Leopoldo Luque se sienta frente a los jueces. Está listo para declarar por sexta vez en el juicio por la muerte de Diego Maradona. Como siempre, no responderá preguntas de las partes, sólo va a aclarar o rectificar lo que otros testigos ya dijeron. Pide usar el televisor de la sala, conecta el cable a la computadora y aparece en la pantalla un cuadro, el material en el que se apoya para hablar. Pero sin querer le da play a un video, el de la autopsia. Y Gianinna, que está presente, salta de la silla, le grita «hijo de puta» y sale por un puerta ubicada atrás del estrado. La audiencia se suspende.
Fueron segundos, los últimos de una jornada larga y picada. Los abogados de Luque, Francisco Oneto y Roberto Rallín, ya habían sido advertidos por el Tribunal por haberse reído del corazón de goma que llevó Mario Shiter, médico de Maradona hasta 2004 y único testigo en declarar hoy, la décima audiencia.
Lo primero que dijo el neurocirujano Luque antes de arrancar su exposición fue «disculpas, no va a volver a pasar». Una forma de excusar a sus representantes. Pero después clickeó sobre el video de la autopsia y Gianinna, única heredera presente en la sala, reaccionó.
Según Fernando Burlado, su abogado, haber visto a su padre en la mesa de autopsias «la desestabilizó». Insinuó, incluso, que debían llamar a un médico. Pedro Di Spagna, médico clínico imputado en la causa, levantó la mano y se ofreció para verla. Hubo un murmullo, pero fue Mario Baudry, abogado de Verónica Ojeda y de Dieguito Fernando, quien lo descartó con una risa burlona, como diciendo «dejate de joder, mirá si vas a ser vos el que toque a una Maradona».
Curioso de parte de Baudry (que se pronuncia “baudrí” en fino francés, aclaró Ojeda a los periodistas). Debe ser la segunda o tercera vez que se lo oye en la sala. Quien fuera jefe de Gabinete de Sergio Berni, ex ministro de Seguridad bonaerense, -ostentaba el cargo cuando Maradona murió, en octubre de 2020, en Tigre- habla más para la tele que al Tribunal. En general, e incluso, evita hacer preguntas a los testigos. En fin. Di Spagna masticó bronca. Se puso de pie, caminó unos pasos hacia donde estaba el abogado éste que, aunque se esfuerce, no le llega a la dureza del talón mediático a Burlando.
De Gianinna quedó el eco del insulto. Detrás suyo salió una amiga y dio un portazo. La audiencia terminó de manera repentina. Este juicio, que no es nuevo pero sí, va lento. Ya lo avisó el vocal Alberto Ortolani: «(Vamos) diez jornadas, declararon 17 testigos; ni siquiera dos por audiencia. Hay una nómina de 97 testigos…»: la forma sutil de pedir que recorten, que elijan, que depuren. Vamos a ver el Mundial en la sala de audiencias de los Tribunales de San Isidro.
Una audiencia tensa, picantísima
«Así no se puede trabajar», se quejó el fiscal Patricio Ferrari y antes de soltar el micrófono, avisó que su interrogatorio estaba terminado. Sentado frente al Tribunal estaba Mario Shiter, el único testigo de la décima jornada del juicio.
Shiter tenía el el bolsillo de su saco el corazón de goma con el que había explicado sístole y diástole, llevaba casi tres horas de declaración. Ferrari, febril, acusó hostigamiento de parte de Francisco Oneto y Roberto Rallín, abogados de Luque. Cuarto intermedio.
A Mario Shiter hubo que pagarle el pasaje desde Madrid para que de testimonio. La plata la juntaron entre las hijas de Maradona. Médico y docente, especializado en urgencias, emergencias y terapia intensiva, Shiter apareció en la vida del futbolista en 1999, cuando se cruzaron en el Fleni por unos estudios. Pero el contacto estrecho se dio el primer día de 2000, cuando Maradona se intoxicó con cocaína y alcohol en Punta del Este, Uruguay.
Del Cantegril en avión sanitario hasta San Fernando, de ahí en ambulancia con Shiter hasta el Fleni y de ahí -también con Shiter- al Instituto Sacre Coeur. «Predominó la causa cardiovascular. (Alfredo) Cahe me designó para acompañarlo en la internación. Le hice una biopsia en el corazón. Encontramos lesiones compatibles con consumo de cocaína y etanol«, contó de Shiter interrogado por el fiscal Ferrari. Sobrevino un detalle exhaustivo de un episodio ocurrido hace 26 años, prólogo extenso de lo que podría explicar la muerte, que fue en la pandemia de 2020, hace seis.
Shiter, testigo 18 de este nuevo debate, acompañó a Maradona a Cuba. Estuvo con él hasta que Cahe le dijo que se volviera. Lo vió en 2004 por una crisis hipertensiva. Esa fue la última vez, porque cuando Swiss Medical -prepaga del futbolista- le pidió una interconsulta luego de la cirugía por el hematoma subdural, alguien -no supo contestar quién- no le permitió el ingreso a la habitación.
A pedido de Claudia Villafañe, Shiter fue veedor de la operación de autopsia. No fue cómo forense ni como legista. «Una garantía de transparencia para la señora Claudia Maradona», dijo.
Aún con la cuestión cardíaca en el medio de la discusión, Shiter dejó de ser un testigo conveniente para sostener la tesis de la parte acusadora: para fiscales y querellas, Maradona arrastraba una enfermedad coronaria que generó una acumulación de líquidos que fue desatendida y falleció. En su declaración desconoció a Leopoldo Luque como médico tratante cuando ya había sido operado por el hematoma subdural.
Al término de la jornada, la Fiscalía dirá a La Pluma que el testimonio de Shiter deja en claro que ese corazón dañado podría haber seguido funcionando con medicación controlada, ejercicio físico y dieta acorde. Una de las últimas comidas de Maradona fue brócoli con camarones a la provenzal.
Sobre la causa de muerte Shiter dijo que «no la vi ni la presencié (la muerte)». Que aún habiendo presenciado la autopsia, «no puede determinarlo». Sobre la cantidad de líquido acumulado en el cuerpo, consideró que «no es tanta cantidad en un paciente cirrótico avanzado», aunque después se desdijo. Dudó sobre la edematización de los miembros inferiores y dijo que el signo de Godet era «pobre».
Que lo que se observa es una miocardiopatía latente, que en un momento se descompensó, que eso generó un edema de pulmón que inundó el resto de los órganos: una agonía corta, una muerte súbita. Lo que apuntan los acusados. Los fiscales siguen convencidos de su acusación. Hay días así, días en los que todos tienen razón. O podrían tenerla. Los periodistas acreditados en sala nos sentamos al fondo. En días confusos como éste, la única certeza es que los varones pierden pelo. Es que salvo la defensora oficial de Di Spagna, María Julia Marcielli, son todos abogadOs. Así que lo irrebatible son sus aureolas, que del año pasado a éste se expandieron.
El corazón de goma de Shiter
Para más precisiones, Shiter avisó que había traído «una maqueta». Sacó del bolsillo del saco un corazón de goma. Modelo a escala, realístico. Blandía Shiter el corazón -«sístole, diástole; ventrículo izquierdo, derecho-. Visto desde los fondos de la sala, el testigo parecía un mago en pleno acto, acá está, acá no está. Hubo risas. No se oyeron, pero sí. El presidente del Tribunal, Alberto Gaig, le preguntó a Oneto y a Rallín -abogados de Luque- qué les causaba gracia. Rallín balbuceó que gracia ninguna, que qué casualidad que Shiter justo vino con una réplica.
El fiscal Ferrari se sumó al reto. Ya estaba molesto. ¿Qué le molestaba más? ¿La risita de los abogados o este testigo apasionado, que fue a libro abierto? Pero siguió el fiscal. Intentaba encauzar a un testigo muy especializado, con alma de docente que sino divagaba, ofrecía al Tribunal todos los grises en vez de una una respuesta limpia y corta.
Y Oneto empezó con las objeciones. A cada pregunta del fiscal -en un interrogatorio que iba para las tres horas-, Oneto interrumpía: «Objeción, reiterativa»; «objeción; hipotética». El juez Gaig puede dar o no a lugar a la objeción. Oneto pelea si el presidente le deniega la objeción. Ferrari protesta si el «no» es para él. El testigo quedó en medio de un ping pong de tres: fiscal, presidente, defensor.
Si fue perfomático salió bien: Ferrari, harto por el hostigamiento de Oneto o agotado por este testigo impredecible, soltó el interrogatorio. «Así no se puede trabajar», repitió. Antes de volver a su escritorio, lo miró al abogado de Dalma y Gianinna, Fernando Burlando, y le ordenó: «Pedí un cuarto intermedio». Hubo una hora para volver a acomodar las piezas de una historia que fue reconstruida el año pasado. Que éste, con las mismas piezas, hay que contar de otra manera.
VDM






