«Chori, vamos», ordenó Diego Maradona. Era el 20 de noviembre de 2020, cinco días antes de que lo encontraran muerto en la habitación de la casa de Tigre. «Chori» es Martín Domínguez, en ese tiempo, custodio de Diego junto a Julio César Soria -«Ciruja»- y Julio Coria -«El Negro»-, todos ex agentes del servicio penitenciario y los los tres empleados de Víctor Stinfale. Chori, El Negro y El Ciruja convivieron con Maradona durante la internación domiciliaria. Chori, asignado ese día, tuvo que ceder al pedido: Diego, que no quería ver a nadie, estaba de pie, con las llaves de la camioneta en la mano: «Chori, vamos».
«Y si Diego decía ‘vamos’ era ‘vamos’. Se hacía lo que él quería. Y si no subíamos a la camioneta, se iba caminando«, contó el custodio Chori a los jueces cuando declaró. Maradona quería ver a Rocío Oliva, quien fuera su pareja -con idas y vueltas- entre 2011 y 2018. La «rubia de camperita azul», futbolista en River Plate, treinta años menor que él, que lo había flechado en Mar del Plata y con la que vivió en Dubai. Dos años después de terminada la relación, Maradona la extrañaba. Le enviaba flores. Y también le pagaba la luz de la casa de Bella Vista, la que le regaló.
Diego de pie, con las llaves de la Hyundai H1, listo para salir del barrio. Habían pasado nueve días de la externación de la Clínica Olivos por la cirugía en la cabeza. Los días en la casa de Tigre eran cambiantes. A esa altura, el 20 de noviembre, había reportes que daban cuenta de que Maradona estaba hinchado, agresivo, inapetente, nostálgico, algo taquicárdico. Pero el día que quiso salir del barrio, Diego había tomado tereré, había contado anécdotas y se había bañado.
Salieron del barrio. Conducía Chori, el custodio. En el asiento del acompañante iba Jony, el sobrino de Diego. Atrás, Diego y Ricardo Almirón, el enfermero del turno noche imputado en el juicio por homicidio, como los otros seis trabajadores de la salud. Los tres acompañantes cumplían la orden sin saber -no tenían cómo- que sería el último acto vital de Maradona.
Diego y Rocío se había visto en marzo, cuando él era DT de Gimnasia y vivía en el country Campos de Roca. Sobrevino la pandemia, Diego dejó de ir al club y Rocío de visitarlo. Lo único que quedaba de ella en esa casa de Brandsen era Charly, un primo, al que le habían conseguido el trabajo de asistir a Diego. Se contó en este debate que a Charly le habían encomendado que controlara el consumo de alcohol, pero Maradona andaba con una copa de vino en la mano. También se dijo que «le robaba».
Este tal Charly tenía, además, una orden de captura encima. Curioso que Mario Baudry, pareja de Verónica Ojeda y representante en el juicio de Dieguito Fernando, lo haya pasado por alto dado que entonces era jefe de Gabinete de Sergio Berni, ministro de Seguridad bonaerense en 2020. Hasta que un día Charly se borró. Fue después de que en el country denunciaran un robo. Así que en Tigre, de Oliva no quedaba ni el primo.
Maradona quería ver a ver Rocío y metió a todos en la camioneta: a Chori de seguridad, al sobrino y al enfermero. Encararon para el lado «del Jumbo». Fue un viaje corto, quizás media hora. En el trayecto le avisaron a Leopoldo Luque, neurocirujano, amigo personal e imputa en este juicio. Oímos un audio en el que Luque se alegra por la salida y los invita a un asado en su casa. Pero nunca llegaron ni a lo del neurocirujano ni a lo de Rocío.
Chori, el custodio, declaró que fue él quien le propuso a Diego volver a la casa de Tigre. El enfermero, en cambio, dijo que fue quien desactivó el encuentro con Oliva. Pensado a la distancia, fue como dar unas vueltas en un auto con un bebé que necesita regularse para conciliar el sueño. Pero era Diego y ese fue su último paseo deseado.
¿Maradona podía salir de la casa si cursaba una internación domiciliaria? El sentido común indica que no pero la respuesta no está escrita en ningún lado: la «internación» en domicilio no está legislada en la Argentina así que no hay protocolo. Aquí podría pensarse que Swiss Medical, la prepaga a la que estaba afiliado Maradona, ofrecía (y cobraba) un servicio sin regulación. Como una «amenity».
¿Importa que Maradona haya roto una regla que, en definitiva, no existe? No hace a este juicio, pero: aparece en este paseo un paciente con voluntad para decidir y que estaba en condiciones de salud suficientes para subir a una camioneta. Es el último Diego con deseo.
La tecla de la luz en la noche del final
No había caso: Diego no quería bañarse. El paseo frustrado había quedado atrás y aquél Maradona con ganas de pasear empezaba a apagarse. Dieguito Fernando iba a visitarlo ese día. «Bañate. Soy tu Seguridad, y me baño y me pongo perfume todos los días«, le dijo -según declaró a los jueces- Julio César Coria, El Negro, a Maradona. Eso fue el 23, dos días antes de la muerte. El Negro Coria ya le había contado a Luque por WhatsApp que Diego no había salido de la habitación en todo el día. No quiso ver tele. Apetito, apenas: té y galletitas. Quería dormir.
Los reportes de enfermería indican que los días anteriores, el 21 y el 22 de noviembre, a Maradona le dolía un poquito la panza, pero «buen descanso», «buen ánimo», «buena conversación», «tranquilo», «colaborador». El 23, se aisló. El 24, último día con vida, también fue malo. Se duchó y me metió en la habitación, de dónde no salió en todo el día. Esa fue la noche de la tecla de luz.
«Se trabó la tecla de luz de la habitación«, recordó el custodio Coria al tribunal. Eran, dijo, las diez de las noche; a lo sumo, diez y media. Resolver el tema de la tecla era importante, a Diego le molestaba la luz para descansar y si no la destrababan, las luces quedarían encendidas. Pero importa el horario porque aquí, en este juicio, intentan dilucidar por qué murió y a qué hora. Según El Negro, en la noche del 24 estaba vivo.
En la casa de Tigre esa noche estaban el enfermero Almirón, la cocinera Monona, Coria y Jony. El custodio dijo que antes de apagar la luz, se despidió de Diego con un beso, que Diego estaba acostado en la cama, tapado. «No me dijo que se sentía mal. Yo le avisé que tomaría unos mates en el patio. ‘Bueno, andá tranquilo’, me dijo«. Coria tomó mates hasta la medianoche. Después subió a su habitación, en el primer piso de la casa.
El enfermero se quedó en la cocina. No registró en la planilla ninguna observación durante la madrugada del 25, el día fatal. Coria amaneció a las 6 y de vuelta la pava al fuego. En la mañana se sumaron Gisella Dahiana Madrid, enfermera e imputada que será juzgada aparte, en un juicio por jurados; el secretario de Diego, Maximiliano Pomargo y más tarde, la psiquiatra Agustina Cosachov y el psicólogo Carlos Díaz, ambos también imputados.
A veces Maradona se hacía el dormido. Era su manera de rechazar a las visitas. Fue lo que pensaron Cosachov y Díaz cuando salieron de la habitación y le pidieron a Coria que entrara a despertarlo porque a ellos no les respondía. Coria entró con Jony. Diego no reaccionaba. No reaccionaría nunca: ni con la respiración boca a boca que Coria hizo, ni con el masaje cardíaco, ni con los gritos de a cocinera Monona. El cuerpo estaba «tibio», ratificó el custodio a a los jueces. Sobre la mesa de luz habían quedado los sanguchitos de miga que Diego no quiso cenar.
Los «premios» de Víctor
Julio Soria, El Ciruja, trabajó en el Servicio Penitenciario bonaerense. Como El Negro Coria y Chori Domínguez, terminaron como empleados de seguridad de Víctor Stinfale en su empresa, Energy Group, la que comercializa la bebida Speed. Y, mediados por el ex manager de Diego, Matías Morla, asumieron la custodia de Maradona en distintos formatos: vigilaban desde un auto, lo acompañaban en compromisos comerciales o personales, controlaban que no tomara alcohol y pasaban reportes detallados y diarios a Morla. Los custodios eran «los ojos».
«Les tengo que andar cuidando el trabajo de todos ustedes, rata», oímos que el custodio Soria le dice a Luque en un audio del 8 de noviembre, cuando se cocinaba la internación domiciliaria. En este juicio, el neurocirujano y amigo personal de Maradona insiste en desmarcarse de la internación domiciliaria. Aún así, y surge también en este juicio, siempre estuvo pendiente de la salud de Diego y en contacto directo con sus custodios.
Pero esa esa frase -«cuidar el trabajo de todos»- no pasó inadvertida. ¿»Todos» quiénes, por qué? Soria respondió que «necesitábamos saber qué iba a pasar porque teníamos que armar un operativo de traslado a Tigre, ya había gente instalada, con banderas y flores». Fue una explicación, digamos, válida.
Pero faltan elementos: a las hijas de Diego no las terminaba de convencer la internación domiciliaria. Mario Schiter, cardiólogo, médico que acompañó a Diego a rehabilitarse en Cuba y cercano a Claudia Villafañe, estaba en camino a la Clínica Olivos, donde digo esperaba el alta. Schiter iba, posiblemente, con la idea de institucionalizar a Maradona.
«Cuidar el trabajo de todos»: podría pensarse que más que «saber», El Ciruja quiere «alertar» y el aviso, en este caso, es para no quedarse sin laburo porque… ¿qué podría hacer un custodio en una clínica?
Ninguno de los jueces –Alberto Gaig, Alberto Ortolani y Pablo Rolón– dejaron pasar ese comentario. Hicieron preguntas aclaratorias -que es sólo lo que pueden hacer- que sonaron más a «pinchazo». Le preguntó Gaig a El Ciruja: «¿Qué trabajo les estaba cuidando Usted?». Metió Ortolani: «¿Por qué le avisa a Luque y no a Pomargo?». Intentó Rolón: «¿Pero por qué usted tenia que dar aviso?».
Ya pasaron 76 testigos en este juicio. Entre esas declaraciones y la documentación presentada, no hay evidencia que permita, siquiera inferir, que los imputados se hayan enriquecido con Maradona. De hecho, la paga era bastante magra por ser quien era el paciente y la demanda que implicaba: $50 mil más viáticos por semana para Cosachov en 2020.
Diego daba trabajo, pero le daba trabajo a muchas familias. «Víctor (Stinfale) nos había prometido un premio por el trabajo que hacíamos», declaró Maximiliano Pomargo. Maradona era un negocio afuera, no dentro de una institución. ¿Había que cuidar un trabajo o un negocio? ¿El negocio de quién había que cuidar?
VDM








