Era la mañana del 14 de noviembre y Diego Maradona llevaba tres días en la casa del Tigre, en un dispositivo de internación domiciliaria sobre el que no había sido informado y por ende, no aceptó. Cerca de las siete, la enfermera Cinthya Córdoba entró en la habitación para medicarlo, tal como estaba indicado en el papelito pegado en la heladera. Pasaron casi seis años y ahora esa misma enfermera dice al tribunal que todo fue en un segundo: Diego se exaltó, la acusó de haber estado «ahí sentada» toda la noche, que era «una persecución», que se fuera. Antes de dejar el dormitorio, Córdoba vio cómo revoleaba lo que estaba al alcance de la cama.
Eso contó la enfermera que declaró en la audiencia 23 del juicio por la muerte de Maradona. El brote que detalló no quedó asentado ni en el chat Tigre ni en la planilla de enfermería dónde debía volcar el reporte diario. Tampoco reportó el llamado de urgencia a la psiquiatra Agustina Cosachov para pedirle instrucciones. Al teléfono la enfermera Córdoba le contó el cuadro, los gritos, acusaciones y revoleos. «Y escuché que la doctora que me dijo ‘¿por esto me llamás?'», declaró la enfermera a los jueces.
Que la psiquiatra haya desestimado el brote con esa frase es incomprobable: fue un diálogo entre dos, sin testigos. La defensa de Cosachov afirma que ese llamado nunca existió. Pero de tener en cuenta que no lo reportaron -ni ese llamado ni la hinchazón de las piernas, por caso- lo que queda en evidencia es cómo circulaba la información sobre el estado de salud de Maradona: informes incompletos, comunicaciones paralelas y en privado, ningún protocolo de rescate, pocas indicaciones.
De vuelta en aquella mañana del 14 de noviembre, encerrado en la habitación, Maradona insistía en que había «una persecución». Según declaró la enfermera, Cosachov cortó el llamado y el intercambio siguió por chat: «Dejame todo por escrito», le pidió la psiquiatra. Surgió en el transcurso del debate que Nancy Forlini, jefa de cuidados domiciliarios de Swiss Medical, coordinadora de esta internación e imputada en la causa, que advirtió a los enfermeros: la información la canalizaría ella, ella sería el nexo entre enfermeros, médicos tratantes y familia. Y nadie más.
Declaró la enfermera Córdoba a los jueces: «Le dije a la doctora (Cosachov) que no quería dejarlo solo por miedo a que se lastimara. Me dijo que me alejara, que llamara a los chicos de seguridad». Con esas indicaciones subió a la planta alta de la casa, donde dormían Monona, la empleada doméstica tiempo completo; el sobrino de Diego, Jonathan Espósito; y los custodios, en general dos. Tocó a las puertas, nadie se despertó.
Como era la hora del cambio de guardia, entró en la casa el enfermero Ricardo Almirón, también imputado en esta causa. Córdoba completó la planilla de su turno y se retiró. A todo esto: ¿y el acompañante terapéutico? Ese día estaba Carlos Baccini, que se había instalado en la casa de Tigre y dormía en el living, cerca de la habitación de Maradona, la única en planta baja. Nadie preguntó por él a la enfermera.
Aquel episodio -el brote, el supuesto llamado a Cosachov, cómo rescataron a Diego- quedó resumido así en la planilla: «Manifiesta que lo invaden». El tupper con la medicación y las planillas estaban escondidos arriba o dentro de un mueble. Diego no quería que escribieran sobre él, no quería ver a nadie escribiendo sobre él.
En simultáneo, los enfermeros debían pasar un parte en el chat Tigre, del que no formaban parte ni Cosachov ni el psicólogo Carlos Díaz, tampoco el neurocirujano Leopoldo Luque, comprometidos en la muerte del futbolista para la Fiscalía y las querellas por ser los médicos tratantes. En los siete turnos que pasó Córdoba en la casa de Tigre nunca se cruzó con Luque. Sí con Cosachov y Díaz.
Forlini era sólo un número en el teléfono. Pero si Cosachov indicaba la medicación, horarios y dosis, «todo lo demás, Forlini», respondió Córdoba a la pregunta del fiscal Patricio Ferrari. La coordinadora de Swiss Medical bloqueó la comunicación entre los enfermeros y la psiquiatra en dos oportunidades.
La primera fue el 12 de noviembre, cuando la internación domiciliaria llevaba un día. Oímos en la sala que Forlini le dice a Perroni, el coordinador de los enfermeros: «Hoy me llamó la psiquiatra y me dice que tiene un grupo de WhatsApp con la enfermería (…) No sería conveniente (…) Puede llamar al domicilio y preguntar como está (…) Porque sino se nos va a meter de una manera en el cuidado y no es la idea». La segunda fue también por audio al grupo de chat Tigre. Esa vez avisó que quien hablara por fuera sería desvinculado.
Con el testimonio de Córdoba, son cuatro los enfermeros que hablaron al tribunal. Sus testimonios coinciden en que Maradona dejó que le controlaran los signos vitales, ninguno recibió la historia clínica ni vio la ambulancia, y no tenían claro a quien reportaban.
Y algo más: Diego nunca usó el inodoro portátil que colocaron al lado de su cama, dentro de la habitación. Todos los enfermeros dijeron que lo acompañaron al baño o vieron que entraba. Si a Maradona no le gustaba esa silla higiénica (y por eso prefería caminar al baño), ¿cómo puede ser que Dahiana Madrid, la enfermera que tomó el turno de la mañana del 25 de noviembre, el día de la muerte, haya consignado en la planilla que lo escuchó orinar en la habitación? No lo sabremos en este juicio porque Madrid pidió ser juzgada aparte en un juicio por jurados.
Declaró, además, Jorge Macía, neurólogo, convocado para una interconsulta. Visitó a Diego en la casa del Tigre el 12 de noviembre junto a Pedro Di Spagna, médico clínico imputado en la causa. Ambos pudieron revisarlo. El neurólogo debía confeccionar un informe para «Forlini, que nos aclaró que era el nexo entre los médicos tratantes y la familia de Maradona«, agregó Macía.
Nada para destacar de su evaluación -«ningún signo de patología neurológica», refirió-, salvo que quedó flotando una duda: si el informe lo hizo a mano en una papel, le sacó una foto y se lo envió a Forlini o, como faltaba una planilla proforma, lo reenvío por mail el 26 de noviembre. Atención al detalle: un día después del fallecimiento. ¿Alguien, apurado, lo reclamó? Macía no recordó ni el apuro ni quien volvió a perdirlo. Tampoco conserva el manuscrito ni la foto ni el teléfono que usaba entonces.
Un apunte sobre Maradona, el brote y la enfermera: Córdoba cubrió otros cuatro turnos después del delirio persecutorio de aquella mañana en la que Diego le pidió que se fuera. Había pasado apenas un día cuando se reencontraron. Él ya se había olvidado.
VDM










