Hoy murió el Indio Solari. Tenía 77 años. Noticias de esta índole no solo nos revuelven el estómago sino que nos deja con la cabeza dando vueltas. En este caso porque se trata de uno de los nombres que habitan el olimpo de nuestra música, y porque fue también de las figuras más enigmáticas.
Carlos Alberto Solari, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, falleció en su casa de Parque Leloir luego de 10 años resistiendo al Parkinson. “Mr. Parkinson”, como la llamó él mismo cuando reveló que la padecía allá por 2016, en un concierto en Tandil. En silencio, como demandan estas malditas enfermedades, pasó sus últimos años, con entrevistas en la penumbra, saludos en pantallas gigantes de estadios y hasta presencias holográficas.
La historia de la música argentina no se puede contar sin mencionar la huella del Indio. Una voz que brillaba por su estridencia y que imprimió en el inconsciente colectivo una cantidad innumerable de frases históricas. Fue un catalizador de nuestra realidad, que con su pluma fina parecía hallar los surcos en la hoja, la imagen nítida en la neblina. Imágenes inusuales como ser “rico gratis”, como morder “el tallo de su rosa aunque me clave sus uñas espinas” o como los “vencedores vencidos”. Y una vez que su música estaba entre las calles, su público asumía la tarea de estar a la altura en cada concierto. Así comenzaron a gestarse esos rituales a los que había que reducir a recitales, hasta el último con su presencia física, en Olavarría en 2017.
La muerte nos obliga a condensar la información y emoción de una persona de forma apresurada. Pero, ¿cabe todo lo suyo en una maldita valija? La partida de un ícono popular como lo fue el Indio nos desarma, solo para volver a reconstruirnos en su ausencia. Y así se irán tiñendo sus palabras de inmortalidad. Todo un palo, ya lo ves.
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