Una semana le alcanzó para dejar una estela de interpretaciones cruzadas. Dante Gebel ya vuela a su casa de California pero su paso por Buenos Aires activó un fenómeno difícil de encasillar. Fueron seis días cargados de los movimientos de un precandidato. Gira mediática en radio, tv y streaming; reuniones reservadas con intendentes, gobernadores y visitas al círculo rojo en un canal de televisión. La conclusión es una: hay un Dante Gebel para todos.
Algunos creyeron ver en él un Milei de buenos modales. Otros, un peronista con mucha calle y lectura de las máximas del General. Su entramado de apoyos es, en sí mismo, una paradoja. Reúne piezas de ambos lados de la grieta. El legislador porteño Eugenio Casielles es uno de los más entusiastas dentro del armado. “Estamos empezando a dar esta pelea antes incluso de que sea candidato”, desliza, sugiriendo que el fenómeno excede cualquier postulación. En otro extremo, el sindicalista aeronáutico Juan Pablo Brey, que lo conoce desde un vínculo personal y religioso en California, destaca en él “un liderazgo que no divide”.

Qué piensa sigue siendo una incógnita, cuál es su plan, también. “No es un estúpido, sabe mucho más de política que lo que él mismo cree”, dice un dirigente bonaerense del peronismo ortodoxo que se reunió con él en esas horas vertiginosas. Otro empresario con terminales en el universo de la salud salió espantado después de un encuentro reservado en un medio de comunicación.
Nacido en 1968 en Billinghurst, partido de San Martín, construyó una trayectoria singular: del evangelismo —como discípulo del pastor Giménez— al prime time televisivo de Canal 13 -dada su sociedad con Mario Pergolini y Adrian Suar-, y de allí al show motivacional. Se codeó con artistas populares a los que les pagó, el vuelo y la estadía completa en EEUU para que presencien su show, acudan a su Iglesia y sean entrevistados en su programa.

Esta semana volvió a desplegar esa ambigüedad calculada. Se presenta como alguien que no quiere ser candidato, mientras cumple con todos los movimientos. En escena, mezcla autoayuda, humor, imitaciones y relatos íntimos que funcionan como anclaje emocional.
Su narrativa pivotea sobre historias personales. “Yo era chiquito… mi mamá se moría de cáncer… y a partir de esa oración ella vivió 40 años más”, contó ante distintos auditorios. No es solo una anécdota. Es el núcleo de un discurso que convierte la experiencia individual en explicación total. Ahí radica su lógica más potente —y también más polémica—.

Gebel reinterpreta los conflictos sociales como procesos interiores. La desigualdad se vuelve falta de propósito; la injusticia, una herida no sanada. Es una “circularidad del relato” difícil de impugnar: ofrece certezas emocionales, evita señalar responsables estructurales y desplaza la solución hacia la transformación personal. Ese mecanismo le garantiza conexión masiva, pero al mismo tiempo abre interrogantes sobre su traducción en política concreta.
El terreno donde se mueve tampoco es casual. El crecimiento del evangelismo en Argentina —15,3% de la población según el CONICET—, especialmente en sectores vulnerables, junto con la reciente institucionalización de las iglesias no católicas, configura un escenario fértil. Aunque los especialistas advierten: no existe un “voto evangélico” uniforme ni automáticamente transferible.
Pese a llenar estadios y teatros con su exitosa gira PresiDante el año pasado, más encuestas muestran un enorme índice de desconocimiento y una intención de voto creciente que pasó del 1,6 al 3,5% en un año. “Si Milei fue presidente ¿Por qué él no?”, se preguntan en su entorno que desde 2024 ve que hay una puerta de oportunidad para la primera presidencia evangélica en la historia.
AL/CM






