Hay una frase que atravesó la previa frente a Inglaterra: «Es sólo un partido de fútbol». La dijeron Lionel Scaloni y varios jugadores argentinos. Cuarenta años antes la habían repetido también Carlos Bilardo y Diego Maradona. La repitieron todos, creo yo, porque es la única forma de intentar calmar una emoción que, cada vez que Argentina juega contra Inglaterra, desborda cualquier explicación racional.
Claro que es un partido de fútbol, pero también sabemos que nunca lo fue. Posiblemente por eso, en los días previos empezaron a aparecer otra vez esos rituales, esas cábalas que sólo existen cuando enfrente está Inglaterra. Como si cuarenta años después necesitáramos volver a los mismos lugares para soportar semejante ansiedad. En redes sociales, circularon links para ver El Partido, documental basado en el libro de Andrés Burgo sobre el cruce de Argentina-Inglaterra en el Mundial 1986. Volvieron los videos de Maradona. Y hasta reaparecieron las canciones que Bilardo escuchaba antes de salir a la cancha: Total Eclipse of the Heart y Eye of the Tiger.
Algo quedó claro durante toda la previa: cuando llega este partido, buscamos refugio en los recuerdos. Como si antes de enfrentar a Inglaterra hubiera que recordar quiénes fuimos para volver a saber quiénes somos.
Y esa necesidad aparecía, además, en un contexto incómodo. La Selección había llegado a semifinales sin convencer desde el juego.
Y sin embargo, Scaloni -como en Qatar 2022- decidió por fin mover una ficha: Giuliano Simeone por Rodrigo De Paul. Ajustó la banda derecha que venía sufriendo desde hacía varios partidos. Liberó a Enzo Fernández y Alexis Mac Allister para jugar donde más daño hacen. Le devolvió agresividad al equipo y, sobre todo, la posesión de la pelota.
Desde los himnos, quedó claro que no era un partido más. Mientras sonaba el himno inglés, se escuchaba a la hinchada argentina cantar «El que no salta…» y termina como todos sabemos. Después llegó el himno argentino y -como reconoció más tarde Messi- ya no había manera de convencernos de que aquello era tan sólo un partido de fútbol.
Argentina salió a jugarlo exactamente como había que jugarlo. Con Leandro Paredes haciendo de Leandro Paredes desde la primera pelota. O, mejor dicho, desde el primer codazo. En partidos como éste no juega solamente al fútbol: juega a incomodar, a provocar, a que el otro piense más en él que en la pelota. Y lo consiguió.
Durante el primer tiempo, el partido fue trabado, lleno de faltas, empujones y discusiones. Y sin tarjetas. El árbitro dejó jugar, a pesar de las protestas por ambos lados. El duelo entre Paredes y Jude Bellingham fue lo más interesante de la primera parte.
Después llegó el segundo tiempo e Inglaterra encontró el gol, otra vez por la banda derecha argentina. Y ahí, como de costumbre, apareció esa sensación extraña que sólo despierta esta Selección.
No hubo desesperación. Argentina manejó el partido con autoridad y Scaloni acertó con los cambios. Llegó el empate en la derecha de Enzo Fernández y el triunfo en la cabeza de Lautaro Martínez.
Y Messi es siempre Messi. Se posicionó nuevamente por la derecha, habilitó a Enzo y tiró el centro de derecha que nadie esperaba para el segundo gol. Nunca había jugado contra Inglaterra. Esperó hasta los 39 años para hacerlo. Y cuando finalmente le tocó, decidió el partido con dos asistencias.
Ahora le toca España. El país que lo recibió cuando era un adolescente, el que lo convirtió en futbolista profesional, el que fue testigo de su transformación en el mejor jugador del mundo. El destino, otra vez, escribiendo mejor que cualquiera.
«Con el himno vivimos sensaciones especiales. No era una victoria más. Era una victoria importante que quería el pueblo argentino», dijo Messi después del partido. Y también habló de Maradona: «Nunca me quise comparar con él. Sé que me quería. Me quedo con todo lo lindo que vivimos. Esté donde esté, sé que está feliz».
Los centrales argentinos también hablaron: dentro y fuera de la cancha. El ex jugador inglés, Gary Neville, había cuestionado a Lisandro Martínez y a Cuti Romero en la previa del partido. El ex lateral inglés había dicho: «Es la mejor-peor pareja de centrales del mundo. Entre los dos regalan un gol por partido». Ambos fueron uno de los puntos más altos de la Selección argentina.
Después del pase a la final, Romero respondió con la misma contundencia con la que había jugado: «Lo único que espero es que cuando me retire no sea tan estúpido como Neville, no me salga criticar a un jugador. Uno entra a hacer lo mejor y las cosas pueden salir bien o mal. Nosotros estamos contentos por estar en una final y porque estamos haciendo historia».
Pero el partido, desde ya, no sólo se jugó dentro de la cancha. Desde que arrancó el Mundial, los partidos los veo en la casa de una de mis mejores amigas. A principios de este año murió su compañero. Ellos tienen un hijo de tres años.
Desde que la conozco, compartimos el fútbol y el periodismo. Desde que nació su hijo, siempre hablamos de la importancia de que le guste este deporte tóxico, al igual que nosotras. Este Mundial, Gino aprendió muchas cosas. Aprendió que después de un gol hay que abrazarse antes de cualquier otra cosa. Aprendió una palabra misteriosa llamada kiricocho, aunque todavía no sepa muy bien cuándo usarla. Aprendió que hay momentos del partido donde los grandes no contestamos y que alguna puteada se nos puede escapar sin que nadie se enoje demasiado.
Aprendió también lo que significa salir a festejar hasta San Juan y Boedo con miles de desconocidos. Y aprendió que hay canciones que sólo existen durante un Mundial.
Quizás de eso se trate llegar a una tercera final en los últimos cuatro Mundiales. No solamente en algo impensado para quienes crecimos con la condena de los cuartos de final. Se trata también de otra cosa que ocurre fuera de la cancha: compartir con amigos y familia. Y acompañar la carrera de un futbolista que siempre encuentra una historia más para contarnos.
Cuando parecía que ya habíamos vivido todo con Messi, apareció Inglaterra. Y cuando parecía que ya no quedaba nada más por descubrir, apareció otra final. Quizás por eso Scaloni, Messi y Bilardo tengan razón. Es sólo un partido de fútbol. Lo que pasa es que, en Argentina, nunca aprendimos a vivir el fútbol solamente como un partido.
DC/VDM










