Las manos de mi madre con el anillo dorado bajo el chorro de agua lavando los platos. Luego, las manos de mi madre y de mi padre sin el anillo: la sensación de inseguridad y miedo, un recuerdo de mi tempranísima infancia. Los padres usan anillos dorados, a los niños no les gustan los cambios y ellos supuestamente seguían siendo un matrimonio. Entonces pregunté dónde estaban los anillos: los habían donado para una colecta para la guerra de Malvinas.
Al poco tiempo, mis hermanos mayores pintaban paredes de rojo y blanco, organizaban asados e iban a reuniones que duraban hasta tarde. Mi hermano del medio hacia la colimba en el regimiento de La Tablada. Una anécdota que siempre cuenta es la de aquel 30 de octubre de 1983, cuando le tocó custodiar el comicio en una escuela en La Matanza. Volvió a Escobar, directo al comité -no se cómo hizo para llegar- y trajo la buena nueva: «ganamos». Los más viejos: «no pibe, dale, qué decís, no jodas». Te digo que ganamos, sí.
Alguien que por entonces era un adolescente de la juventud peronista platense me contó, en una entrevista, que ese mismo día, tan incrédulos de haber perdido (como los viejos del comité de Escobar por haber ganado), arrancó la renovación y “empezamos a prepararnos para volver”. La esperanza se renueva.
Un llamado a la acción
Las dos palabras que más escuchamos los criados en el catolicismo son misericordia y esperanza. Aquí, la esperanza es una virtud y su fundamento es Dios, sus planes y designios para transitar la vida terrenal que tiene sentido en el encuentro con él en la vida eterna. Para otras religiones, está puesta en la venida del mesías, el equilibrio perfecto del orden del Universo o la naturaleza. O anclar en el presente.
Francisco estaba obsesionado con la esperanza -así se llama su autobiografía-, y se fue especialmente preocupado porque veía un mundo que se estaba quedando sin ella. Según él, el motivo por el cual los jóvenes ya no deseaban tener hijos: no esperar nada del mundo, ni de dios. La esperanza profana es, para algunos, una ontología: algo inherente al mundo, que es abierto a lo por venir, o un temple propio de las personas.
Francisco estaba obsesionado con la esperanza -así se llama su autobiografía-, y se fue especialmente preocupado porque veía un mundo que se estaba quedando sin ella.
Yo prefiero hablar de predisposición, de apertura del carácter: la esperanza es la actitud más probable, pero no esencial. Sea sagrada o profana, es una espera que confía en que lo bueno va a llegar y se pone en movimiento. No es una ilusión (que es, por definición, floja de papeles), ni un anhelo, porque a diferencia de estos dos estados del espíritu, la esperanza sí tiene un fundamento. Uno puede ilusionarse con cualquier cosa, pero no debería esperanzarse con cualquier cosa. No es haragana ni nos viene servida: puedo esperar lo mejor porque estoy haciendo lo que hay que hacer, lo que se sabe que hay que hacer.
Mi amiga Male me dijo una vez: “El trabajo llama al trabajo”. Cuánta verdad. Sean colectivas o personales, la esperanza es un llamado a la acción. La esperanza es basada: aunque un poco más débil que antaño, creemos en la eficacia de la ciencia, la tecnología, o de las ideas, del proyecto político o colectivo que sostienen la apuesta. Creemos en la mirada y la promesa de sus portavoces y sus hacedores, justificamos en retrospectiva su fracaso o éxito, sacamos lecciones para el futuro ¿Qué es un militante si no un esperanzado en acción? ¿Qué es un paciente si no es un esperanzado? Por último, la esperanza cambia, oscila, se mueve.
Noventas: la resistencia, la independencia
De aquellas esperanzas que mencioné antes y de las que fui testigo, sólo puedo dar cuenta en retrospectiva. Mi adolescencia y juventud transcurrieron en los noventas, y como buena hija de mi tiempo, la esperanza no estaba en el horizonte de sentido. Más bien, nuestro vocabulario y nuestro mood era la resistencia, nuestra vida estaba organizada alrededor de resistir y de ser independientes.
Como buena hija de mi tiempo, la esperanza no estaba en el horizonte de sentido.
¿Resistencia a qué? Al neoliberalismo, el significante atrapatodo que era a la vez destino, principio causal, descriptor y eslogan. ¿Independientes de qué? De los encasillamientos, de las identidades fijas, del peso histórico. De los partidos, los políticos y sus traiciones. También hablábamos mucho de acontecimiento, de irrupción, de colectivos: eso leíamos. La esperanza en sí carecía de significado, creo, porque era una vaguedad total: el siglo XXI empezaba y no teníamos, literalmente, ninguna idea de cómo se iban a juntar los pedazos de la Argentina.
Los 2000: «Vamos, Virolito»
Yo no confiaba ni siquiera en lo fructífero de aquella resistencia. A mí me movían las ilusiones personales y muchas ganas de ponerme a trabajar, no mucho más. Un día, de modo inesperado, como un acontecimiento, me encontré a la esperanza cara a cara por primera vez en mi vida adulta. Lo recuerdo siempre, porque es imposible olvidar un descubrimiento y un verdadero esperanzado.
El 25 de mayo de 2003 estaba en mis tempranos veintes, tenía unos amigos peronistas “sueltos” y un novio también peronista (yo no lo era, tampoco me resultaba ajeno) y me arrastraron a la plaza Congreso a la ceremonia de asunción presidencial. Yo ni siquiera había ido a votar, así que tenía muy claro que el único motivo para ir a la plaza era estar con mi novio y amigos, y chusmear el show: los granaderos a caballo, la fanfarria, un joven príncipe de Asturias (hoy el rey Felipe VI, alto y churrísimo), Fidel Castro con Lula, el outfit de Cristina y los hijos adolescentes de aquel matrimonio bastante desconocido. Logré ver a Felipe y a Cristina vestida de blanco saludando con su flequillo noventoso, sonriente, impecable.
Néstor Kirchner me parecía un personaje más de esa trama que incluía los cinco presidentes en una semana, y, a pesar de que ese era un destino probable que algunos diagnosticaban, lucía feliz, informal, descontracturado. Ahora que lo pienso, los únicos realmente felices (¿esperanzados?) en ese recorrido ceremonial eran ellos dos. La plaza estaba casi vacía, había uno o dos grupitos con banderas de algo (faltaba bastante para la transversalidad, las alianzas, las plazas llenas con banderas de todos los colores) y algunos curiosos.
Yo estaba en esa especie de aventura urbana corriendo a los autos y a los granaderos y luchando con mis botitas de plataformas hasta que en un momento, lo ví: en el techo de una parada de colectivo frente a la explanada del Congreso, colgado, un hombre vestido muy pobre, de unos cuarenta años, sin dientes, con un rosario, -quizás en situación de calle- , sólo, gritaba «¡vamos, virolito, vamos!, ¡sacame de esta! ¡sacanos de esta, hermano!». Lo decía con lágrimas, se agarraba las manos como en un rezo. No lo comenté con nadie, no se si alguien más lo escuchó.
Es imposible olvidar un descubrimiento y un verdadero esperanzado.
Sentí un poco de piedad y pudor, a lo mejor porque me interpeló bastante: me di cuenta de que no se puede huir de la esperanza, y quizás intuí -bien- que alguna vez yo también iba a estar colgada de algún caño pidiendo que me saquen del infierno. Siempre me pregunté si aquel señor habría conseguido trabajo, si le había llegado algo de las tasas chinas, si el virolito logró cumplirle alguna expectativa.
Años después de aquella plaza rala, la esperanza ya no era en un virolito, el kirchnerismo se había convertido en un proyecto con políticas, resultados y una retórica -el famoso relato– que esperanzó a miles de jóvenes. Hace unos años investigué los centros de estudiantes secundarios y entrevisté a adolescentes de la provincia de Buenos Aires de distintos partidos y agrupaciones independientes identificados con el kirchnerismo.
Las narrativas sobre por qué se hicieron militantes no tenían nada que ver con la resistencia si no con la esperanza, más aún: con la prédica de aquella esperanza. El basamento era un ex post: creyeron porque “lo vieron con sus propios ojos”. «Mi papá no tenía trabajo, no teníamos nada, hoy trabaja en una fábrica»; «Mi casa se caía a pedazos y la pudimos arreglar»; «Mi escuela está mejor, tenemos libros, computadoras, una beca». Oportunidades concretas sin que mediara una promesa anterior pero que aparecieron.
Esa esperanza se fue llenando de contenido político y de más promesas, de causalidades, de buenos y de malos, de socios, de igualitarismo, justicia social, de pueblo y de “poderosos”, de peleas y grietas, de pasados, de explicaciones, de calificativos y de repeticiones. De héroes y heroínas, de panteones a los que no accedían todos. El crecimiento se detuvo, los problemas empezaron a aparecer y aquella retórica no cambió.
2023: con y por El León
Quince años después, la esperanza de los jóvenes (y de la sociedad en general) en Javier Milei fue disruptiva y fulminante, al igual que su promesa. Hace un tiempo escuché a la consultora Shila Vilker decir: hay un deseo terrible de que esto funcione. No hay esperanza más sorpresiva que la libertaria, y sin embargo ahí apareció, ya no en el caño de la explanada del Congreso si no en los celulares de los trabajadores, de los adolescentes, de los universitarios y en varias plazas también semi vacías.
Ante un presente empobrecido y precarizado (que es también global), la vuelta a un pasado de gloria como retrotopía -aquella Argentina liberal de principios de siglo, supuesta primera potencia mundial, con libertad para todo, sin peronistas, sin comunistas ni feministas- que encarnó Milei configuró la nueva esperanza juvenil. “Era Milei o irme del país” me dijo una adolescente en 2023, hoy una joven que trabaja en un ministerio y se autodenomina consultora con total seguridad. Los relatos de los jóvenes que se esperanzaron con y por el león se repiten.
Ante un presente empobrecido y precarizado (que es también global), la vuelta a un pasado de gloria como retrotopía que encarnó Milei configuró la nueva esperanza juvenil.
La desazón era total: el macrismo había fracasado, el cepo continuaba, no poder comprarse nada importado, no poder ahorrar, la inflación, la corrupción K, los retos permanentes, la soledad y culpabilización del encierro pandémico, el maniqueísmo del bien contra el mal, el “adoctrinamiento” y la obligación de “corrección política”, el exceso de regulación.
En ese contexto, el azar -el algoritmo, pero a veces, familiares o amigos- los puso frente a un video de un hombre enfurecido, serio pero no solemne, seguro, que conoce y muestra las causas de la decadencia -y de cualquier cosa- y las explica “para que todos lo entiendan, hasta un nene de cinco años”. Un profesor, un economista brillante -como lo definió un estudiante a punto de graduarse-, con teoría sólida, con gráficos y cuadros pero capaz de hacer cosplay, de cantar a Leonardo Favio en la tele y domar a los gritos a una periodista burra. Sin imposturas.
“Está loco, pero sabe”, lo define una señora jubilada, fundamentando su confianza. ¿Sabes lo que es para mí escuchar un presidente que diga todo aquello que creíamos de jóvenes?, se entusiasmaba una ex militante de la UCEDE. A los jóvenes, el Javo no los trata de boludos, no les asigna misiones ni los reta, sí se enoja con los verdaderos responsables. No los adoctrina, les muestra la otra parte de la biblioteca, la que los otros niegan. Está seguro, pelea con quien sea y va al frente. Putea y “no tiene vergüenza de ser quien es”, como me dijo otro nene.
El Javo puede barrer con lo anterior: la hipocresía de quienes dicen representar a los más pobres mientras los come la inflación y ellos viven del Estado, sin tener que pelear el mango día a día. Los inmorales fueron llamados por su verdadero nombre: zurdos y kukas, y los corruptos e ineficaces fueron identificados como casta y parásitos. La esperanza, esta vez, guerrera, puso las cosas en su lugar y encarnó en un eslogan que a muchos nos dejó perplejos pero que tenía todo el sentido: NO HAY PLATA.
Y tenía todo el sentido porque era una verdad. No hay plata, y acá estamos igual, lo sabemos. Ahora, la plata la vamos a generar nosotros, de hoy en adelante y cada uno la suya. El eslogan se cumplió con creces. No había plata, ni la hay, ni muchas condiciones para que la haya.
El que abandona no tiene premio
Pero sucede que la esperanza es fuerte. Se la banca un montón. El esperanzado verdadero persiste, porque recordemos que no es un mero ilusionado: sostiene los fundamentos, trabaja y trabaja con ellos. Aguanta. Yo lo sé bien: me encontré con mi propia e íntima esperanza la primera vez que me quedé embarazada, aunque parí a mi primer hijo (hija) vivo cinco años más tarde y en mi sexto embarazo. Esos números reflejan un infierno que en ocasiones es la forma que toma el caminito de la esperanza: confiar en hacer, en trabajar, en los sistemas (la ciencia), en la naturaleza, en lo que sea que sostenía la posibilidad del bien esperado.
La fortaleza de la esperanza descansa, también, en la certeza de lo que nos espera al final del camino si nos mantenemos “en la lucha”, en la espera, o, si por el contrario, renunciamos. El que abandona no tiene premio. Decía que la esperanza suele ser fuerte porque lo que está en juego es enorme. Resiste, pero no es eterna, se erosiona y es lo último que se pierde pero sí se pierde. Y esto pasa cuando el camino se evidencia equivocado, cuando todo gira en falso, el premio/los resultados nunca llegan o más triste: cuando lo que nos espera al final del camino ya no le importa a nadie.
ML/VDM





