El culo del mundo existe porque alguien colgó el mapa con Europa arriba. Es una de esas ideas que pueden ser ciertas y, al mismo tiempo, sonar como una frase impresa en una tote bag comprada después de leer Las Venas Abiertas de América Latina. Que una verdad sea cursi o suene desgastada no la vuelve falsa. Apenas hace que resulte más difícil decirla sin parecer que uno está -como señalan los etiquetadores sociales de redes y “nuevos” medios- cayendo en algún tipo de progresismo performativo.
En 1943, el artista uruguayo Joaquín Torres García dibujó América Invertida, puso el sur arriba y escribió: “Nuestro norte es el sur”. Desde entonces, la obra se convirtió en una estampita laica del latinoamericanismo: aparece en centros culturales, facultades, remeras y paredes. Evidentemente no alcanzó contra un orden mundial que ya parece más viejo que el tiempo. Girar una hoja no modifica las rutas comerciales, no abarata un pasaje a Ushuaia, no puebla el territorio y, hasta donde sabemos, tampoco recupera las Malvinas.
Pero hace algo más modesto y no por eso menos válido: revela una convención. El norte está arriba porque decidimos representarlo así. Después convertimos “arriba” en sinónimo de poder, riqueza y progreso, y “abajo” en atraso, periferia y descarte. Esa jerarquía piramidal que tanto parece gustarnos. Desde esa perspectiva, Ushuaia -capital de Tierra del Fuego, Argentina- queda donde la cultura occidental suele colocar todo lo remoto, incómodo o prescindible. O sea, el culo.
El norte está arriba porque decidimos representarlo así. Después convertimos “arriba” en sinónimo de poder, riqueza y progreso, y “abajo” en atraso, periferia y descarte.
Ushuaia, además, es doblemente escatológica. En español, “escatología” designa dos cosas que parecen muy alejadas. Por un lado tenemos la doctrina sobre las “cosas últimas”, la muerte y el más allá (complemento de la protología, los principios), y por el otro el discurso sobre los excrementos. El fin de los tiempos y el culo reunidos por el diccionario. Las postrimerías del alma y las del cuerpo comparten una palabra que describe bastante bien la ciudad donde nací.
Nací y crecí en Ushuaia, una ciudad acostumbrada a presentarse por lo que viene después de ella. “La más austral”, “la última”, “el fin del mundo”. Durante años se usó un eslogan que intentaba convertir esa condena geográfica en promesa: “Fin del mundo, principio de todo”, decían el locutor y los folletos. Otra frase con vocación de imán para heladera, aunque también cierta. El final depende de la dirección desde la que uno llega.
“Fin del mundo, principio de todo”: otra frase con vocación de imán para heladera, aunque también cierta. El final depende de la dirección desde la que uno llega.
También depende de quién cuenta la historia, como siempre. El uruguayo Guillermo Giucci demuestra en Tierra del Fuego: La Creación del Fin del Mundo que esa identidad fue producida por exploradores, cartógrafos y viajeros europeos, y se consolidó recién a comienzos del siglo XX. Julio Verne ayudó con esta sentencia gracias a El Faro del Fin del Mundo y Lucas Bridges con El Último Confín de la Tierra, un libro que cuenta la historia de su vínculo con yaganes y selk’nam, y la historia de su familia en la región desde 1826.
Quizás lo que sucede es que necesitamos finales para darle coherencia a la experiencia. El “fin del mundo” seguramente diga menos sobre Ushuaia, Río Grande, Tolhuin y todas sus islas que sobre la necesidad del resto de encontrar dónde terminar el mapa.
Si América mira hacia Europa, la provincia argentina más joven, Tierra del Fuego, queda atrás. Si mira hacia la Antártida, queda adelante. Desde 2010 el mapa bicontinental representa el sector antártico en su proporción real y la convierte en una bisagra entre dos continentes. Tiene algo de póster escolar empeñado en enseñar soberanía a fuerza de gigantografía, pero muestra una verdad material. Es un extremo cuando se decide darle la espalda. La pregunta, entonces, no es por qué Tierra del Fuego es “el culo del mundo”. Es hacia dónde está mirando el mundo cuando nos llama su culo.
El culo carga con lo que una cultura prefiere esconder. Hay algo de aquello que apartamos con vergüenza para imaginar un cuerpo limpio. Las naciones hacen algo parecido con sus periferias y suelen meter ahí lo que no quieren mirar. Pensadores de todos los cuadrantes ideológicos le dedicaron al ano y todo su sistema páginas y páginas. El académico soviético Mijaíl Bajtín, por ejemplo, estudió el “cuerpo grotesco” y analizó cómo las zonas bajas del cuerpo representan lo terrenal y la renovación de la vida frente a lo solemne. Hay algo ahí, eh.
Hay algo de aquello que apartamos con vergüenza para imaginar un cuerpo limpio. Las naciones hacen algo parecido con sus periferias y suelen meter ahí lo que no quieren mirar.
Tierra del Fuego recibió su nombre por las fogatas que los navegantes europeos divisaron desde sus barcos. Antes de ser el fin, fue una señal de vida. Había fuego porque había gente. Los pueblos originarios habitaban esas costas desde hacía miles de años cuando la mirada europea las convirtió en una frontera vacía, disponible para misiones religiosas, estancias y buscadores de oro.
La antropóloga Anne Chapman llamó El Fin de un Mundo a su libro sobre los selk’nam. La precisión importa. Fue el final de un mundo concreto, provocado por la colonización, las matanzas, las enfermedades y la asimilación forzada. La tierra vacía fue una fantasía útil para ocupar el territorio y la doble escatología deja de ser un juego de palabras.
Crecer en una isla enseña que la geografía no es un mapa que te olvidaste de comprar. Para llegar por tierra desde Tierra del Fuego al resto de la Argentina hay que salir del país, atravesar Chile, cruzar el estrecho de Magallanes y volver a entrar. En el aula, entre guardapolvos y útiles, el camino parece recto y sin interrupciones pero la realidad es otra cosa, olvidada por gobiernos de todos los colores.
En francés, cul-de-sac significa “fondo del saco” e incluso acá se usa para hablar de una calle sin salida. La preciosa y valiosa Ruta 3 termina en Tierra del Fuego. ¿Ushuaia es el lugar donde el camino muere o una puerta hacia otra cosa? Para el país es un puerto y un nodo hacia la Antártida y el Atlántico Sur. La respuesta no es tan simple entonces.
En 1972, la Ley 19.640 creó ese régimen fiscal y aduanero para promover empleo, industrias y población que hoy tanta polémica genera. Tierra del Fuego tenía 13.527 habitantes en 1970 y unos 35.000 cuando nací yo en 1984, si se me permite lo autorreferencial. El Censo 2022 contó 185.732, esto quiere decir que la política de poblamiento funcionó.
La preciosa y valiosa Ruta 3 termina en Tierra del Fuego. ¿Ushuaia es el lugar donde el camino muere o una puerta hacia otra cosa? Para el país es un puerto y un nodo hacia la Antártida y el Atlántico Sur. La respuesta no es tan simple entonces.
El régimen industrial no es una reliquia intocable. Su dependencia de insumos importados y su dificultad para generar mayor valor local exigen una revisión, en primer lugar por el bien mismo de la provincia y su gente. El debate se vuelve tramposo cuando Tierra del Fuego aparece sólo como un gasto en una planilla hecha en Buenos Aires. Habitar el extremo sur cuesta. Deshabitarlo también. Desarrollar Tierra del Fuego implica sostener población y conectividad, diversificar la producción y aprovechar su posición científica y logística. La soberanía se construye logrando que alguien pueda vivir y proyectar una vida en el territorio sobre el que se declama.
Ahí aparece Malvinas. El nombre completo de la provincia es Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur y su jurisdicción incluye los territorios sometidos a la disputa de soberanía. En Ushuaia, el aeropuerto se llama Malvinas Argentinas y cada 1 de abril hay una Vigilia en la plaza del mismo nombre. Río Grande tiene otra y es Capital Nacional de la Vigilia. En ambas ciudades, la causa ocupa calles, escuelas y monumentos como una parte del territorio que falta.
La guerra sucedió antes de que muchos millennials y todos los centennials naciéramos. Su geografía, no. Por eso un Argentina-Inglaterra nunca se vive limpio de historia. Un gol no repara una guerra; ofrece un escenario simbólico para una herida abierta. En 1986, Maradona hizo la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Cuarenta años después, Argentina volvió a eliminarlos en la semifinal del Mundial 2026. 2 a 1, con Lisandro Martínez y Giovani Lo Celso mostrando esa ya legendaria bandera de la polémica internacional: “Las Malvinas son argentinas”.
El británico T. S. Eliot escribió en el poema East Coker: “En mi comienzo está mi fin”. Pero lo cierra afirmando “en mi fin está mi comienzo”. Más acá el Indio nos dio “empiezo por el final, terminaré en el principio”. El ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, el ciclo eterno de las cosas, el eterno retorno, creación y destrucción. Escatología y protología.
Tal vez por eso nunca me molestó demasiado que llamaran a Ushuaia “el culo del mundo”. El culo sostiene al cuerpo cuando se sienta y marca su centro de gravedad. Lo señalan por sucio pero es lo que nos mantiene limpios. También demuestra que las jerarquías corporales son absurdas porque ninguna cabeza llega lejos cuando decide que puede prescindir del resto.
El problema nunca fue vivir en el culo del mundo. El problema es que el resto del mundo crea que puede sentarse encima.
FS/VDM









