En Gualjaina, al noroeste de Chubut, no hay quien despache cartas o envíe telegramas. Si alguno de los más de mil habitantes quiere hacerlo, tiene que recorrer 85 kilómetros hasta Esquel, la ciudad más cercana con una oficina de correos. Si el municipio, la escuela, el juzgado de paz o el hospital necesitan el servicio, deben enviar a un emisario que recorra caminos difíciles, más complicados todavía si llueve o cae nieve.
Ese pueblo, ubicado en la meseta patagónica, quedó incomunicado desde el 28 de mayo de 2024, cuando el Gobierno dispuso el cierre de varias sucursales Correo Argentino y, en consecuencia, despidió a único cartero de Gualjaina: Rogelio Hube. El
En su último día de trabajo, Rogelio tomó su bicicleta y caminó rodeado de vecinos que lo aplaudían y le agradecían por los casi 30 años de servicio. En el pueblo se conocen todos. Era el cartero que pasaba cantando y silbando, de esas personalidades pintorescas que hacen a la identidad de un lugar. Le dieron una placa y lo homenajearon. El hombre lloró ese día. Y también llora ahora, más de dos años después, cuando habla por teléfono para esta nota.

“Todavía me emociona”, dice y deja en suspenso la comunicación por unos segundos. “Me quiebro porque uno es conocido, fue todo el pueblo a despedirme. Los empleados de la basura, el cartero o el que reparte el diario somos personajes, somos conocidos por la gente, siempre andamos contentos, cantando, chiflando”, cuenta Rogelio, quien tiene una hija de cinco años con la que a veces pasea en la bicicleta que antes fue su herramienta de trabajo.
Gualjaina está al noroeste de Chubut, en el departamento de Cushamen, uno de los más extranjerizados de la Argentina: el 23% de las tierras están en manos de capitales transnacionales y supera el límite del 15% que establece la ley. Un pueblo de 1000 habitantes, que es punto turístico por una roca gigante de 240 metros a la que llaman «Piedra Parada».
El último cartero de Gualjaina ahora es almacenero. Usó la indemnización para abrir un local junto a su esposa: “Casa Don Rogelio”, en Simón Antieco al 200. En el pueblo lo ayudaron con heladeras o parte del mobiliario. Ahora atiende desde las 9 de la mañana hasta cerca de la medianoche. Trabaja de corrido en un pueblo donde se respeta la siesta.
“Solamente se trata de sobrevivir”, dice. Se «reconvirtió» Rogelio en algo que ya era. Pasó de repartir cartas y paquetes a montar un «pick up». Ahora, en vez de salir él, se acercan los vecinos a buscar envíos. Así que en ese sobrevivir el almacén es ahora un punto de retiro. O «Punto Correo», como llamaron a la línea que distribuye el e-commerce de Correo Argentino. Por cada paquete que llega a su negocio y entrega recibe alrededor de $200 pesos, lo que sale un caramelo.

Es el mismo servicio que, digamos, Rogelio prestaba cuando era trabajador del Correo Argentino y tenía un salario en blanco, además de los telegramas y las cartas, varias de ellas certificadas, que son claves para cuestiones administrativas. Él costeaba de su bolsillo los gastos de limpieza, de librería y de luz para mantener la estafeta en la que trabajaba desde 1996. “Yo no era casta, yo mantenía a la estafeta con mi sueldo: pagaba los servicios, compraba la leña, y con un sueldo mínimo de estafetero, porque era un sueldo mínimo. No soy casta”, dice.

El 28 de mayo de 2024 el pueblo quedó incomunicado; durante semanas los paquetes y cartas llegaban, pero no había quién las recibiera. Ese día cerró la estafeta, Rogelio pasó a ser un desempleado y el pueblo se quedó sin correo.
Ahora, para enviar cartas y telegramas es necesario recorrer 85 kilómetros hasta Esquel, donde hay una oficina postal. Se puede ir en auto, en caso de que no llueva o nieve; o en colectivo, que cuesta alrededor de $15 mil el pasaje.
También hay que tener en cuenta otras variables como el tiempo: si por el estado del camino se llega con demora y el correo ya está cerrado, hay que volver al día siguiente o pasar la noche en esa ciudad, en la casa de algún conocido.
“Todo quedó acéfalo, la correspondencia en el pueblo quedó dando vueltas bastante y la gente no sabía a dónde ir a buscarla, a dónde retirarla. Por ahí venía la camioneta una vez a la semana a entregar la paquetería al pueblo y no quedaba en ningún lado y se volvía de vuelta”, describe.
“Cada vez que tenés que despachar algo se te complica un montón”, dice el intendente de Gualjaina, Marcelo Limarieri. Y agrega que, si bien ahora todo se resuelve a través del sector privado, hay cosas que dificultan la comunicación en el pueblo. “Hay algunas cuestiones que sí o sí las tenés que hacer en Esquel, por ejemplo, una carta documento no la podés mandar desde el pueblo. O algunas otras cuestiones que, al no haber estafeta, no las podés hacer”, dice.
“Se sintió en un principio, creo que hoy la gente se fue acostumbrando al servicio privado, al hecho de que ya no está más Correo Argentino. Hay algunas cosas que no son tan complejas de manejar a través del correo, porque con el mismo Rogelio las podés hacer”, agrega el intendente.
Durante los primeros meses de gestión del gobierno de Javier Milei, el Correo Argentino despidió a 7000 empleados y empleadas de una planta de 18.000, según informó la Federación de Obreros y Empleados de Correos y Telecomunicaciones (FOECyT). Una medida que profundizó en abril de este año cuando envió telegramas a 400 trabajadores y trabajadoras más.

Durante la pandemia, Rogelio Hube fue más que un cartero: fue como un nexo, como un medio de comunicación móvil, casi el único. Pedaleó calles de tierra con temperaturas bajo cero para entregar paquetes. En ese pueblo, su bicicleta se convirtió en uno de los pocos medios de transporte que circulaban durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio.
Recuerda que con su celular, por ejemplo, alguna vez le mostró a un hombre la foto del nacimiento de su sobrino, una imagen que había mandado la familia. “Si un pueblo no tiene comunicación, no tiene información, le faltan un montón de cosas”, dice el último cartero de un pueblo de la meseta patagónica.
CDB / VDM










