Busco un centro de gravedad permanente/ que no varíe lo que ahora pienso de las cosas de la gente/ Yo necesito un centro de gravedad permanente/ que no me haga cambiar mi idea de las cosas de la gente una y otra vez, canta Franco Battiato en Centro de gravitá permanente, una canción de 1981 bailable, pegadiza, sintética que cabalgó desde uno de los álbumes más vendidos de la música italiana, La voce del padrone, hacia la inmortalidad musical. Una canción que podría vestir una escena queer de una película de Luca Guadagnino o musicalizar el verano entero en un parador de una isla de aguas cálidas.
Esta canción me lleva a todo eso pero también a la práctica del yoga, un estribillo hipnótico que me acompaña desde hace más o menos veinte años -con algunos distanciamientos largos- que se fue convirtiendo en un centro de gravedad permanente, ligero y perseverante, silencioso como un animal alpino; en una ilusión convincente en esa espuma sucia que es la vida; en hilos dorados que se encienden en el cráneo como rutas nocturnas bien iluminadas durante la retención con aire en los pulmones. Todo eso es el Yoga para mi y es también esa canción synthpop.
El año pasado – y este también – la palabra estabilidad se llevó el palmarés en el historial de anhelos argentinos. La ambición intensa de sacar la sortija de la estabilidad financiera, amorosa, laboral y vincular para una y para los propios en esta destartalada calesita austral dirige la batuta de los deseos que se piden frente a las velas de la torta, las estrellas fugaces, las horas espejo, las intenciones navideñas, los rituales de fin de año. Es lo que se conversa con la analista y con las dos o tres amigas y es lo que parasita el punto fijo de la mirada perdida de cualquier sujeto promedio.
Mi editora, que me suministra toda esta información sobre la persecución de la estabilidad, esa búsqueda del tesoro (por esquiva, por escasa, por enterrada) de este fin del mundo, me dice pero quiero que vos le entres por otro lado. Veo que estás profundizando pararte de cabeza, entrale por ahí.
El shirshasana, la posición invertida sobre la cabeza es uno de tantos cientos de asanas, dicen algunos que es de los más completos, uno de los grandes pilotes de ese enorme sistema de gestión de lo vital que es el yoga, que, al menos el que practico, surgió hace más de cinco mil años en algún lugar donde lo sensorial, discreto y sutil era una instancia deseable y, al parecer, bastante presente en lo viviente. Para quienes lo practican con fervor, el yoga toma la forma de un recuerdo que, de tan intenso, se convierte en destino.
El yoga no es idealista, trabaja con el material existente. Una de mis descripciones favoritas, tan chistosa como veraz, de ese material existente con el que trabaja el yoga la escuché por primera vez de boca de mi maestro -el único sujeto del que me avergonzaría que leyera esta columna- citando a un maestro antiguo: el hombre es un mono borracho con el pelo prendido fuego picado por un escorpión que va saltando de rama en rama. Una descripción que también aparece en el budismo.
El yoga es el intento de domar al desquiciado por medio de técnicas corporales y respiratorias, no la disciplina adecuada para personas que ya tienden al bien, que ya tienden a tocar los botones correctos. El yoga no pasteuriza el alma, no la ordena como un living de una casa de campo de revista de diseño, es más bien un dispositivo recio para personas poco serenas, rumiantes, contrahechas, neuróticas, deshilachadas, que se practica en un cuadrado de un metro por un metro y que invita a ver qué pasa ahí donde supuestamente no pasa nada.
El yoga es más bien un dispositivo recio para personas poco serenas, rumiantes, contrahechas, neuróticas, deshilachadas, que se practica en un cuadrado de un metro por un metro y que invita a ver qué pasa ahí donde supuestamente no pasa nada.
Patanjali, un sabio que sistematizó el yoga clásico hace dos o tres siglos antes de cristo, o bien seiscientos años después, no se sabe, hay varias versiones de su existencia histórica, comienza su Yôga Sutra, una colección de aforismos abruptos, concisos, parcos, con dos sutras definitivos: 1. Ahora, la enseñanza del Yôga 2. El Yôga es la supresión de la inestabilidad de la conciencia. En total son casi doscientos sutras y estos dos son de los más claros.
¿Importa saber esto cuándo se practica? No lo sé, a mi no me importa demasiado. Pero cada vez que ejecuto un asana, por sencillo que sea, por elemental, por poco acrobático o habilidoso, o justamente, cuando es poco acrobático o coreográfico, cuando es tan sencillo que tiende al silencio, algo de ese sutra número dos-El Yôga es la supresión de la inestabilidad de la conciencia- aparece como recuerdo que insiste en ser destino. Esto con respecto al objetivo maximalista de Patanjali, que es alcanzar el samadhi, la hiperconciencia. Por debajo de eso, diría, son migajas.
Con respecto al tipo de mono que soy, una vez hablando con Lucio Pablo, mi maestro, después de una práctica en la que nos quedamos solos después de que los otros alumnos se desconectaron de la pantalla, dijo algo así como: aceptar morir en el lugar, no temer a morir en el lugar. Le pregunté a qué iba, como tantas veces le pregunto a qué va, y me respondió: el temor de la gente es a morir en el lugar, ese lugar que es uno mismo cuando entra en un presente sin coacción, sin distracción que coarte ese momento. No sé porqué pero una gran parte de mis miedos, una gran parte de mi colección de monstruos de todos los tiempos se desinflaron, se deshidrataron con la evocación de poder romper el tiempo y salir.
Cuando se practica y se consigue, por momentos, entrar en la naturaleza de la técnica, no hay repetición, cada vez es la primera. Es otra forma, junto a la muerte, de romper el tiempo. Otros lo encuentran en la escritura, otros en el sexo, o en sustancias. Como dijo Henry Miller, entregar el alma y que las cosas sigan con absoluta certeza, firmes, incluso en pleno caos.
Hace unos años, en una época de precariedad emocional, después de una práctica cualquiera, Lucio abría la boca, decía cualquier cosa y me ponía a llorar. Cuanto más intentaba disimularlo, más evidentes eran los ruidos y las manifestaciones asociadas a la incomodidad de querer caretear un desborde. Él hacía lo que tenía que hacer, no me pasaba cabida, seguía hablando como si nada. Era muy chistoso todo porque lo que decía no estaba asociado a nada profundo, era un simple bueno hay té, o qué viento se levantó, o ¿ya sabés que vas a cenar? Y porque su voz tampoco es calma ni risueña, no tiene el tono ni la textura ni la blandura asociada a toda esa bolsa de gatos en que se mete a lo espiritual. No, mi maestro tiene más bien la voz de alguien que tiene pericia, que ejecuta saberes. La voz de un carpintero, de un piloto de avión. La voz de un karateka olímpico, que es lo que fue antes de volverse instructor.
Como no soy una persona demasiado tonta entiendo que cualquiera que escriba sobre una práctica como el Yoga corre el riesgo enorme, cantado, de coquetear con la autocomplacencia, o de que todo suene a pedir un aplauso: ese ensueño narcisista de querer un premio por ser una persona. El Yoga afortunadamente apaña esa vergüenza, cubre con piedad esa disfunción, con su mecanismo máximo de seguridad: la técnica de superación de la conciencia, de superación del yo engreído, del yo infatuado, mediante la observación de sí misma.
La observación de la conciencia por sí misma sugiere mirar esos momentos de complacencia con la misma cara de nada y la misma tendencia distante, sin adherencia, con la que se miran las propias miserias. Mirar y dejar pasar, mirar y dejar que pase. Aplanar los desniveles, buscar lo liso. Somos una cancha en mal estado en la que se juega como se puede. El Yoga es profundamente recio, pero también profundamente piadoso.
Somos una cancha en mal estado en la que se juega como se puede. El Yoga es profundamente recio, pero también profundamente piadoso.
Desde hace algunos años vivo prácticamente a oscuras, la luz artificial no me convoca. No enciendo la luz cuando entro o cuando la luz natural se va. En mi casa hay lámparas coloradas, esferas que simulan fogatas, el rojo es calor y misterio. Apacigua lo fluctuante, lo acorrala, lo compacta. Fui apuntando en una libreta, después de terminar de practicar, ideas y sensaciones: la cultura cambia más rápido que nuestros patrones biológicos, por eso nos sentimos tan mal.
La mejor manera de engañar a la biología es encarar las cosas desde el placer, de otra manera el organismo lo rechaza. La retención con pulmones vacíos es difícil de soportar porque liga con la muerte. El yoga es una máquina de guerra contra el oleaje incesante del pensamiento, es una máquina de guerra contra el parloteo parásito. La práctica es demasiado buena como para que cargue con el malentendido de que es una técnica confortable para personas planas. El yoga es una máquina de guerra tan compleja como complejas son las guerras que se libran con el intelecto. Hacer el menor esfuerzo posible y mantener la posición: llevar este gajo del yoga a lo cotidiano. El yoga une el dilema más importante: fortalecer o estirar. Yoga es avanzar hacia adentro.
SG/VDM






