“Cada uno hace lo que quiere. No lo juzgo. Lo que no compro es eso de ‘no me mojo porque soy futbolista’. No te mojas porque no quieres meterte en líos. Si dices eso me estás invalidando a mí: sirve para que venga otro a decirme que me calle porque soy futbolista y no debo opinar”.
El que habla es el jugador del Betis de España, Aitor Ruibal. La entrevista, para el medio español El País, genera repercusión y alcanza para abrir una pregunta incómoda en la previa de un Mundial atravesado por guerras, migraciones, ultraderechas, racismo y tensiones geopolíticas: ¿por qué algunos futbolistas hablan y otros eligen el silencio?
Mientras en Europa algunas de las principales figuras del fútbol hablan cada vez más –Kylian Mbappé contra la extrema derecha francesa, Vinicius Jr. contra el racismo estructural en Brasil y, en España, Lamine Yamal como símbolo de la inmigración y del conflicto palestino-, en Argentina el silencio domina casi por completo.
No es que no existan antecedentes en nuestro país. Los hubo. Diego Maradona defendió la universidad pública en 1995, en un acto en la Universidad de Buenos Aires. En la previa de la Marcha Federal por la Educación Pública, último en reclamo para que el Gobierno cumpla con la Ley de Financiamiento Universitario, se viralizó también una foto de 2001 de la Selección argentina dirigida por Marcelo Bielsa. Los jugadores, con remeras en defensa de la educación pública, protestaban contra el arancelamiento universitario impulsado por el entonces ministro de Economía, Ricardo López Murphy.
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El ex jugador de Racing Claudio ‘Turco’ García, y recientemente candidato a diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires en las elecciones 2025, compartió durante la movilización una foto suya jugando un ‘picadito’ en una Carpa Blanca Docente durante la década de los 90: «Para que vean que me involucro desde hace años en defensa de la educación pública», escribió el ex delantero. En aquella ocasión, también participó el ex jugador de River y la Selección argentina, Juan Pablo Sorín.
Hoy el futbolista argentino en general parece vivir ajeno a lo que lo rodea y donde hablar de política es un riesgo innecesario o una amenaza para sponsors, contratos, redes sociales y vínculos comerciales. Vaya a uno a saber.
Mientras, Mbappé declara que “por encima de todo uno es un ciudadano”, acá el manual implícito parece ser otro: no decir demasiado, no incomodar, no dividir.
“Nosotros no hacemos política, nosotros no entendemos de esos lugares. Nosotros venimos a jugar al fútbol y a defender el país como sabemos hacerlo, que es dentro de una cancha”, dijo Rodrigo De Paul después de una serie de amistosos de la Selección.
La frase, que se repite y que parece buscar neutralidad- siempre enfatiza lo mismo. Incluso afirmar que el fútbol no es político ya es una posición política.
Un Mundial ultra politizado
Estados Unidos como sede central en plena radicalización trumpista. Tensiones migratorias. Deportaciones. Guerras abiertas. Narcotráfico. La FIFA convertida en un actor diplomático global. ¿Por qué algunos futbolistas hablan y otros no?
El jugador brasileño Vinicius Jr., discriminado en más de una oportunidad en diferentes canchas de fútbol, decidió crear una oficina antirracista gratuita para víctimas de discriminación en Brasil. No una campaña de marketing. No un hashtag. Un bufete jurídico real que ofrece representación legal para personas que sufren racismo en el deporte y en instituciones educativas.
“El 13 de mayo representa para mí fortaleza, logros y fidelidad a mis raíces”, explicó al anunciar el proyecto, en referencia a la fecha de abolición de la esclavitud en Brasil.
Algo parecido ocurre con Mbappé. En Francia, el delantero volvió a posicionarse públicamente contra la extrema derecha y rechazó la idea de que los deportistas deban callarse. “Intentamos luchar contra esa idea de que un futbolista debe callarse y limitarse a jugar”, dijo.
Mbappé no habla solamente como una de las figuras del Real Madrid. Habla como hijo de inmigrantes africanos en un país donde Marine Le Pen construyó buena parte de su capital político atacando precisamente a estas comunidades. Por eso sus declaraciones generan respuestas políticas inmediatas. Le Pen le contestó públicamente: “Cuando dice que no vamos a ganar las elecciones, me tranquiliza, porque dejó el PSG para irse al Real Madrid a ganar la Champions League, y mientras tanto el PSG ya la ganó”.
Con el jugador español Lamine Yamal pasa algo todavía más interesante. Cada vez que festeja un gol forma el número 304 con sus manos, en referencia a Rocafonda, el barrio pobre y migrante de Mataró, Cataluña, donde creció. Un lugar con fuerte presencia marroquí, altos índices de pobreza y presencia constante de discursos xenófobos impulsados por Vox.
Una de las mayores promesas del fútbol europeo actual no representa solamente al Barcelona o a España. También representa una nueva composición social europea: hijos de inmigrantes, barrios periféricos. Por eso el entrenador catalán Pep Guardiola salió a defenderlo cuando fue criticado por exhibir una bandera palestina tras ganar una nueva liga española con el Barcelona.
“Un futbolista es un modelo seguido por millones de personas, y su opinión es influyente, por lo que debe expresarla cuando sea necesario”, dijo Guardiola.
Y, ¿en Argentina?
En Argentina ocurre algo distinto. Y entender por qué quizá requiere ir más allá de la idea simplista de que “los jugadores no quieren opinar o no quieren meterse en política”.
El imaginario futbolero argentino –explica el antropólogo Eduardo Archetti– se construyó alrededor de las ideas de “pibe” y “potrero”. El jugador como representante de la creatividad popular, de la espontaneidad, de cierta rebeldía intuitiva frente al orden.

El futbolista argentino históricamente fue celebrado no como intelectual ni como dirigente, sino como alguien capaz de “jugar libre”. Un sujeto emocional antes que racional. Instintivo antes que ideológico.
Archetti incluso planteaba algo todavía más potente: “Una vez pibe, para siempre pibe”. El jugador, pareciera, queda atrapado culturalmente en una especie de adolescencia permanente. Puede ser millonario, famoso y poderoso, pero socialmente se le sigue pidiendo cierta ingenuidad política. Como si hablar de táctica fuera legítimo, pero hablar de ajuste universitario o racismo rompiera el personaje.
Por eso cuando un futbolista argentino opina sobre política muchas veces la reacción pública no es debatir lo que dijo, sino preguntarse por qué habló.
El sociólogo Pablo Alabarces, quien trabaja sobre esa relación entre fútbol, identidad y poder, sostiene: “Si no se tiene en la cabeza el mapa completo de la cultura se pierden las relaciones de poder que la estructuran.”
La pregunta entonces deja de ser por qué los jugadores argentinos no hablan y pasa a ser otra: ¿qué estructuras producen ese silencio?
El futbolista moderno ya no es solamente un atleta. Funciona como una marca global. Simbólicamente, aparece cada vez más desligado de la política a pesar de que el fútbol argentino siempre estuvo completamente atravesado por la política. La dictadura y el Mundial 78. Clubes ligados históricamente a partidos políticos y dirigentes. Barras bravas con vínculos con funcionarios estatales.
La política está en todos lados. Excepto, aparentemente, en la voz del jugador. Según datos relevados por Chequeado, durante el primer cuatrimestre de 2026 el presupuesto universitario cayó 7,9% real interanual y más de 30% respecto de 2023. La inversión por estudiante quedó en su nivel más bajo desde 2004 y los salarios docentes perdieron más de un tercio de su poder adquisitivo desde noviembre de 2023.
Sin embargo, casi ningún futbolista argentino de primera línea habló públicamente sobre el tema. Hoy el futbolista produce y consume discursos neutros. Pero no siempre fue así. O al menos no de esta manera.

Y eso no ocurre solamente en Argentina. La diferencia es que en otros lugares empezaron a emerger futbolistas dispuestos a romper parcialmente esa lógica porque muchos de ellos están atravesados por cuestiones raciales, migratorias o identitarias.
Mbappé no puede escapar del debate sobre la extrema derecha porque su propia existencia pública está atravesada por esa discusión. Vinicius Jr. no puede separar fútbol y racismo porque el racismo lo persigue dentro de la cancha.
En Argentina, en cambio, el relato histórico del futbolista todavía aparece más ligado al “pibe del potrero”. Al jugador argentino se le sigue pidiendo felicidad, representación emocional y épica deportiva. No se le pide reflexión pública a pesar de que cuando dicen que no hacen política, ya están hablando de política.
DC/VDM






