Hay casualidades que el fútbol administra demasiado bien. Lionel Messi, confirmamos en cada partido, jamás agota todas las historias posibles. Esta vez no es una estadística ni un récord, es un rival que para Argentina nunca llega solo. Llega con Diego Maradona, con las Malvinas, con una memoria que atraviesa generaciones y que volvió a aparecer apenas terminó el partido contra Suiza, cuando jugadores e hinchas cantaron juntos: «El que no salta es un inglés».
Por primera vez en su carrera, Messi jugará contra Inglaterra. Nunca lo había hecho ni en un Mundial, ni en un amistoso, ni en juveniles. Lo hará recién ahora, a los 39 años, en su último baile. Cuarenta años después de México 1986. Será este miércoles a las 16, hora argentina, en Atlanta.
Pero para llegar hasta esta semifinal, Argentina tuvo que sobrevivir, una vez más. Le ganó 3 a 1 a Suiza, pero sin una remontada emotiva ni quince minutos suspendidos de toda lógica como contra Egipto. Pasó de fase gracias a un triunfo incómodo.

Muchos hablan de que esta Selección tiene «algo de Italia 90». No podría confirmarlo: tenía apenas un año durante aquel Mundial. Pero pareciera que, como entonces, a esta Selección le alcanza con el corazón. O, como reconoció Lionel Scaloni después del partido, con «la suerte de nuestro lado».
Durante una hora, Argentina jugó probablemente su peor partido del Mundial. No encontraba la pelota, no ganaba los duelos, no podía salir de su campo y Suiza hacía exactamente lo que quería. La Selección estaba incómoda, lejos de ese equipo que durante años se construyó alrededor del control, la paciencia y del mediocampo.
La expulsión de Breel Embolo cambió el partido. Lo que era una amarilla para Leandro Paredes terminó siendo doble amarilla y expulsión para el suizo gracias a la intervención del VAR. Con un jugador más, tampoco aparecieron respuestas ofensivas, pero al menos la pelota circulaba lejos de nuestro arco.
En el alargue, llegó la genialidad de Julián Álvarez, la tranquilidad del tercer gol de Lautaro Martínez y una clasificación que terminó siendo más amplia en el resultado que en el desarrollo.
Algunos dirán -como Scaloni- que fue suerte. Otros adjudicarán el triunfo a la individualidad de nuestros jugadores, y los de afuera crearán teorías conspirativas para justificar el porqué estamos una vez más entre las cuatro mejores selecciones del mundo.
Un clasificación enorme, un funcionamiento…
Pero los de afuera son de palo. La realidad es bastante menos épica y bastante menos conspirativa. Argentina -una vez más- encontró un contexto favorable, lo aprovechó y ganó. Nada más, ni nada menos.
«Suiza fue un equipo físico que nos hizo el partido difícil. No ganamos los duelos. No pudimos hacer cinco o seis pases seguidos», dijo Scaloni cuando terminó el partido. La clasificación, explicó, es enorme. El funcionamiento, en cambio, no le gustó. Y hay algo saludable en esa autocrítica, sobre todo para nosotros. Ya no es sano, por más amor al fútbol que exista, intentar sobrevivir en cada partido.
El pase a semifinales no resolvió ninguno de los problemas futbolísticos que Argentina arrastra, por lo menos, desde el partido contra Cabo Verde. Y, sin embargo, sigue en carrera. Esta Selección definitivamente sabe administrar el caos. Convive con él casi naturalmente. La lógica es siempre la misma: juega mal, se queda sin respuestas y, cuando todo indica que el partido se le escapa, encuentra una reacción inesperada y sobrevive. En este Mundial, pareciera ser, sobrevivir es una forma de jugar. Al menos, es la forma de jugar de la Selección argentina.

Martín Caparrós escribió antes de los cuartos de final que este equipo todavía no funcionaba. Habló de una defensa vulnerable, de laterales perdidos, de la insistencia por entrar siempre por el medio, de un Messi que pierde demasiadas pelotas y de una Selección que parece avanzar más por coraje que por fútbol. Dijo también que semejante cuota de fortuna no podía administrarse eternamente. Después de Suiza, hay que redefinir “eternamente” porque hasta el momento es suficiente para seguir.
El miércoles, Inglaterra
Ahora aparece Inglaterra. Scaloni, Rodrigo De Paul y el propio Messi intentaron bajarle la espuma a este cruce. «Es un partido de fútbol. No es más que eso», dijo el entrenador.
Tiene razón. Y, al mismo tiempo, sabe -como todos nosotros- que no la tiene. Desde hace cuarenta años, Inglaterra dejó de ser solamente Inglaterra. No después de Diego, no después de que dos goles construyeran dos maneras distintas de entender la identidad argentina.
El sociólogo Pablo Alabarces escribió alguna vez que el mito terminó de consolidarse porque fueron, precisamente, esos dos goles y no otros. El primero representó «la idea del plebeyo que vence al poderoso con las armas del pícaro y del pobre». El segundo, simplemente, «algo irrepetible».
Desde entonces, cada Argentina-Inglaterra se juega también contra esa memoria. Pasó en Francia 1998, cuando la Selección eliminó por penales al equipo inglés en octavos de final. Pasó en Corea-Japón 2002, cuando Inglaterra ganó con el penal de David Beckham y Argentina quedó eliminada en primera ronda. Volverá a pasar ahora, inevitablemente.
El fútbol, como dije, administra muy bien las casualidades. Cuarenta años después de México 86, Messi jugará su primer partido frente a Inglaterra. Y lo hará con una Selección obstinada que sobrevive.
DC/VDM






