A las 19:39 del domingo, Brasil contuvo la respiración. Con el escrutinio completo, la remontada se confirmó: Lula se llevó 51,79% (64.256.232 votos) contra 48,21% (59.826.041) de Flávio Bolsonaro, según el Tribunal Superior Electoral. Cuarto mandato. Final de suspenso. Y una certeza que atraviesa los números: sin las mujeres, no había triunfo.
El voto femenino define elecciones
Brasil tiene 83,9 millones de electoras. Son el 53% del padrón, contra 74,8 millones de varones. Votan más. Y votan distinto. En 2022, la última encuesta de Datafolha marcó el clivaje que ayer se repitió: 51% de mujeres con Lula y 35% de varones. Bolsonaro arrasaba en voto masculino: 61,7%. “Nunca antes observamos una discrepancia de género como esta”, dijo entonces Maurício Moura, del instituto Ideia, revisando datos desde 1989.
Murilo Medeiros, analista de la Universidad de Brasília, lo sintetizó: “Las mujeres desempeñaron un papel decisivo en la victoria de Lula, especialmente entre las electoras de bajos ingresos de las periferias urbanas”. Lula ganó por 4,4 millones de votos. Exactamente el margen que le dieron las mujeres que nadie mira hasta que cuentan los votos.
No es un voto identitario en abstracto. Es material. Fueron ellas quienes gestionaron la pandemia en la casa cuando el gobierno desalentaba vacunas. Son jefas de hogar: entre ellas, Lula marcaba 47% contra 27% de Bolsonaro. Son quienes viven con hasta dos salarios mínimos: ahí Lula llegaba a 51% contra 19%. El voto femenino es el voto de la pobreza, y la pobreza en Brasil tiene rostro de mujer negra.
Ese voto tiene historia. El 14 de marzo de 2018 asesinaron a Marielle Franco. Concejala negra, favelada, lesbiana, feminista. Un miliciano dijo que la sociedad la olvidaría. Ocurrió lo contrario. Su viuda, Mônica Benício, la define como símbolo de democracia y reparación porque encarnaba todo lo que Brasil considera descartable.
Hoy su legado es gestión concreta: su hermana Anielle Franco es ministra de Igualdad Racial desde 2023 y su abogada dirige el Instituto Marielle Franco. La bancada feminista negra y LGBT que creció después de su crimen militó esta elección voto a voto en esas mismas periferias.
Ese voto también tiene banda de sonido. El 18 de octubre, una semana antes del balotaje, Salvador fue un ensayo general. El Ato pela Democracia en el Farol da Barra, convocado y articulado por Daniela Mercury, llenó la orla con Gilberto Gil, BaianaSystem, Liniker y Zélia Duncan.
Mercury, que votó junto a su esposa y llamó a Lula “o maior Chefe de Estado do mundo”, forma parte del video colectivo “Bora Lula” junto a Caetano Veloso, Chico Buarque, Maria Bethânia y Alcione. Más de 50 artistas que pusieron la cultura en modo comando de campaña.
Cuando el entorno bolsonarista atacaba el voto femenino – “Estadísticamente, las mujeres votan muy mal, especialmente las solteras”, dijo el bloguero Paulo Figueiredo, cercano a la familia –, la respuesta fue en la calle cantando: “Vamos virar! Bora, Lula!”.
Y en la otra punta de la cadena, menos visible pero igual de estructurante, está el trabajo de cantantes como Xuxa Meneghel. La canción para las infancias hecha por mujeres no es un entretenimiento menor: es política del cuidado.
Es la disputa por qué historias les contamos a los pibes, qué ritmos entran a la escuela, qué lugar ocupa una mujer que enseña cantando. Es la misma economía que Lula tocó para remontar después de la primera vuelta: reducción de la jornada laboral y actualización de Bolsa Família. Más tiempo para cuidar y más ingreso para quienes cuidan.
Marielle defendió a las que crían en la favela. Daniela les puso música para marchar. Xuxa les pone música para crecer. Tres formas de la misma infraestructura que el bolsonarismo no logró perforar.
LDC/VDM









