«Así no se puede trabajar», se quejó el fiscal Patricia Ferrari y antes de soltar el micrófono, avisó que su interrogatorio estaba terminado. Sentado frente al Tribunal estaba Mario Shiter, el testigo con el que abrió la décima jornada del juicio por la muerte de Maradona. Tenía el el bolsillo de su saco el corazón de goma con el que había explicado sístole y diástole, llevaba dos horas de declaración. Ferrari, febril, acusó hostigamiento de parte de Francisco Oneto y Roberto Rallín, abogados de Leopoldo Luque. También podría interpretarse que la declaración de Shiter, el testigo, estaba jugando en contra de la tesis de la Fiscalía. Cuarto intermedio.
A Mario Shiter hubo que pagarle el pasaje desde Madrid para que de testimonio. La plata la juntaron entre los herederos de Maradona. Médico y docente, especializado en urgencias, emergencias y terapia intensiva, Shiter apareció en la vida del futbolista en 1999, cuando se cruzaron en el Fleni por unos estudios. Pero el contacto estrecho se dio el primer día de 2000, cuando Maradona se intoxicó con cocaína y alcohol en Punta del Este.
Del Cantegril en avión sanitario hasta San Fernando, de ahí en ambulancia con Shiter hasta el Fleni y de ahí -también con Shiter- al Instituto Sacre Coeur. «Predominó la causa cardiovascular. (Alfredo) Cahe me designó para acompañarlo en la internación. Le hice una biopsia en el corazón. Encontramos lesiones compatibles con consumo de cocaína y etanol«, contó de Shiter interrogado por el fiscal Ferrari. Sobrevino un detalle exhaustivo de un episodio ocurrido hace 26 años, un prólogo extendido de lo que podría explicar la muerte, que fue en la pandemia de 2020, hace seis.
Shiter, testigo 18 de este nuevo debate, acompañó a Maradona a Cuba. Estuvo con él hasta que Cahe le dijo que era suficiente, que se volviera. Volvió a verlo en 2004, por una crisis hipertensiva. Esa fue la última vez, porque cuando Swiss Medical -prepaga del futbolista- le pidió una interconsulta luego de la cirugía por el hematoma subdural, alguien -no supo contestar quién- no le permitió el ingreso a la habitación. A pedido de Claudia Villafañe, Shiter fue veedor de la operación de autopsia. No fue cómo forense ni como legista. «Una garantía de transparencia para la señora Claudia Maradona», dijo.
Aún con la cuestión cardíaca en el medio de la discusión, Shiter dejó de ser un testigo conveniente para sostener la tesis de la parte acusadora: para fiscales y querellas, Maradona arrastraba una enfermedad coronaria que generó una acumulación de líquidos que fue desatendida y falleció. En su declaración desconoció a Leopoldo Luque como médico tratante cuando ya había sido operado por el hematoma subdural. Y sobre el desenlace dio respuestas… inesperadas.
Sobre la causa de muerte dijo que «no la vi ni la presencié (la muerte)». Que aún habiendo presenciado la autopsia, «no puede determinarlo». Sobre la cantidad de líquido acumulado en el cuerpo, consideró que «no es tanta cantidad en un paciente cirrótico avanzado». Dudó sobre la edematización de los miembros inferiores y dijo que el signo de Godet era «pobre». Que lo que se observa es una miocardiopatía latente, que en un momento se descompensó, que eso generó un edema de pulmón que inundó el resto de los órganos: una agonía corta, una muerte súbita. Lo que apuntan los acusados.
Para más precisiones, Shiter avisó que había traído «una maqueta». Entonces sacó del bolsillo del saco un corazón de goma. Modelo a escala, realístico. Blandía Shiter el corazón -«sístole, diástole; ventrículo izquierdo, derecho-. Visto desde los fondos de la sala, el testigo parecía un mago en pleno acto, acá está, acá no está. Hubo risas. No se oyeron, pero sí. El presidente del Tribunal, Alberto Gaig, le preguntó a Francisco Oneto y Roberto Rallín -abogados de Luque- qué les causaba gracia. Rallín balbuceó que gracias ninguna, que qué casualidad que Shiter haya traído la réplica.
El fiscal Ferrari se sumó al reto. Ya estaba molesto. ¿Qué le molestaba más? ¿La risita de los abogados o este testigo apasionado? Siguió el fiscal. Intentaba encauzar a un testigo muy especializado, que había sido cercanísimo a la víctima en hitos de su vida -Punta del Este, Cuba-, con alma de docente que sino divaga, ofrece al Tribunal todos los grises posibles cuando se pide una respuesta única y, en lo posible, corta.
Fue cuando Oneto empezó con las objeciones. A cada pregunta del fiscal -en un interrogatorio que iba para las tres horas-, Oneto interrumpía: «Objeción, reiterativa»; «objeción; hipotética». El juez Gaig puede dar o no a lugar a la objeción. Oneto peleará si el presidente le deniega la objeción. Ferrari protestará si el «no» es para él. El testigo quedó en medio de un ping pong de tres: fiscal, presidente, defensor.
Si fue perfomático salió bien: Ferrari, harto por el hostigamiento de Oneto o agotado por este testigo impredecible, soltó el interrogatorio. «Así no se puede trabajar», repitió. Antes de volver a su escritorio, lo miró al abogado de Dalma y Gianinna, Fernando Burlando, y le ordenó: «Pedí un cuarto intermedio». Una hora para volver a acomodar las piezas de una historia que fue reconstruida el año pasado. Que éste, con las mismas piezas, hay que contar de otra manera.
VDM






