Fui a lo de mis viejos con Gala, mi hija menor, a ver a Argentina contra Cabo Verde. Gala tiene 2 años y ni miró el partido. Para ella cualquier jugador de fútbol es “Messi” o “Martínez”: bastante bien dentro de todo. Era de noche cuando terminó el partido y como iba a volver caminando con el cochecito y ya estaba fresco, mi mamá me dio una mantita para taparla.
Gala pidió sentar y arropar a los tres peluches que había llevado: Bichín y Bichina (un axolote-cornio y una axolote-cornia), y Olaf, el muñeco de nieve de Frozen. Bichín era de esos juguetes que cuando llegan todo es euforia, que lindo-que lindo, pero instantáneamente pasan al olvido, nadie les da bola y terminan en un baúl. Hasta que un día renacen. Vuelven a la vida y se convierten en favoritos, en juguetes omnipresentes: «mirá como no le daba bola y ahora no lo suelta».
Como cuando pasás de no tener laburo a que te llamen para gerente sin escalas, Bichín pasó de ignorado a muñeco apego. Empezó a acompañar a Gala al jardín, a las salidas y a la hora de dormir. Por eso sabía que no era buena idea que lo llevara en el cochecito en nuestra vuelta. Mi hija iba a quedarse dormida, los peluches iban a caerse y yo no iba a enterarme. Dicho y hecho. Salimos con tres peluches y volvimos con dos.
Bichín se quedó en el camino. Llegamos a casa, acosté a mi hija en su cama y me quedé parado mirando el cochecito: ¿por qué no me hice caso? Si sabía que iba a pasar, si lo presentía, ¿por qué lo permití? Si esos juguetes estaban a mí cuidado, ¿por qué no estuve más atento?
Pasaron varios días desde que lo perdimos. Gala ni se enteró y pienso que debe ser porque tiene dos años y porque ahora juega con Bichina. Yo en cambio me lo reprocho, con bronca. Bronca de no haberlo guardado. Y también porque creo que tiene que ver con un sentido que desarrollé cuando me convertí en padre en el 2020, con Amapola. Es una especie de súper poder para con los juguetes.
Una omnisciencia juguetera. Sé perfectamente qué juguetes tienen o tuvieron mis hijas. Qué les pasó, dónde están, quién los regaló, quién los compró. Si fueron buenas compras o respuestas a caprichos. Si son juguetes con batallas encima o de esos que se están como recién salidos de la caja. Los reconozco: este es tuyo, este es de tu hermana, ese vos lo tenías, ese es igual pero en otro color, ¿cómo que te lo olvidaste? ¿Por qué se lo regalaste? ¿lo tiraste? No lo rompas, así lo vas a romper… No te digo.
Debe haber otros padres con este súper poder. Hubo un tiempo, entre 2005 y 2015, en que era un lugar común para los comunicadores nacidos (o criados) en los ocenta, hablar sobre “el barco pirata de los Playmobil”, como el objeto deseado jamás alcanzado. El santo grial de los juguetes. Ese que nadie tenía, o quizás algún primo millo perdido.
Yo, que nací en 1980, también lo quise, no me hago el distinto, eh. Lo veía en las jugueterías, y también se lo pedía a mis viejos (sin éxito). Todavía hoy sigue siendo carísimo, nuevo o usado. No tuve el barco pirata pero sí otros Playmobil, más y menos importantes, como una diligencia vaquera.
Tuve de He-Man, de los Pitufos, de Roger Rabbit, de Locademia de Policía y muchos más, originales y truchos. De personajes de la tele o juguetes sin una marca detrás. Mi primer juguete fue un perro de peluche; el último -estoy casi seguro-, una Tortuga Ninja, en el final de mi primaria y con la adolescencia tocando timbre. Cada tanto veo alguna foto vieja de cuando era chico en donde quedaron capturados juguetes y se me activa la memoria. Intacta, después de tantos años.
La mayoría de mis juguetes no sobrevivió al paso del tiempo. O se rompieron, o se perdieron, o los tiraron o regalaron. Lamento no tener los que regalé o dejé ir. Porque los perdidos o rotos, qué sé yo, son las reglas del juego. En algún momento lo vas a romper o te lo vas a olvidar, y te vas a olvidar del juguete.
Pero los que regalé o dejé que regalaran… De esos me arrepiento. También mis libros de la infancia. Hay un momento en que creces y los juguetes dejan de importarte. Pero hoy, siendo padre, lamento no haberlos cuidado. Los pocos, poquísimos que llegaron al día de hoy, ahora son de mis hijas. Habérselos regalado fue como si me los regalaran a mí de nuevo. Las veo jugar con los juguetes que heredaron y no puedo evitar tratar de meterme y decirles “bueno así podés hacer esto, podés hacer lo otro, yo lo usaba de esta manera”. Y le cuento historias de juguetes que ya no existen más.
Me emociono con los juguetes que les regalan. Quiero ver sus caras cuando abren el paquete en sus cumpleaños o en Navidad (y también me decepciono si les regalan ropa). Quisiera recuperar todos mis juguetes para regalárselos a ellas. Verlas jugar es un poco como verme jugar a mí con mis hermanos, cuando éramos chicos. Es una especie de máquina del tiempo que se enciende sola. Es fugaz, y así como viene se va.
Me duele no haber cuidado a Bichín. ¿A dónde habrá ido a parar Bichín? ¿Quién lo habrá agarrado? ¿Qué nombre le habrán puesto? Yo me voy a acordar, para siempre, que teníamos ese peluche, y que se perdió en una noche de Mundial por mi descuido. Gala ya soltó (literal y metafóricamente). Yo no. Tengo la fantasía de que voy a hacer el recorrido que hice aquella noche y lo voy a ver ¡ahí está, no lo puedo creer! Pero no, mientras tanto, sigue en el panteón de los juguetes perdidos. Siempre se puede jugar con otra cosa.
FC/VDM










