Durante la campaña, Javier Milei prometía cerrar el Banco Central (BCRA). Dos años y medio después, el Gobierno impulsa una reforma de su Carta Orgánica que se asemeja al modelo peruano. Ya no se trata de eliminar la autoridad monetaria sino de convertirla en una institución blindada frente al poder político, siguiendo el esquema que Perú construyó tras la Constitución de 1993. En ese sentido, el oficialismo presenta a Perú como el ejemplo más cercano de éxito posible para la Argentina.
No es una interpretación de la oposición sino una definición que el propio Gobierno viene construyendo desde hace tiempo. En marzo de 2025, el ministro de Economía, Luis Caputo, aseguró que «Argentina ahora se parece a un país normal, por ejemplo Perú», destacando que allí los cambios permanentes de presidente no alteran la estabilidad macroeconómica. La admiración volvió a quedar explícita días atrás, cuando Milei viajó a Lima para la asunción de Keiko Fujimori, recibió un doctorado honoris causa y utilizó el escenario para reivindicar el equilibrio fiscal, la motosierra y la próxima reforma del Banco Central como pilares de su proyecto económico.
La referencia no es casual. Mientras Argentina todavía celebra un riesgo país cercano a los 440 puntos, Perú convive desde hace años con los 120 puntos. El Banco de Reserva del Perú acumula reservas equivalentes a cerca del 36% de su PBI, muy por encima de las del Banco Central argentino, y mantiene una inflación anual cercana al 1,5%. Son números que cualquier ministro de Economía argentino envidiaría.
Gran parte de esa estabilidad descansa en una arquitectura institucional muy distinta de la argentina. La Constitución peruana prohíbe que el Banco Central financie al Tesoro, impide múltiples tipos de cambio y le otorga una autonomía que sobrevivió a presidentes de todos los signos políticos. Julio Velarde conduce la entidad desde hace casi dos décadas.
La reforma que prepara el Gobierno busca recorrer ese mismo camino. Milei anticipó que el proyecto establecerá como objetivo prioritario preservar el valor de la moneda, endurecerlas condiciones para remover a las autoridades del Banco Central y prohibirá el financiamiento monetario del déficit fiscal.
Sin embargo, reducir el «modelo Perú» a la independencia del BCRA supone mirar apenas una parte del cuadro. La estabilidad macroeconómica peruana convive desde hace décadas con una economía atravesada por elevados niveles de informalidad laboral -siete de cada 10 peruanos son informales, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI)-, una estructura social mucho más desigual que la argentina y un Estado con capacidades limitadas para garantizar derechos básicos. Perú también combate contra la pobreza: uno de cada tres peruanos se encuentra en condición de vulnerabilidad económica, a un paso de caer en la pobreza, mientras que la indigencia aumentó en los últimos años y afecta a más de 1,5 millones de personas. La inflación baja no resolvió estos problemas; simplemente coexistió con ellos.
El oficialismo suele presentar a Perú como la prueba de que la disciplina monetaria alcanza para aislar la economía de la crisis política. Pero la otra cara del modelo es una sociedad donde la estabilidad financiera no necesariamente se tradujo en movilidad social ascendente ni en fortalecimiento del Estado. La discusión no es sólo cómo bajar la inflación, sino qué tipo de país emerge después de hacerlo. Entonces, el relato del equilibrio fiscal y la suba de precios como fenómeno monetario pierde fuerza.
«Ellos ahora dicen abiertamente que es un modelo que quiere ser Perú o Panamá, y son países sin clase media, con 70% de informalidad, sin universidad pública y gratuita, no hay ciencia y tecnología de punta», criticó el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, a principios de año.
Incluso algunos economistas cercanos al universo liberal relativizan la posibilidad de copiar el caso peruano. Emilio Ocampo, uno de los principales impulsores de la dolarización, sostiene que buena parte del éxito monetario peruano depende del liderazgo excepcional de Julio Velarde y de la propia debilidad del Poder Ejecutivo, incapaz de avanzar sobre el Banco Central. Cuando las instituciones dependen tanto de una persona, advierte, el modelo también carga una fragilidad estructural.
La paradoja peruana es evidente. Mientras la economía exhibe una continuidad poco frecuente en América Latina, la política vive en estado de crisis permanente. En apenas una década desfilaron una sucesión de presidentes, destituciones y enfrentamientos institucionales. La reciente llegada de Keiko Fujimori al poder representa el noveno cambio presidencial en diez años y reabre debates sobre el legado del fujimorismo, precisamente el período en el que nació el marco constitucional que hoy elogia el Gobierno argentino.
Ese origen tampoco es un detalle menor, ya que la autonomía del Banco Central peruano no surgió de un amplio consenso democrático sino de la Constitución impulsada por Alberto Fujimori después del autogolpe de 1992. La estabilidad monetaria que hoy despierta admiración nació en un contexto de fuerte concentración de poder político. Separar una institución de la historia que la hizo posible puede conducir a lecturas excesivamente simplificadas.
La discusión que abrirá la reforma del BCRA excede, por lo tanto, el terreno técnico. No se trata únicamente de definir si la emisión para financiar al Tesoro debe quedar prohibida por ley. Lo que está en debate es cuál es el modelo de desarrollo que el Gobierno considera deseable para la Argentina y qué costos está dispuesto a aceptar para alcanzarlo.
Milei encontró en Perú un espejo donde proyectar su programa económico. La pregunta es si también está dispuesto a reconocer todo lo que ese reflejo devuelve. Pero convertir la estabilidad macroeconómica peruana en un modelo aspiracional sin discutir su contracara social implica asumir que el éxito de un país puede medirse sólo por la inflación, el riesgo país o las reservas. Para una Argentina cuya identidad histórica estuvo ligada a la movilidad social y a una clase media robusta, esa quizá sea la transformación más profunda, y la más difícil de revertir.
MM/









