El anuncio fue breve y vía X: “La Televisión Pública y Radio Nacional transmitirán todos los partidos de la Selección Argentina durante la Copa del Mundo 2026. Gracias a un acuerdo comercial, el costo de los derechos de transmisión no será afrontado con el dinero de los impuestos. Para todos, sin usar la plata de todos. Fin”, tuiteó Manuel Adorni a principios de año.
El Mundial 2026 que se jugará en Estados Unidos, México y Canadá funciona, en ese sentido, como una buena metáfora de la televisión pública en tiempos de Javier Milei. Hay presencia, pero acotada. Hay Estado, pero reducido a su mínima expresión. Los partidos de la Selección argentina y la final se podrán ver a través de la TV Pública, pero el resto del Mundial queda librado a la lógica del mercado: Telefé pasará 32 partidos, mientras que DSports -señal paga- transmitirá la totalidad del torneo.
“La TV Pública está ‘con vos en todos lados’, según su nuevo eslogan, y prioriza el entretenimiento enlatado y las coproducciones con el sector privado”, define el periodista Martín Mazzini al canal público en el artículo “Señal de ajuste” (Revista Anfibia). Y agrega que la eficiencia económica y la competencia por la audiencia, dos de sus nuevas características principales, chocan con lo que debería ser la función de un canal público. Es decir, producir aquello que el mercado no garantiza.
Lo que se observa hoy, entonces, es otra cosa. Lo explica la periodista Natalí Schejtman, autora de Pantalla partida. 70 años de política y televisión en Canal 7 cuando dice que el canal transmite en estos tiempos una sensación de abandono. No es un cierre explícito, sino un vaciamiento progresivo, aclara: “Parecen querer bajarle el volumen todo lo que se pueda, algo que ya venía sucediendo desde los últimos años de la gestión macrista cuando el rating empezó a ser muy bajo”.
Los últimos Mundiales de la TV Pública
Mirar hacia atrás ayuda a entender el cambio. Según reconstruyó el medio Chequeado, en Brasil 2014 durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el Estado pagó 19 millones de dólares por los derechos de los 64 partidos del Mundial. Según un documento de la Oficina Anticorrupción, el Estado recaudó 1,3 millones de dólares en concepto de publicidad.
En Rusia 2018, ya con Mauricio Macri en el Gobierno, el esquema se redujo: 32 partidos y un sistema mixto que incluía la cesión de publicidad. En Qatar 2022, durante el mandato de Alberto Fernández, se mantuvo esta última lógica. En total, fueron 8 millones de dólares -se combinó dinero y espacios publicitarios-, pero todavía con producción propia y una apuesta editorial, algo que no se verá en este 2026.
Este año, además del anuncio de Adorni, la TV Pública informó en un comunicado que RTA “no pagará el costo de los derechos de transmisión con dinero de los impuestos, sino que serán cubiertos con los ingresos que se consigan a través de la venta de publicidad”.
El fútbol, en este contexto, deja de ser una política pública para convertirse en una oportunidad comercial. Y la televisión estatal, en lugar de garantizar acceso a todo el territorio argentino, pasa a ser un jugador más dentro del mercado.
«Es una pavada. Lo único que van a hacer es privar a la gente. No todos tienen cable. En el interior hay familias que solo tienen la TV Pública. Y esa señal llega a todos los rincones del país. ¿Por qué se la quieren sacar?», disparó el periodista deportivo Miguel Ángel “Tití” Fernández, quien cubrió diez mundiales, el último para el canal público.
Lo que se pierde cuando se fragmenta la pantalla
Con 39 millones de personas alcanzadas gracias a las antenas y repetidoras -el 85% de la población total-, la TV Pública tiene la mayor cobertura del país entre canales de aire gratuitos. Para poner en dimensión, Telefé llega a unos 9 millones de personas por fuera del AMBA. Es por eso que el impacto no se mide sólo en términos de programación, sino también en lo que implica excluir audiencias durante un evento masivo.
La decisión de limitar la transmisión del Mundial 2026 a los partidos de la Selección y sin producción propia implica un cambio de paradigma en el acceso al fútbol como experiencia colectiva. En un país donde durante más de medio siglo el Mundial funcionó como un evento de acceso masivo -no sólo por tradición sino también bajo el amparo de la Ley 25.342, que lo reconoce como contenido de interés relevante-, esta decisión política rompe con la lógica histórica del Mundial como evento que une.
Como prólogo a Qatar 2022, la TV Pública puso al aire Mundialitas, una serie de entregas de un minuto y medio en la que el dibujante Miguel Rep recorría a través de 60 viñetas la historia de los mundiales de fútbol desde 1930 hasta 2018. La narración de cada entrega estuvo a cargo de Pedro Saborido.
“¿Sos muy futbolero?”, le preguntaron a Rep en aquella oportunidad. El humorista respondió: “No soy futbolero, pero me apasionan los mundiales. Son un termómetro de lo que pasa en el fútbol y en la sociedad, entonces es muy interesante ese mes porque sucede una sola vez cada cuatro años. A mí me despierta un montón de sensaciones y lo veo como una especie de metáfora de guerra mundial, que por supuesto no lo es. Pero uno puede notar un montón de tendencias y con suerte de vez en cuando ver buen fútbol”.
Lo que antes era un ritual compartido, simultáneo y transversal a todas las clases sociales, pasa ahora a depender de la capacidad de pago, del acceso a plataformas o de acuerdos comerciales entre privados. En ese desplazamiento, el Estado deja de garantizar el acceso a todo el territorio argentino y asegura apenas la presencia de la Selección argentina, mientras el resto del torneo se vuelve un producto más del mercado. La consecuencia no es sólo económica, sino también cultural. Lo explicó Rep aquella vez.
Durante el Mundial de Qatar, hubo un relato propio, una conversación común. Probablemente que millones de personas -como nunca antes- saliéramos a las calles a festejar el campeonato del mundo se comprende no sólo por la obtención de la Copa, sino también porque durante aquella primavera de 2022 los argentinos mirábamos lo mismo al mismo tiempo.
DC/VDM






