Siempre me gustó jugar.
Mucho antes de hacer juguetes de cerámica, mucho antes de entender qué era el deseo, el juego ya era mi manera de conocer el mundo. Siguiendo ese impulso fui descubriendo qué cosas me despertaban curiosidad, cuáles encendían ese cosquilleo en el cuerpo y cuánto me gustaba seguirlo.
Muchos años después descubrí que detrás de esa infancia hipersexualizada había habido abuso. Y entonces aparecieron preguntas que me acompañaron durante mucho tiempo: ¿El deseo de quién era? ¿El placer de dónde venía?
Mientras buscaba respuestas entendí que quizás nunca iba a poder separar del todo una cosa de la otra. Pero sí podía hacer algo mucho más importante: comprometerme con mi propio deseo. Protegerlo. Nutrirlo. Elegirlo.
Rebelarme contra todo lo que se espera de una superviviente de abuso. En lugar de cerrar la puerta al placer, abrirla de nuevo. Limpiar mi deseo de la oscuridad con la que intentaron cubrirlo y devolverle algo que siempre había sido suyo.
Volver a jugar.
Cuando jugamos no existe la respuesta correcta. No hay “miedo a cagarla”. Nadie pierde. No hay expectativas que cumplir. Solo curiosidad. Solo el deseo de descubrir qué pasa si probamos una cosa más.
Durante la pandemia empecé a trabajar profundamente todo lo que había vivido en mi infancia. Y mientras más viajaba hacia el pasado, más claro veía que mi camino no consistía en quedarme ahí.
El encierro, la falta de contacto y la necesidad de volver al cuerpo despertaron en mí un impulso inesperado: crear objetos de placer.
No quería comprar un consolador por internet. Quería hacer algo bello. Algo que transformara el acto de hacerse la paja en un ritual de encuentro con una misma.
Así empecé a modelar dildos de barro.
Mis manos llenas de arcilla y agua dieron vida a falos de todas las formas y colores. Me sentí escultora del deseo.
Pero enseguida entendí que el dildo era solo una parte. Lo que transforma no es el objeto: es la experiencia. Por eso apareció una vasija para contenerlo, como si el placer también necesitara una casa. Quería invitar a otras personas a convertirse en sus mejores amantes. A regalarse tiempo. Presencia. Belleza. A entender que el placer puede ser mucho más que una descarga rápida; puede ser una forma de volver a habitar el propio cuerpo.
Con los años, aquellas preguntas dejaron de obsesionarme. No porque hubiera encontrado todas las respuestas, sino porque descubrí algo mucho más importante.
Que el juego también puede ser una forma de resistencia, porque es muy difícil controlar a alguien que conoce su deseo.
Y conocer el propio deseo requiere tiempo, curiosidad y muchísimo coraje. Requiere animarse a escuchar ese fuego que aparece dentro antes de preguntarse si está permitido.
Hoy pienso que el juguete nunca fue solamente el dildo.
El verdadero juguete fue el juego mismo. La posibilidad de volver a sorprenderme. De seguir descubriendo quién soy. De hacer del placer una práctica de libertad. Porque, después de todo, quizás jugar fue la forma más profunda que encontré de recuperar mi deseo.
CC/VDM









