Las cosas tienen sentido cuando las oponemos a otra, según la semiótica: algo es rojo porque no es azul ni ninguno de los demás colores. Así es más fácil entender cuándo alguien tiene aura en contraposición a alguien que no la tiene. Y también es muy simple que el término se empiece a deformar cuando lo explican en el noticiero del mediodía y lo repite Fantino en el stream.
Perder el aura se asemeja a cuando te estás hacés la linda frente al que te gusta, pero justo te tropezás con una vereda rota. O te agarra un ataque de tos o te ladra un perro: el aura te queda por el piso. También, cuando alguien empieza a dar un gran discurso pero la audiencia nota que tiene la bragueta baja: el momento se arruina por completo. Es por esto que, si alguien se cae en público, se dice con justa razón que “perdió 1000 de aura”.
Se trata de experiencias universales donde ni siquiera es necesario llegar a los extremos de la vergüenza ajena, sino a gradaciones mucho más sutiles, a tal punto de quizás no darnos cuenta. Y la variable que marca la pérdida puede ser de apenas un segundo entre una decisión bien o mal tomada. Un ejemplo reciente y conocido es el de Jordan Henderson, el jugador de Inglaterra que festejó un gol saltando de forma atlética un cartel de la cancha (aura) pero cuando aterrizó se quebró la muñeca (no aura) y se perdió el resto del Mundial sin haber jugado todavía (menos mil de aura).
El sentido opuesto a perderla es, obviamente, el caso de éxito, el que sale bien: una morisqueta que se vuelve meme, un festejo que se convierte en icónico, una buena foto, un comentario que causa mucha gracia. Implica tener un instante de carisma, de simpatía, incluso haciendo algo a alto riesgo de quedar como un boludo. Y si este efecto se produce de forma continuada en el tiempo, se dice que se “farmea aura”, esto es, se la cosecha y se la acumula tal como en los videojuegos, cuando recolectás muchas “cositas” o recursos (armas, vidas, power ups, etc) en los diferentes niveles.
Lamentablemente, el aura no se puede prever ni generar: intentar hacerlo adrede puede llegar a tener el efecto contrario. Tratar de imponerlo no funciona y a cierta edad decir que algo “tiene aura” es muy poco recomendable. Ver trolls buscando instalar que tal o cual imagen de un político tiene aura es decadente y, de hecho, a esta altura la expresión ya está agotada, mejor evitarla.
Fue en este contexto digital ya saturado (el asunto arrancó hace rato) en el que se cruzó la cuarta pared y las competencias de “farmear” se hicieron virales, un fenómeno que recuerda al boom de los therians: nadie sabe bien quien lo convocó pero de un día para el otro llegó a las marcas, a los tuiteros, a los influencers y a la gente de a pie: “¿Viste lo de las competencias de farmear aura? Que vuelva la colimba”.
En Mar del Plata el ragebait (los posteos hechos para provocar deliberadamente enojo y generar interacciones) se trasladó a la vida real ya hubo piedrazos luego de un torneo en una plaza, donde los farmeadores se juntaron a hacer movimientos de tiktok. Se convirtió, además, en una pesadilla para los docentes, porque pocas cosas tienen menos aura que un niño tratando de hacerse el gracioso.
Es que la línea que separa este concepto del viejo término “cancherear” parece delgada pero no lo es tanto, porque difiere en un punto clave: el aura nunca es forzada, sino que surge como ese haz de energía que presuntamente emanamos de manera invisible y gracias al cual el resto nos percibe de mejor o peor manera. No se imposta ser un chad o una tipaza. Puede tener que ver con la confianza, la autoestima, el descaro de una actitud, pero necesariamente tiene que ser espontánea.
Es recién en este punto donde se conecta con la concepción esotérica, que la describe como un campo energético humano, absolutamente único, donde cada color que desprende y su intensidad están ligados a una emoción particular.
Esta idea de un resplandor que nos rodea y que significa algo trascendental tiene también su correlato en la iconografía religiosa, a través de las aureolas: a los ángeles y a los santos se les pinta un disco luminoso detrás de la cabeza para señalar su condición divina. Justamente, en un guiño católico, Rosalía se tiñó una aureola en la cabeza para la gira de “Lux”.
Las aureolas también fueron tema de debate este año, pero debido a un desfase lingüístico: Mica Viciconte acusó a su compañera de stream, Daniela Celis, de falta de decoro por usar una remera blanca transparente: «No hace falta mostrar tanto las aureolas, ir con las luces altas del auto”, le dijo en cámara. La palabra correcta era “areola” -del griego, “área pequeña”- y sirvió para que muchos aprendieran que así se llama el círculo que rodea a los pezones. El episodio, una batalla de areolas, inauguró un debate a favor o en contra de imponer un dress code en el ámbito laboral, no así del por qué de la confusión léxica.
Volviendo al aura, especialmente a la intención de farmearla, por estos días vivimos una hiperfijación mediática que puede terminar en los próximos segundos. Ya no se puede crecer y hacer pavadas en privado: va a quedar el registro digital para siempre de quienes se tomaron el asunto tan en serio que fueron a un encuentro en un parque público y disputaron su carisma a puro movimiento corto, tirando pasitos del mundo gamer, bailes virales, six sevens, mewing, caminatas estilosas, miradas fijas y mucho más.
Si el otro competidor se ríe, se tropieza, se traba o le agarra timidez, ganás la partida. Al aire libre, en grupo, divirtiéndose. Nada que reprochar: hoy los floggers pueden reírse con nostalgia de los famosos encuentros en el Abasto y toca reconocer que más de uno salió bien.
MPdlI/VDM









