El primer Papa estadounidense será quien termine con la espera de 39 años que el primer pontífice argentino no interrumpió. León XIV aterriza en un país que sigue creyendo en Dios y que, en buena medida, aprendió a hacerlo sin la Iglesia. Esa distancia entre la fe y la institución marcará el sentido de su paso por el país.
Argentina sigue siendo un país creyente, pero paulatinamente la sociedad abandonó cierto sentido de pertenencia. La fe se volvió un asunto privado, administrado por cada uno lejos del templo. En paralelo, la Iglesia perdió capacidad para ordenar la vida espiritual y ganó peso como voz pública frente a la crisis.

Las expectativas lo reflejan. La importancia de la visita divide a los argentinos casi por mitades, según el Barómetro de las Religiones y las Creencias de la UBA, y el 64,6% cree que tendrá poco o ningún efecto en su vida religiosa. La figura del Papa despierta interés en un país donde la institución que encabeza perdió influencia sobre la vida cotidiana.
Creyentes por cuenta propia
La mutación tiene escala histórica. En el Censo de 1960, el último que preguntó por religión, los católicos eran el 90% de la población. Hoy son el 57,7%, según la UBA, y las personas sin filiación religiosa ya forman el segundo grupo, con 22,4%, por delante de los evangélicos, que suman 17,4%. El catolicismo conserva la mayoría en un campo religioso cada vez más plural.
Esos números tampoco hablan de descreimiento. «La enorme mayoría de la sociedad argentina son cristianos», dijo a La Pluma el sociólogo Fortunato Mallimaci, investigador del CONICET especializado en religión. El cambio, explica, está en la forma de creer. Una porción amplia de esos fieles se siente católica o evangélica sin pisar un templo ni leer lo que escriben los obispos, un fenómeno que él bautizó como cuentapropismo religioso.

La Encuesta Nacional sobre Religión Vivida de este año confirma ese diagnóstico. El 70% de los argentinos cree en Dios. Entre quienes rezan, el 68,2% lo hace principalmente en su casa, y el 30,4% de los encuestados tiene un altar propio. «La gente que va al templo es relativamente poca en Argentina», resume Mallimaci.
Ese repliegue convive con una autonomía activa. «No es que son manadas manipuladas», advierte el sociólogo. Quien cree por su cuenta también decide cuándo acercarse a la institución y cuándo tomar distancia, sin pedirle permiso a ninguna jerarquía. Esa libertad vuelve inestable cualquier pertenencia y obliga a las iglesias a disputar a sus fieles todo el tiempo.

El motor del cambio es generacional, lo que lo vuelve difícil de revertir. Entre los jóvenes de 16 a 29 años, solo el 44,6% se dice católico, el 31% no adscribe a ninguna religión y el 23,6% se reconoce evangélico, según la UBA. Entre los mayores de 50, el catolicismo todavía reúne al 69%.
La institución, mientras tanto, siguió creciendo hacia adentro. Entre 1985 y 2020, las parroquias pasaron de 2.200 a 2.880 y los obispos, de 90 a 144, según el Consejo Episcopal Latinoamericano. En el mismo lapso, los bautismos cayeron de 611 mil a 442 mil y los casamientos, de 140 mil a 28 mil.
El púlpito en disputa
El retroceso del templo desplazó a la religión hacia la escena política. «Hay cada vez más discurso religioso en el espacio público», advierte Mallimaci. Se trata, aclara, de un registro que no ocupa toda la vida de las personas y que viene a suplantar a ciertos partidos políticos, en medio del descrédito de la política partidaria.
Milei encaja en esa matriz. Según el sociólogo, el presidente «tiene un discurso religioso fortísimo», que convive con la reivindicación del individualismo y el rechazo a la justicia social. El Gobierno buscó, además, interlocutores religiosos propios para el territorio y los encontró fuera de la Iglesia católica, en el mundo evangélico.

En febrero de 2024, mientras desplazaba a los movimientos sociales de la intermediación alimentaria, el ministerio de Capital Humano firmó un convenio por 177,5 millones de pesos con la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas (ACIERA). En julio de 2025, el Decreto 486 otorgó personería jurídica a las confesiones no católicas, un reclamo de tres décadas del sector.
La señal más reciente llegó a una semana del arribo papal, cuando Milei inauguró en Neuquén un auditorio evangélico para 4 mil personas, cuyo pastor es el padre de la senadora libertaria Nadia Márquez. Mallimaci describe a ese mundo como una minoría muy activa, volcada al Estado y a los partidos. Entre los evangélicos, la gestión libertaria reúne un 41,1% de aprobación, según registra el CONICET.
La Iglesia católica quedó del otro lado del mostrador. En los Tedeum del 25 de Mayo y del 9 de Julio, el arzobispo porteño Jorge García Cuerva reclamó frente a Milei terminar con la polarización y apuntó contra quienes se enriquecen en «cuevas de corrupción». Mallimaci define al país que encuentra el Papa como «una sociedad agobiada, aplastada, malhumorada, sufriente».

Para el sociólogo, el giro de los obispos hacia lo social tiene raíz doctrinaria. «El error es creer que los temas sociales no son temas religiosos», sostiene. Mallimaci anticipa que la enseñanza social que reivindica León XIV, con eje en la dignidad de las personas, el destino universal de los bienes, la paz y la justicia social, ordenará cada uno de sus mensajes en el país.
La disputa alcanza a la propia figura del Papa. Según Opina Argentina, León XIV tiene 71% de imagen positiva entre peronistas y 55% entre votantes de La Libertad Avanza, donde la negativa trepa al 22%. Mallimaci lo lee como una disputa por el sentido, en la que cada sector se apropia de la memoria religiosa a su conveniencia y «las instituciones tienen muy poco que decir».
El antecedente muestra los límites de esa palabra. Juan Pablo II llegó en abril de 1987 con un discurso centrado en la familia y la moral, en plena discusión por el divorcio vincular, que el Congreso sancionó menos de dos meses después pese a la movilización católica. Hoy la demanda corre por otro carril. El 43,2% espera que León XIV priorice la pobreza, según la UBA.

La red que queda
El país que recibe al Papa desconfía. Según un informe inédito del Observatorio Pulsar de la UBA, al que accedió La Pluma, el 71% cree que no se puede confiar en la mayoría de las personas, una proporción casi idéntica en todas las regiones y edades. El 78% considera, además, que progresar hoy es más difícil que para la generación de sus padres.
En esa intemperie, la Iglesia sobrevive como uno de los pocos espacios colectivos. Las organizaciones religiosas encabezan el ranking de participación, con 16%, por encima de las agrupaciones políticas o barriales (5%) y los sindicatos (4%). La política y el gremio, las grandes mediaciones del siglo XX argentino, quedaron detrás de la parroquia y el templo evangélico.

La red también es material. El 35,5% acudió en el último año a una iglesia en busca de ayuda, según el Barómetro de la UBA, y el 45% de ellos lo hizo por razones económicas, alimentarias o laborales. Sobre esa función de contención se apoya buena parte de la implantación evangélica entre los sectores con menor nivel educativo, donde ya reúne al 22,5%.
En ese escenario, Mallimaci identifica que León XIV encontrará un país que lo valora, le reclama una voz frente a la pobreza pero ya no le pide permiso para creer. El sociólogo lo anticipa al describir a ese creyente que oscila entre la cercanía y la distancia con la institución. «Capaz que ahora va a salir mucho a ver al Papa, sin pasar por el templo», dice.
JL/VDM









