria, sino central. Entre los recortes se destacan la eliminación de iniciativas como Abrazar Argentina, el programa de Promoción y Protección de Derechos, el plan de Derecho al Juego (JUGAR) y distintas propuestas de participación, recreación e inclusión juvenil, además del cierre de espacios históricos como Unzué y Sarmiento. “El Gobierno mantiene la AUH y la Tarjeta Alimentar, pero hace eso y nada más”, cuestionó Arroyo.
“El deterioro social es evidente: hay más familias que, aun trabajando, no logran cubrir la alimentación básica”, agregó el ex funcionario, quien también señaló un cambio en la dinámica de la crisis: “Hoy hay una municipalización de la crisis: se hacen cargo los municipios, las organizaciones y las iglesias”. Además, el fenómeno golpea con más fuerza a los sectores más vulnerables: en los hogares más pobres, casi la mitad de los chicos tiene dificultades para acceder a alimentos, muy por encima de los niveles de los sectores medios y altos.
El informe también advierte que el problema no es solo la cantidad de comida, sino su calidad. En los barrios, la escena se repite: “Se está comiendo mucho fideo, harina, arroz y polenta, y poca leche, carne, frutas y verduras”, describió Arroyo, en línea con el deterioro nutricional que registran los estudios.
El impacto es especialmente grave en la infancia. “Que un chico coma mal es brutal: no desarrolla su cuerpo ni su capacidad cognitiva”, alertó.
Con más de la mitad de la infancia en situación de pobreza y una asistencia que no logra cubrir a todos, el hambre en Argentina ya no es una emergencia puntual, sino un problema estructural.
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