En dieciséis días arranca el Mundial. Uno de los países anfitriones será Estados Unidos y allí se instalará el equipo argentino. La Selección hará base en Kansas City, estado de Kansas, donde debutará. Y jugará los dos partidos de la fase de grupos en Dallas, estado de Texas.
Estados Unidos no es un país homogéneo, es una suma de climas políticos, económicos y culturales que cambian apenas se cruza una frontera estatal. Y en este contexto jugará la Selección argentina el Mundial.
En Dallas el poder político levanta muros contra la inmigración mientras depende de esa misma mano de obra para funcionar. En Kansas, una administración demócrata intenta mostrarse abierta al mundo en un país que, al mismo tiempo, endurece su pulso hacia los extranjeros.
Durante la fase de grupos, Argentina debutará frente a Argelia en Kansas City, Missouri; y los otros dos partidos los jugará en Dallas, Texas. En Miami, en caso de pasar como líderes del Grupo J, disputará recién los dieciseisavos, a pesar de que será una ciudad en la que muchos argentinos harán sede. Tres velocidades distintas del sueño americano.
Kansas City, el «búnker» de la Selección argentina
Los dirigentes de la AFA llegaron a Kansas City sin demasiadas certezas. En la previa, la carpeta mostraba otros destinos más evidentes: Miami, Los Ángeles, Dallas. Lógico, en muchos sentidos, Kansas City es una elección poco probable. Es la menos poblada de las 11 ciudades estadounidenses que albergan la Copa del Mundo, por ejemplo. Pero la Selección argentina eligió hacer ahí su búnker. El motivo, la tranquilidad. Sin otros rodeos, sin más.
Lionel Scaloni instalará al plantel en el Compass Minerals National Performance Center, el moderno predio del Sporting Kansas City. Los jugadores dormirán en el Hotel Origin, inaugurado en 2024 y adaptado especialmente para recibir a Argentina. La AFA incluso pidió modificaciones internas para que los futbolistas “se sientan como en casa”: espacios privados, comodidades especiales y ambientes pensados para amortiguar el desgaste mental de un torneo que -entre previa y desarrollo- puede llegar a durar casi dos meses.
En el fútbol moderno ya no alcanza con un hotel cinco estrellas. Hay algo en su escala -ni demasiado grande ni demasiado pequeña- que la vuelve funcional para lo invisible: descansar, entrenar, aislarse. Kansas City no busca deslumbrar. Busca que las cosas funcionen. Por eso, no es casualidad que allí se alojen también otras selecciones como la de Inglaterra y Países Bajos.
Kansas City es una ciudad partida en dos. Existe Kansas City, Missouri. Y existe Kansas City, Kansas. Dos ciudades pertenecientes a dos estados distintos.
El estadio donde debutará Argentina, el Arrowhead Stadium, queda del lado de Missouri. También buena parte de la estructura fuerte del evento. Sin embargo, la vida urbana se derrama hacia Kansas y ambas ciudades funcionan como un único bloque metropolitano. Uno puede cruzar de un estado al otro en minutos y, sin darse cuenta, entrar en otro sistema político.
Missouri es hoy un estado profundamente republicano. Donald Trump ganó ahí cómodamente y gran parte de la identidad política local gira alrededor del conservadurismo clásico estadounidense: endurecimiento migratorio, defensa de las armas y posiciones muy restrictivas sobre aborto, por ejemplo.
En la previa, el gobernador Mike Kehoe y el subdirector del FBI, Andrew Bailey, hicieron hincapié en las medidas de seguridad que se llevaron a cabo en Missouri para albergar el campeonato. “Kansas City está preparada, el estado de Missouri está preparado y las fuerzas del orden federales están preparadas para hacer frente a cualquier amenaza que pueda surgir”, señalaron en una conferencia de prensa.
El estado de Kansas, en cambio, se volvió algo más ambiguo. La gobernadora es Laura Kelly, demócrata moderada. Y aunque el estado sigue teniendo una tradición conservadora fuerte, las ciudades empezaron a tomar ciertas posiciones más progresistas. En 2022, por ejemplo, Kansas votó para proteger el derecho al aborto en la Constitución estatal. Kansas City vive exactamente en medio de esa tensión.
Durante décadas nadie hubiera asociado esta parte del Midwest con el fútbol. Kansas City era béisbol, fútbol americano, autopistas y suburbios. El soccer era deporte de inmigrantes.
Pero llegó el proyecto del Sporting Kansas City, uno de los más serios de la liga estadounidense. El club ayudó a consolidar una cultura futbolera bastante inesperada para el centro de Estados Unidos. Después apareció el fenómeno del Kansas City Current en el fútbol femenino -equipo en el que jugó la argentina Mariana Larroquete– y la ciudad empezó a construir una identidad alrededor de la pelota. El Mundial y la Selección argentina llegan sobre esa transformación.
En silencio, Kansas City ofrece algo que otras sedes estadounidenses no pueden garantizar. Además de la tranquilidad, la facilidad para trasladarse. Las distancias son más cortas, hay menos tráfico. El aeropuerto queda cerca.
Además, la ciudad viene trabajando hace tiempo para venderse como una sede “amigable” para los hinchas. Habrá transportes especiales, pasajes más baratos y servicios reforzados durante el torneo. Será una sede con un ritmo menos vertiginoso, menos acelerado, pero más práctico.
Lo malo, posiblemente, sea la saturación en el hospedaje. Los hoteles empezaron a subir muchísimo de precio antes del torneo y existe el temor, por parte de las autoridades locales, de que parte de la infraestructura quede chica frente al volumen de hinchas.
Sin embargo, Kansas City apuesta a convertirse en el lugar donde las selecciones puedan respirar un poco en medio del caos mundialista. Por eso Argentina eligió instalarse ahí.
Dallas, “cuánto más grande, mejor”
Dallas, ciudad texana en la que la Selección argentina jugará los últimos dos partidos de la fase de grupos, parece diseñada para impresionar incluso antes de que empiece el Mundial. Las autopistas son gigantescas, las camionetas son desproporcionadas. Todo funciona bajo la lógica “cuanto más grande, mejor”. De ahí la frase “Everything is bigger in Texas”.
Texas no solamente es un estado, es una ideología. Y constituye hoy uno de los grandes espacios políticos del trumpismo. El gobernador Greg Abbott construyó buena parte de su carrera alrededor del endurecimiento migratorio. El estado envió tropas a la frontera con México, instaló alambrados, organizó operativos propios contra migrantes y convirtió la cuestión migratoria en un espectáculo político permanente.
Incluso Dallas firmó a principios de año un acuerdo que permite a las fuerzas del orden locales colaborar con el ICE, lo que incrementa la discriminación racial y la persecución de inmigrantes, y erosiona la confianza entre las comunidades y las fuerzas del orden locales, lo que reduce la seguridad pública.
Sin embargo, paradójicamente, pocas regiones dependen tanto de los latinos como Texas: la construcción, los hoteles, los restaurantes y buena parte del transporte y los servicios urbanos.
Dallas será una de las grandes sedes del torneo. El AT&T Stadium, donde jugará Argentina, parece pensado para mostrarle al mundo la versión texana del entretenimiento: gigantismo, consumo y espectáculo permanente.
La movilidad y el traslado serán los grandes problemas de Dallas durante la Copa. Texas representa probablemente el mejor ejemplo de cómo Estados Unidos construyó ciudades alrededor del auto. En esta ciudad todo está lejos, todo exige autopistas y todo parece pensado para entrar y salir manejando.
Las autoridades prometieron shuttles especiales, transporte reforzado y servicios temporarios para conectar hoteles, centros urbanos y estadios. Sin embargo, el problema estructural sigue ahí y la Selección argentina jugará sobre esa infraestructura.
Miami, el Mundial latino
Miami funciona como una mezcla entre América Latina, paraíso financiero y espectáculo turístico permanente. Argentina no jugará acá durante la fase de grupos, pero probablemente sea una de las ciudades con mayor presencia argentina durante todo el torneo.
Primero porque ya funciona como una especie de capital latinoamericana informal. Segundo porque muchos turistas usarán Miami como puerta de entrada al país. Y tercero porque, si Argentina termina primera del Grupo J, jugará en Miami la siguiente ronda.
En 2023, la Asociación del Fútbol Argentino abrió oficinas permanentes en Miami y convirtió la ciudad en una especie de base estratégica para su expansión comercial internacional. Hay eventos, sponsors, activaciones y una presencia institucional cada vez más fuerte. A esto se le suma la presencia del capitán de la Selección argentina, Lionel Messi, que juega en el Inter Miami hace 3 años.
La llegada de Messi cambió esta ciudad. No solo futbolísticamente, también a nivel cultural. Explotó el turismo y el Inter Miami pasó de ser una franquicia más o menos irrelevante a convertirse en una marca global.
El problema es que Miami también representa una de las versiones más extremas del capitalismo urbano contemporáneo. Todo parece diseñado para extraer dinero. Y Miami se prevé sea una de las sedes más caras de toda la Copa.
Al igual que Dallas, Florida se convirtió en uno de los grandes bastiones republicanos del país. El gobernador Ron DeSantis impulsó políticas migratorias durísimas y construyó buena parte de su identidad política alrededor de guerras culturales conservadoras.
Miami, sin embargo, vive exactamente de aquello que el discurso político republicano suele atacar: inmigración, globalización y circulación internacional de dinero y personas. La ciudad depende de extranjeros, necesita permanentemente que el mundo llegue.
Las autoridades prometen sistemas especiales de transporte y movilidad para el torneo, incluyendo servicios gratuitos para hinchas con entradas. Pero la ciudad arrastra un problema estructural enorme: tráfico permanente, distancias largas y dependencia extrema del auto.
El sueño americano, visto desde el fútbol, no es un lugar. Argentina y sus hinchas irán atravesando esos escenarios. Quizá ahí esté también una de las historias del Mundial 2026: qué aflora de la identidad estadounidense cuando el mundo entero los mira.
DC/VDM






