Siempre veo cosas raras en el teléfono pero esto sí fue raro raro: un señor estimulaba sexualmente a una joven en el asiento trasero de un auto. Tranquilos, estos son videos hechos con IA. Todavía podemos darnos cuenta. La voz over de la chica narraba sus sentimientos encontrados: incomodidad, sí, pero también excitación y placer. En el asiento delantero, su mamá manejaba sin percatarse de nada de lo que estaba pasando.
Inverosímil por donde se lo mire. Claro, era una historia que operaba más bien con la verosimilitud de una película porno, donde los hechos no tienen que ser creíbles sino más bien servir a la fantasía y el juego de roles (aunque en este caso cuesta entender si es la fantasía de la piba, del señor o de la madre). Aun así, la estética realista que acerca a estos “dibujitos digitales” a lo que en otra época cualquiera habría confundido con una filmación plantea preguntas -inquietantes- sobre la circulación de estos contenidos.
Estoy intrigado por saber cómo sigue la historia. La premisa, aunque descabellada e ideológicamente reprochable, incita a la curiosidad y al morbo. Y es que en eso radica justamente el atractivo de estos “microdramas verticales” (nombre más comúnmente empleado en el metadiscurso social), el género audiovisual que está copando las plataformas como TikTok, Reels de Instagram y YouTube Shorts (es decir, todas las variaciones actuales de TikTok).

Busco más de la misma cuenta y de otras similares, todas con nombres extraños, complicados, como diseñados para ser olvidados rápidamente. Encuentro otro video donde una chica muy parecida (¿la misma “actriz”? ¿Hay actores y actrices hechos por IA?) está en la cama con un tipo muy fachero, pero antes del sexo se arrepiente, así que le dice que es virgen y se está guardando para el matrimonio. Dominante, el hombre –que se llama Alpha– la compromete a casarse con él al día siguiente para así “tomar lo que es suyo”. Estas cosas vienen con su propia “ideología de género”.
Cachos de historias
Investigo más y encuentro (y me miro entera) la primera temporada de una novelita entre un chico y una chica forzosamente obligados a compartir un departamento. Me engancho con esta (qué vergüenza). Googleo un poco para enterarme más del fenómeno. Buenas notas de MIT Technology Review, Forbes y Wired! me cuentan más o menos lo mismo: que la de los microdramas es una industria en crecimiento veloz, que empezó en China en 2018, se expandió hacia occidente a través del mercado yanqui y se potenció con el desarrollo de la IA, el abaratamiento y la simplificación de la producción. Resulta que sí hay actores, o más bien avatares IA, aunque todavía hay intervención humana en roles de guión y dirección (cada vez menos).
Aunque su circulación al público más amplio sea a través de las plataformas más populares como TikTok, Instagram y YouTube Shorts, el negocio alrededor de estos contenidos se centra en las apps que son específicas para mirar microdramas, como DramaBox o ReelShort. En ellas se puede ver una cantidad limitada de episodios gratis y acceder a más contenido a través de suscripciones, o de formas “gamificadas” como mirando avisos o intercambiando tokens, como ocurre con muchos videojuegos para celulares, una mecánica que potencia sus elementos adictivos.
Si tuviera que definir a los microdramas en pocas e imprecisas palabras diría que son relatos largos en unidades cortas. Esto es importante, porque a su manera desafían –y a la vez no– esta descripción muy instalada sobre los contenidos digitales: que están hechos para atenciones volátiles. Digo que la desafían porque el visionado de estos culebrones puede insumir el mismo tiempo que el de una serie de Netflix o quizás aún más. Y digo que “a la vez no” porque, como para mucho de lo que se consume en internet, así como es fácil entrar es igual de fácil desengancharse.
Entrada y desenganche
Entrar a una de estas historias ocurre prácticamente de modo automático: un golpe de morbosidad o tal vez de cringe incitan a mirar. Los giros narrativos abruptos, los conflictos pasionales y sexuales, así como otros artilugios que están en franca continuidad con la tradición del melodrama televisivo (la novela de la tarde) te retienen con ganas de saber cómo sigue la historia.
Pero también es fácil desengancharse. Ya sea porque hay que dejar el teléfono para atender algún asunto de esos de “la vida real” o simplemente porque lo domina a uno cierta sensación de pudor ya incontenible por cualquier pretexto de consumo irónico, el abandono es sencillo y no necesariamente momentáneo.
Una vez cerrada la app, si uno no dio follow a la cuenta en cuestión puede no volver a encontrarse con esa historia. El call to action más reciente en el marketing digital es justamente alertar al usuario de que el algoritmo “podría ya no volver a mostrarte este contenido”. A las cuentas de microdramas pareciera no importarles esto, tal vez confiadas de que son tantas y es tan grande la oferta, que si te perdiste este tren seguramente pronto pase el próximo. Y creéme que pasa.
Mezcolanza, agresividad y ensueño
Sería injusto sentenciar que todas estas historias se parecen, sin haber visto muchas de ellas. Pero un primer acercamiento a este mundo, sumado a lo que uno ya sabe de la comunicación digital, muestra claros lugares comunes. Muchos provienen del melodrama, como decíamos antes; otros del marketing digital, y otros son cortesía de las limitaciones todavía existentes en los generadores de imagen de inteligencia artificial: manos con seis dedos, escenografías incongruentes y otro tipo de “furcios” que ya son su marca de estilo.
Por cuenta del melodrama vienen las tramas de traiciones, desengaños, triángulos amorosos y una en particular que cobra una vigencia interesante en estos tiempos: el romance interclasista, por lo general de una mujer pobre o de clase media con un multimillonario (títulos exitosos como “La doble vida de mi esposo multimillonario”; “No juegues con mi corazón, Señor Multimillonario” o “El intercambio del novio multimillonario” así lo demuestran).
Históricamente una ensoñación de la industria cultural para amas de casa atrapadas en sus matrimonios proletarios o jovencitas fantasiosas de otra vida, ahora vuelve reconfigurada para el gusto y los estándares estéticos de millennials tardíos y gen-z (el segmento demográfico que más consume estas historias, de entre 18 y 34 años).
Galán depredador
La caracterización hiper masculina y agresiva de estos onerosos galanes es el punto de mayor resonancia con las idiosincrasias actuales que celebran la opulencia y sus despliegues, especialmente en varones jóvenes y esbeltos. Lo que nos lleva nuevamente a Alpha, el «hombre» postergado porque su novia quiere esperar a casarse para tener relaciones sexuales.
En eso estaban Alpha y la jovencita cuando él se entera, por pura premonición, que dos malhechores intentan lastimar a su prometida y dejarla inválida, él rápidamente sale volando (literalmente) hacia el lugar de los hechos y despacha a los maleantes con absoluta violencia. Uno de ellos le ruega “no, por favor: soy padre”. A lo que el otro responde: “no te merecés serlo” antes de reventarle la cabeza contra una pared. Las moralejas vienen así ahora.

El nombre del personaje -Alpha- y sus modos conectan con el imaginario darwinista social de moda que glamoriza al poder económico y enaltece moralmente a los depredadores del escalafón socioeconómico, héroes sin rastros de humanidad, simpatía ni piedad. “No juegues con mi corazón, Señor Multimillonario” es el título de otra historia, pero en todas se implica lo mismo: el multimillonario es una bestia indomable, un ser seductor y peligroso.
Jamás se explica por qué él ya estaba esperándola a ella en una iglesia, vestido de traje, cómo sabe qué le pasó ni dónde está, quiénes son sus atacantes, por qué tiene esos poderes ni muchas otras cosas. Como dijimos, estos relatos operan mediante las reglas de una verosimilitud fantasiosa y personajes muy estereotipados que no precisan mucha explicación.
Al resumir grandes porciones de historia en unidades narrativas cortas, son relatos sumamente elípticos, no solo en lo cronológico, sino también en lo argumental. Se intenta remediar parte de ese déficit con un recurso denostado por la crítica de cine que es el diálogo de exposición: parlamentos forzados que funcionan más como explicaciones para el espectador que como piezas creíbles de diálogo entre personajes.
La IA entre la falla y la autenticidad
Se trata de una narración muy orientada hacia el espectador, que no logra volverse del todo transparente, es decir, no logra establecer la ilusión de que los hechos “se cuentan solos” que fue una insignia del cine tradicional hollywoodense y el registro dominante en las ficciones audiovisuales. En esto las falencias de la IA aportan su acentuación extraña, con personajes que aparecen hablando “a cámara” sin que esté del todo justificado por una toma subjetiva u otro tipo de propuesta en la continuidad.
De hecho, los errores de continuidad son persistentes y notables, aportando a las historias lo que algunos investigadores hoy caracterizan como cierto efecto onírico mediante el cual un rostro puede volverse extraño o un objeto cambiar de lugar de un momento a otro.
Sin descartar esa hipótesis, creo que estos desajustes tienen otro efecto, que es el de resaltar que “esto es IA” y que por lo tanto lo pudo haber hecho cualquiera. Entiéndase por “cualquiera” cualquier usuario común y no alguno de los grandes estudios que producen la mayor parte de nuestros consumos y entretenimientos audiovisuales.
Ciertamente estas herramientas están al alcance de todos. En YouTube pueden encontrarse muchos videos tutoriales que enseñan a hacer tu propio microdrama, no solo con fines artísticos o de entretenimiento sino especialmente de publicidad, ya que es un tipo de contenido que se perfila muy competitivo en esta economía de la atención.
Pero estas ficciones no son ni amateurs ni creaciones de usuarios “comunes”. Su estrategia de engagement es la saturación a través de múltiples cuentas de fantasía con contenido que es efectista, estereotipado y repetitivo. Parte de su efectismo descansa en apelaciones al morbo o situaciones de abuso como la del principio, que rozan la ilegalidad y naturalizan actos de maltrato y violencia.
Si bien esto no es nuevo en el entretenimiento mediático, la falta de regulación, sistemas de clasificación (aptos y no aptos para determinadas franjas etarias) y descriptores de contenido (“contiene violencia”, “lenguaje vulgar”, “desnudez”, etc.), así como su propagabilidad digital plantean más problemas a los ya existentes en relación al acceso de menores de edad a estas historias, donde especialmente las chicas de esa condición pueden aparecer representadas de maneras muy sexualizadas.
En los comentarios de estos videos se ve a usuarios que piden ver más episodios y celebran los acontecimientos de cada capítulo o consultan dónde descargar alguna canción (también generada con IA) que musicaliza la serie. Miro algunos perfiles y muchos me parecen falsos. Me acuerdo de la teoría de la internet muerta, nacida en los foros, que plantea que en internet ya no hay humanos, todo el contenido y las interacciones son producidos por robots. Zombies digitales como los que “actúan” y los que comentan pidiendo más capítulos. ¿Quién sabe? Tal vez la IA ya empezó a erradicarnos a todos.
NC/VDM










