“Nosotros no hacemos política, nosotros no entendemos de esos lugares. Nosotros venimos a jugar al fútbol y a defender el país como sabemos hacerlo, que es dentro de una cancha”, dijo Rodrigo De Paul luego de la serie de amistosos que la Selección argentina jugó en La Bombonera. Pero, ¿hasta dónde puede el fútbol no ser político cuando todo alrededor lo es?
A dos meses del arranque del Mundial, el fútbol vuelve a pararse sobre esa delgada línea que intenta separar -como si eso fuera posible- la pelota de la política. La previa mundialista tiene nombres propios, conflictos abiertos y tensiones que atraviesan desde la geopolítica hasta los tribunales argentinos.
Este Mundial que se jugará en Estados Unidos, México y Canadá no es uno más. Será el primero con 48 selecciones -16 más que la edición anterior-, el más extenso por la cantidad de partidos y uno de las más ambiciosos en términos económicos. Y también uno por demás condicionado por el clima global.
La guerra, Irán y las contradicciones de Infantino
El caso más evidente aparece en el cruce entre Irán y Estados Unidos. La guerra que estalló el 28 de febrero, con la participación también de Israel, puso en duda la presencia del seleccionado iraní. En un primer momento, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, buscó llevar calma y aseguró que el equipo -quien juega la fase de grupos en las ciudades estadounidenses de Los Ángeles y Seattle- sería bienvenido.

Poco después, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sugirió lo contrario y declaró que el equipo iraní no debía viajar al torneo «por su propia seguridad». En ese ida y vuelta, la FIFA quedó atrapada en su propia fachada, la de un organismo que proclama neutralidad mientras organiza un evento profundamente atravesado por decisiones políticas.
La FIFA quedó atrapada en su propia fachada, la de un organismo que proclama neutralidad mientras organiza un evento profundamente atravesado por decisiones políticas.
Esa pretendida neutralidad, incluso, tiene antecedentes que la contradicen. La FIFA ya intervino de manera directa en un conflicto bélico cuando decidió excluir a Rusia de las competiciones internacionales tras la invasión a Ucrania en 2022.
A mediados de marzo, Infantino (paradójicamente) insistió: “La FIFA no puede resolver los conflictos geopolíticos, pero estamos comprometidos a utilizar el poder del fútbol y del Mundial para tender puentes y promover la paz, ya que nuestros pensamientos están con quienes sufren como consecuencia de las guerras en curso”.
Incluso México apareció como posible sede alternativa para la fase de grupos, luego de que la presidenta Claudia Sheinbaum asegurara que en caso de necesitarlo los partidos de Irán se podían jugar en el país latinoamericano. Y la respuesta iraní fue igual de tajante: «Nadie puede excluirnos del Mundial». Como resultado, Irán estará presente en la Copa del Mundo.
En medio de todo esto, el seleccionado iraní disputó en marzo último dos amistosos en los cuales recordó el ataque a una escuela en Minab, al sur del país, en el que murieron más de 170 personas, entre ellas niños y profesores. Frente a Nigeria, los jugadores lucieron brazaletes negros y posaron con mochilas escolares para recordar a las víctimas del ataque.
Un Mundial que podría generar menos ganancia
Pero las consecuencias de la guerra no terminan ahí. Un informe de la FIFA y la Organización Mundial del Comercio proyectaba un impacto económico de más de 30 mil millones de dólares únicamente en Estados Unidos, un 50% más que en el Mundial de Qatar 2022 en el que el impacto económico fue de 20 mil millones de dólares. Según la revista estadounidense de economía y finanzas Fortune, esa proyección está ahora en riesgo por el aumento del precio del petróleo, el encarecimiento de los vuelos y obstáculos migratorios que podrían desalentar la llegada de turistas internacionales.
El Mundial como gran negocio global, señala Fortune, empieza a chocar con variables que no controla. Y si bien el turismo interno podría amortiguar la caída, la idea de una fiesta global sin fricciones empieza a resquebrajarse.
En paralelo, Estados Unidos se prepara para recibir el torneo en un clima político local acalorado. Hace diez días, millones de personas se movilizaron en los diferentes estados bajo la consigna “No Kings”, en rechazo a las políticas de Trump.
Las otras dos sedes del torneo no quedan exentas a las tensiones. En México, el principal desafío pasa por la seguridad interna, sobre todo tras la muerte del líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación(CJNG), Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, luego de un operativo de fuerzas federales.

A nivel regional, además, resurgen ciertas fricciones políticas entre los países sede. Trump criticó a principios de año a su par mexicana Sheinbaum, a quien acusó de “no gobernar México”. Y tensó su relación con Canadá, donde el primer ministro Mark Carney prometió enfrentarlo. Como respuesta, Trump sugirió -en tono de broma- la anexión canadiense como “estado 51” y respaldó movimientos separatistas en la ciudad canadiense de Alberta.
A esto se le suman restricciones migratorias por parte del gobierno de Trump a hinchas de Irán y Haití. Ambos ciudadanos tienen prohibido el ingreso a Estados Unidos, mientras otros países clasificados como Senegal, Costa de Marfil, Irak, República Democrática del Congo enfrentan controles reforzados. Aunque las delegaciones están a salvo de estas políticas, la diferencia con Canadá y México genera un acceso desigual para los hinchas a lo largo del Mundial.
Caso AFA: se juega otra disputa
La Selección argentina tampoco llega libre del conflicto político. El 30 de marzo, Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino, presidente y tesorero de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) respectivamente, fueron procesados y embargados por no haber pagado a tiempo más de 19 mil millones de pesos en concepto de impuestos y aportes patronales entre 2024 y 2025 a la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA).
Sobre el rol de Tapia, la Justicia afirmó que el presidente de la AFA “detenta la representación legal de la entidad” y tiene “una posición central en la estructura de toma de decisiones”. Un rol de “magnifica su responsabilidad”, describe la resolución. Y agrega que Tapia sabía “de la falta de pago” y tuvo “conocimiento y participación” en lo ocurrido porque autorizó la “gran mayoría de los giros relativos a pago de volantes electrónicos”.
La respuesta de la AFA vino a través de su abogado, Gregorio Dalbón: “Apelaremos el procesamiento. Tenemos la certeza de que la Cámara encontrará lo mismo que encontré yo: una resolución con más voluntad que sustento”. Y sentenció: “El procesamiento de la AFA es una pieza jurídica condenada a caer”.

Alrededor del expediente judicial también se juega otra disputa. ¿Cuánto hay de una irregularidad concreta y cuánto de un conflicto político más amplio? La causa avanza en paralelo a la tensión entre el gobierno de Javier Milei y la AFA por el intento de instalar las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) en el fútbol argentino. En ese marco, la figura de Tapia queda en el centro de un choque que excede lo penal y se mete de lleno en el modelo de gestión del deporte.
En lo estrictamente deportivo, la Selección argentina también enfrenta sus propios interrogantes. El rendimiento de la Selección en los dos amistosos recientes disputados en la cancha de Boca frente a Mauritania y Zambia, más allá de algunos pasajes, dejó algunas dudas.
“Bastante flojo, la verdad. Para mí fue uno de los partidos que peor jugamos que sea un amistoso. Faltó mucha intensidad, faltó juego, faltó velocidad. Es algo que hay que analizar y cada vez que nos ponemos la camiseta de la Selección, hacerlo un poco mejor”, declaró el arquero argentino, Emiliano “Dibu” Martínez.
En este contexto, las declaraciones de De Paul –Nosotros no hacemos política, nosotros no entendemos de esos lugares. Nosotros venimos a jugar al fútbol…– se entienden (aunque no se justifican) por el trasfondo deportivo. “Ganamos la Copa del Mundo porque el empujón que nos faltaba lo dio la gente, no queremos que se rompa eso”, dijo.
La pregunta, entonces, no es si el contexto pesa; porque pesa. La pregunta es cuánto incide en lo que pasa dentro de la cancha. Y, sobre todo, cuánto puede el fútbol seguir sosteniendo la idea de que, cuando empieza a rodar la pelota, todo lo demás queda afuera.
DC/VDM






