“Después de toda revolución o contrarrevolución abortada, los emigrados que se refugian en el extranjero despliegan una actividad febril. Se forman grupos partidarios de diversos matices, cada uno de los cuales reprocha a los otros el haber llevado el carro al tremedal y los acusa de traición y de toda clase de pecados mortales. Mientras tanto conservan estrecho contacto con la patria, organizan, conspiran, publican octavillas y periódicos, juran que va a «recomenzar» dentro de veinticuatro horas, que la victoria es segura, en previsión de lo cual distribuyen desde ya los puestos gubernamentales. Como es lógico, se va de desilusión en desilusión, y como eso no se relaciona con las inevitables condiciones históricas, a las que no se quiere comprender, sino que se atribuye a errores fortuitos de unas u otras personas, las acusaciones recíprocas se acumulan y todo desemboca en una cizaña general . Tal es la historia de todas las emigraciones (…) y los emigrados que no pierden el sentido común y la razón procuran apartarse lo más posible de las riñas estériles en cuanto se presenta la menor posibilidad de hacerlo con tacto, y se ocupan de algo más útil.” – Friedrich Engels
Hay un local de comida venezolana al que me gustaba mucho ir después de ensayar con mi banda en Palermo. Chevere Food, en Güemes y Armenia. Casi todos esos locales tienen nombres así: una palabra referente a algo de Venezuela y otra en inglés. Chevere Food, Avila Burger, Caracas Coffeshop, Chacaito Foodstation, Arepa Power.
La gracia de este local es que era mucho más barato que los otros. Tenía descuentos para repartidores de Rappi y Pedidos Ya -casi todos venezolanos- y un horario interesante: abría de 8 pm a 5 am. No había sillas, comías parada en la calle, como en muchos locales de comida rápida en Venezuela.
Lo atendían tres chicas muy simpáticas, dos venezolanas y una paraguaya, a las que les agarré cariño. Al principio se daba la típica charla que siempre tengo con otros venezolanos: “¿Ah, tú eres de Venezuela?” “Pero no tienes acento, chama” “¿Hace cuánto viniste?”
Una vez llevé a mi mamá y desde entonces me preguntaban por ella cada vez que iba. Con mi marido les llevamos regalos en Navidad. Charlábamos mientras preparaban las arepas, con un greatest hits de Marc Anthony sonando desde un monitor al lado de la bandera de Venezuela. Creo que recién ahí empecé a reconciliarme un poco con mi origen.
Después las echaron -o renunciaron, nunca supe y las reemplazaron por dos tipos menos simpáticos. Bajó la calidad de la comida y yo también empecé a estar más corta de plata. Así que dejé de ir.
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Durante los primeros años de mi vida adulta renegaba bastante de mi nacionalidad. No es que mintiera al respecto, pero la sentía irrelevante. Desconectada de mi vida.
Soy parte de la diáspora más grande de la región: desde el comienzo de la crisis en Venezuela emigraron casi 8 millones de personas. Más de un cuarto de la población. Sin embargo, no me siento una exiliada. No como arepas todos los días (aunque no estaría mal) ni tengo una remera de la vinotinto y además hablo en cheboludo.
En Argentina terminé la secundaria, di mi primer beso, abandoné la facultad, me escapé de la casa de mi viejo. Volví y me fui otra vez. Me casé, viaje a dedo, empecé a escribir, me hice travesti y tuve mi primer laburo. A pesar de todo eso mi DNI sigue deschavando mi nacionalidad venezolana, por más porteña que sea.
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Cuando era chica mi abuelo no me dejaba ver ciertos dibujitos en la tele porque según él eran propaganda comunista filtrada por Fidel Castro. Su hermana (latina residente en Miami) fue la primera persona que escuche apoyando a Trump. De mi infancia recuerdo que a mi abuela le interrumpían la telenovela con cadenas nacionales y que mi viejo viajaba a otros países para usar el cupo CADIVI, que eran básicamente dólares que el estado te regalaba para que gastes afuera.
Todo lo que viví allá se siente confuso e irreal. A veces violento y un poco estúpido.
Cuando entré en la pubertad, el modelo bolivariano se había agotado y estaba entrando en crisis. El incremento acelerado de la inflación y la inseguridad vino acompañado por la muerte de Chávez y la victoria electoral de Maduro, también llegaron las sanciones, las barricadas, los muertos, las filas, el racionamiento, la represión, los saqueos, las góndolas vacías, los cortes de luz y agua. Un país imposible. Gente pasándola muy mal.
Sin embargo fue recién cuando salí de Venezuela que terminé de darme cuenta de que no venía simplemente de una territorio en crisis. Sino de una experiencia difícil de entender, más difícil de explicar y al mismo tiempo ineludible.
Recién cuando salí de Venezuela terminé de darme cuenta de que no venía simplemente de una territorio en crisis. Sino de una experiencia difícil de entender, más difícil de explicar y al mismo tiempo ineludible.
Venezuela no era un país, era un tema de discusión instalado en agenda que provocaba inmediatamente polémicas y posicionamientos. Un conjunto de lugares comunes en el que todos tenían una opinión prefabricada e indiscutible. Y eso me irritaba. Por otro lado también me molestaba la actitud de muchos de mis compatriotas frente a la política local de los países a los que llegaban.
Durante muchos años “convertirse en Venezuela” fue la amenaza favorita de los políticos de la derecha latinoamericana (y también del resto del mundo). Un psicopateo que servía para asustar a los propios y rascar votos y altavoces apoyándose en la diáspora, utilizándolos políticamente.
Lo curioso es que muchos de los que invocaban a ese fantasma terminaron aplicando medidas que se parecen bastante a la caricatura que denunciaban. Autoritarismo, represión, asistencialismo y ajuste. Y hubo muchos venezolanos que los bancaron pensando que así salvaban al mundo de un cataclismo.
Haber vivido ese proceso en primera persona no nos vuelve automáticamente los mejores y únicos intérpretes posibles de lo sucedido. La experiencia es un punto de partida, sirve para hacer literatura pero no alcanza para explicar la realidad. Y más de un venezolano me escracharía en grupos de compra-venta de facebook por decir esto.
La experiencia es un punto de partida, sirve para hacer literatura pero no alcanza para explicar la realidad.
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A veces creo que los jinetes del apocalipsis bailan salsa y venden tequeños en Palermo. No andan en caballos voladores ni provocan catástrofes pero sí evidencian un fin del mundo que ya sucedió.
La mayor parte de los venezolanos con los que me crucé no solo llevan a Venezuela en la ropa que visten, en la música que escuchan, en lo que comen, en cada conversación y videollamada y en la mirada acusatoria que ponen cuando me escuchan hablar sin acento, sino también en la forma que tienen de analizar la política de los lugares a los que migran, haciendo equivalencias que simplifican la realidad hasta volverla irreconocible.
Hay algo que se repite con insistencia febril e incuestionable: la idea de que el colapso venezolano es consecuencia exclusivamente del chavismo, como si la historia comenzara en 1999. Como si no existiera una matriz previa que explica los límites contra los que chocó estrepitosamente el proyecto bolivariano: un país con una estructura rentista dependiente de las importaciones, vulnerable y poco diversificada.
La diáspora intuye algo que no termina de procesar y que les hace estar equivocados al estar en lo correcto.
Hay algo que se repite con insistencia: la idea de que el colapso venezolano es consecuencia exclusivamente del chavismo, como si la historia comenzara en 1999.
El anticomunismo desbordado y traumático de la comunidad venezolana en el exterior les impide ver que lo que realmente tienen en común Venezuela con el resto de América Latina antecede al chavismo. La economía venezolana, en su forma más extrema, expone tensiones —desigualdad, dependencia de importaciones, primarización de la economía— que también existen, en distinto grado, en casi todas las economías de la región.
Venezuela es un final posible para el cuento de hadas invertido y caótico que es la historia latinoamericana.
El problema es que esa complejidad casi nunca se discute.
Yo seguiré disfrutando de los locales de comida rápida venezolana (o haciendo arepas de polenta en casa los meses malos) mientras escucho a las trompetas del juicio final tocar merengue. A Venezuela se la invoca para cerrar conversaciones, no para abrirlas.
MT/VDM






