1.
Lo confieso. Primero pensé en la RAE.
Para recurrir a su auxilio. E intentar evitar, con su clásica y un poco pasmosa frialdad, lo que en rigor era un rechazo primario, franco, tan visceral que me generaba (y me parece que todavía me genera) el término en cuestión.
Busqué la entrada correspondiente.
Decía: Autoayuda. Método o sistema de ayuda que uno puede prestarse a sí mismo para mejorar algún aspecto de su conducta o de su personalidad.
Como una mancha de aceite en la ropa que tratara de enmendarse simplemente frotando, mi incordio, lejos de haberse solucionado, se había -por el contrario- expandido.
Ahora, además de deplorar el término autoayuda (su ruido, el tufo atroz, esa casi inmediata asociación con otras palabras tales como individual, eficiencia, motivación), recordé que la RAE, al final del día, nunca nos resuelve nada.
Quisiera ser más preciso.
La Real Academia, por ejemplo, no indica que, cuando en Argentina hablamos de autoayuda, nos referimos más que frecuentemente a un cierto tipo de género, digamos literario o de no-ficción, que suele encabezar la lista de los best sellers, año tras año, en tiendas y afines. Y que tiene, por ende, sus propias reglas, sus condiciones de circulación, sus lectores y lectoras con sus propias expectativas.
Y sus títulos, memorables. Como por ejemplo:
- Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva.
- El poder del ahora.
- Cómo hacer que te pasen cosas buenas.
La Real Academia decide, en cambio, tomar bastante en serio el término autoayuda. No como un simple género sino como un método. O, con mayor rigurosidad aún, como un sistema completo. Bueno. Necesitaba encarar la cuestión por otro lado. Recordé mis viejas clases de gramática, en Puan 480, la facultad de Filosofía y Letras.
Específicamente, morfología.
Autoayuda es un término compuesto por el prefijo auto-, que significa que existe de o por sí mismo y que se añade, a su vez, al viejo y querido sustantivo ayuda. Con lo cual, arribamos a una evidente contradicción. Porque, si una persona necesita acceder a un cierto método, o bien utilizar un determinado sistema, o incluso si es un simple lector (¿usuario?) de un peculiar género digamos que literario,
¿en qué sentido genuino podemos decir que es autoayuda la autoayuda?
El otro, la otra, los otros se cuelan por la ventana entreabierta del propio yo. Bienvenido sea, pienso. La imposibilidad de recorrer cualquier camino sin un nosotros, nosotras, que lo instaure.
Sí.
La palabra ayuda es una antigua deriva del latín, y pareciera suponer siempre a otra persona. De ahí que sea prima hermana de la palabra coadyuvar, que significa sumar voluntades, y también contribuir de conjunto a que algo suceda.
La autoayuda sería, entonces:
un método, para la Real Academia Española;
un género literario, para el mercado editorial;
y un oxímoron, dados sus propios términos morfológicos.
2.
Cuando mis padres se separaron, fuimos a vivir con mi madre al departamento de mis abuelos, en el barrio de Lugano 1 y 2. Muy pocos libros sobrevivieron a aquella mudanza. Recuerdo: Los cuentos de Roberto Arlt. La poesía completa de Alfonsina Storni. Un tomo de El mundo del arte (el segundo tomo, extraviado). Y dos libros más, que completaban lo que, con cierta generosidad, pudiéramos definir como biblioteca.
Aquellos otros libros eran Tus zonas erróneas, de Wayne Dyer. Y El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.
Dos libros de autoayuda.
Y que mi madre, en aquella vorágine (ese hundimiento del Titanic que toda mudanza supone) decidió resguardar, preservar en medio del diluvio familiar.
Nunca leí Tus zonas erróneas, aunque su tapa amarilla me encantaba. Aquella figura humana, hecha de palabras (palabras como culpa, miedo, desconocido, obligaciones) tomándose la cabeza pero no con la gravedad del pensador de Rodin sino a la vez que caminando, prácticamente a los tumbos, casi trastabillándose, atrapaba (atrapa aún) mi atención.
Sí leí, en cambio, El hombre en busca de sentido.
¿Era de autoayuda aquel libro de Frankl?
La historia de un sobreviviente en un campo de concentración, contada por él mismo. Desarrollando una praxis, es decir, una teoría que nace al calor de la propia práctica. Su particular logoterapia.
¿Y por qué, junto con Arlt y Storni, estaban estos dos libros?
¿Acompañaron a mi madre?
¿Me acompañaron, sin que lo sepa yo, a mí?
No sé.
Lo cierto es que ahí estaban.
La autoayuda sería, entonces:
Un método, un género y un oxímoron pero también un poco de opio de los pueblos, simple madera en pleno naufragio, tabla con forma de signo de interrogación.
3.
Pienso ahora en poesía. Más específicamente, desde la poesía argentina contemporánea.
Sabemos que gran parte de la segunda mitad del siglo XX está atravesada por la pregunta por el yo. E incluso desde antes, Girondo y Borges mediante. Y desde Freud, Nietzsche y Rimbaud, ya irradiando desde el siglo anterior.
Fueron, en la Argentina, especialmente algunas mujeres quienes profundizaron en esta cuestión, radicalmente basal, respecto de la máscara de cualquier identidad. Es decir,
¿Quién dice yo en un poema?
Tomo dos ejemplos notables. Alejandra Pizarnik, el más famoso. Merecidamente. Un conocido poema suyo dice:
explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome.
Notemos esas partículas del yo, casi diríamos que expuestas; sí, como una fractura. Notemos también que el verbo partir significa (además de salir de un puerto) algo partido, y que ese partirse aparece acá a partir de dos formas de la primera persona. Dos pronombres. Así:
que partió de mí
un barco llevándome
Otro caso. No menos genial. Susana Thénon. Un poema suyo dice:
Canto Nupcial (título provisorio)
me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo -el gran amor de mi existencia-
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola ¿estoy bien?
yo me hacía negar
(…)
sí, dije yo
y volvimos a encontrarnos
con paz
yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junta
y ni la muerte puede separarme
Por lo que, si la autoayuda supone un individuo (monolítico, tendiente a lo eficaz y cerrado), la poesía argentina nos recuerda exactamente lo contrario.
Decir individuo (aquello que, por definición, no puede dividirse), por ejemplo, es una falacia. Aunque cada tanto, en efecto, podamos dar nuestro Sí. O no podamos, y lamentemos entonces nuestro quebranto, pizarnikeando.
O a lo mejor sí, finalmente sí, como en el canto nupcial thenoniano, para celebrar el volver a casarnos con nosotros, nosotras mismas, después de todo. Y que ni la muerte pueda separarnos.
Por un rato, al menos.
4.
Según Julia Kristeva, quien escribe poesía abreva incesante de dos fuentes vitales.
Por una parte, de la biblioteca personal. Los autores, las autoras, admiradas. Por otra, del idioma materno, que es muchísimo más y muchísimo menos que el simple decir verbal de la madre.
Que lo presupone, y lo excede.
Siento, al recorrer algunas resonancias del vocablo autoayuda, una especie de recurrente deseo, continuo y compartido. Nuestro colectivo anhelo imposible que supondría reunir, por fin, las partes rotas del gran espejo interior.
PF/VDM






