Avellaneda no es suficiente. Nada parece ser suficiente para honrar la vida del Indio Solari. Las olas de ricoteros tiñen cada vez más cuadras de banderas y recuerdos, al ritmo de los míticos himnos redondos. Así, la Avenida Mitre se transforma en un túnel del tiempo. Porque en cada metro cuadrado hay una anécdota de Huracán o de Tandil, un casette de Gulp! y el amor incondicional de quienes ni siquiera lo vieron en vivo.
Para las 8 la fila de fieles se llena para llegar cerca del Míster, aunque sea una peregrinación sin apuros. La familia del artista aseguró que habría tiempo para que todas las personas puedan tener el último adiós, y las puertas del polideportivo Gatica se abren una hora antes de las 11, como estaba previsto. «Hace cuanto no veía a tanta gente», se escucha decir a una chica que camina por la calle Brandsen. Así arranca el funeral que será, seguramente, muy largo. ¿El más largo del mundo?
Bajo el cielo nublado, los fanáticos vienen con trapos, remeras que se pueden escuchar y, por supuesto, parlantes. El canto vidrioso del Indio se amplifica en Villa Dominico, y engaña, porque parece estar tan cerca nuestro, como si no hubiera partido. La tristeza lógica se mezcla con la alegría de saber que aún sigue vivo el ritual, la cofradía y el amor por la música de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Son emociones oscilantes; la gente canta, baila y llora. «Se me fue un papá, quedamos huérfanos», dice una ricotera que está por entrar a la capilla ardiente.
La figura del Indio es paternal. Pero no por sus consideraciones clásicas, sino porque sus letras invitan a la reflexión, al pensamiento crítico, a la creatividad y a la rebelión. En fin, un cóctel de estímulos que no vienen nada mal en los jóvenes de hoy y los que algún día lo fueron. Pero la sensación de orfandad sucede porque Solari fue de esas estrellas que guiaban la vista en el cielo. Y ahora, sin ella, parece estar todo más oscuro.
Antes de ingresar al polideportivo, la organización divide a la masa en pequeños grupos, que se convierten en camadas. A una cuadra de la entrada, un parlante marca el clima de entrada. Suenan Semen-Up, Vamos las bandas, Fusilados por la Cruz Roja, Todo un palo y muchas más, y las camadas siguen la letra a la perfección.
Mabel lleva a su nieta de 16 años a despedirlo. Isaías tiene 13 años y dice que la de Los Redondos «es una música diferente a todas». Una madre asegura que el legado que le pasó a su hijo le parece «alucinante». Otro padre se enorgullece de haber traído a sus dos hijos. Sebastian tiene 16 años y dice que estar acá es igual a estar «en el velorio de un familiar». Fenómeno transgeneracional.
Entrar a la altura de Centenario Uruguayo y salir por donde desemboca la Avenida Ramón Franco. En eso consiste el ejercicio de la última misa. Y cuando uno retrocede hacia el sentido de la Capital, encuentra que esa fila de fieles no se termina más. Salteños, tucumanos, uruguayos. La imagen es abrumadora. El legado del Indio es así, infinito. Hoy, domingo 7 de junio, parece haber alivio porque no se sabe cuando va a terminar esta despedida. Para la familia, durará «hasta que haga falta».
Será por un gesto amable del universo que las palabras de Solari siguen adquiriendo carácter profético. Ahora nos damos cuenta que es imposible que la muerte no lo encuentre vivo, porque él vive, en la memoria de quienes lo escucharon y seguirán escuchando.
MM/VDM









