Los bordes de una palabra: ahí donde se pueden rozar los límites, su opacidad, sus sugerencias. La invisibilidad nunca es total ni puede, aunque se lo proponga, tapar. El mail convoca: amistad. La palabra se disuelve y se rearma en una lectura. Se la alejará para que muestre sus límites. Se la acercará, para que se torne más extraña.
Toda palabra se vuelve rara al mirarla muy de cerca. Aun las más comunes: amistad. Vocativo callejero, solemne cuando se necesita, religioso de vez en cuando, colectivo para simplificar, ceremonial para distender, (siempre me gustó la gente que diferencia entre amigo y conocido para dejar en claro el grado de confianza), amoroso a determinada edad, casi sexy en ocasiones. Ese límite hermoso del amor que se cruza con el deseo.
Tengo preferencia por los poemas de amor entre mujeres que, a falta de otras palabras, usan la expresión amiga. Claro que esa elección no solo es una elección literaria, sino también las letras de una invisibilización (y objeción social) a cierto modo de amor. ¿Es tu amiga? ¿tu prima? Últimamente el más doloroso, freudiano e imposible: ¿Es tu hija? ¡No dan los años señor, señora, por favor!
Las amigas que vivieron toda la vida juntas, la “amiga” de toda la vida de la tía que nunca se casó, el viaje de dos amigas. Coartada social del lesbianismo, la amistad muestra pero vela a su vez. La amistad tranquiliza porque el espacio amoroso pareciera estar fuera de él. ¿Lo está realmente?
Las amigas que vivieron toda la vida juntas, la “amiga” de toda la vida de la tía que nunca se casó, el viaje de dos amigas. Coartada social del lesbianismo, la amistad muestra pero vela a su vez.
Bordes sinuosos en los que el cuerpo tensiona la palabra y el deseo muestra su cara en sueños, fallidos, e insinuaciones. ¿Quién no soñó con besarse con una amiga? ¿Quién no confundió el nombre de la amada con el de la amiga? Confusión que el poema rescata y pone a disposición: amiga en un intercambio feliz con amada.
Una vez, mi amor, ante un llanto silencioso, me tomó la cara y me dijo: «Yo también soy tu amiga». Como la amiga-amada que muestra el poema de la norteamericana Elizabeth Bishop: una mujer lavándole el pelo a otra, la luna, las estrellas en la palangana de metal, lo que se refracta.
Bishop era una poeta celebradísima en los Estados Unidos cuando recibió 2.500 dólares como una beca para viajar. Quería tomar un buque carguero que recorriera los bordes de América del Sur, pasando por Brasil y Argentina. Era el año 1951. En Río de Janeiro visitaría a una amiga de la universidad. Unos pocos días que se convirtieron en 17 años en esa ciudad. Conoció a Lota Soares, arquitecta de largos cabellos negros a la que llamó amiga en este poema:
Silenciosas explosiones sobre las rocas,
los líquenes crecen
propagándose en grises, concéntricas descargas.
Han acordado reunirse con los anillos en torno a la luna, aunque
en nuestros recuerdos no han cambiado.
Y ya que los cielos nos servirán
durante tanto tiempo,
has sido, querida amiga,
precipitada y pragmática,
y mira lo que pasa. Pues el tiempo,
si algo es, es dócil.
Las estrellas fugaces en tu cabello negro
en brillante formación
¿adónde acuden,
tan resueltas, tan pronto?
–Ven, déjame que lo lave en esta gran palangana de hojalata,
golpeada y lustrosa como la luna.
Es el artefacto del poema el que puede armar la caja de cristal donde brilla, protegido, el deseo amoroso en la palabra amiga.
Sylvia Molloy en su bellísimo Desarticulaciones dice que dos personas que se quieren se inventan nombres, apelativos absurdos basados en algún secreto o alguna experiencia compartida de la que nadie sabe. El poema devela eso que nadie sabe, muestra la intimidad, pero oculta ese nombre para que amiga sea a la vez velo y desvelo, exhibición pudorosa de un deseo que, con la misma palabra, la sociedad acalla.
Lo que fuera del poema es acusación o invisibilización es, dentro, vocablo festivo, cómplice y erótico. Mary Oliver, deja un testamento alegre, una plegaria para la amiga:
Que nunca deje de ser traviesa,
que nunca deje de ser atrevida.
Que mis cenizas, cuando las tengas, amiga,
y las entregues al océano,
salten en la espuma de las olas,
amando aún el movimiento,
aún dispuestas, más allá de todo,
a danzar por el mundo.
Es la amiga la que tiene las cenizas; el cuerpo que se entrega al final de una vida es, más que para el amor, para la palabra amiga que une en su amplitud la certeza más precisa. Las palabras nunca son del todo de un solo sentido. Saltan de sí mismas para siempre señalar oblicua(o errónea)mente la realidad. Conviene recordarlo siempre, para el amor, para la política, para las amigas.
GBA/VDM










