• Nosotros
  • Comercial
  • Contacto
Domingo 19 de abril de 2026
Sin resultados
Ver todos los resultados
La Pluma Diario
NEWSLETTER
  • Inicio
  • Política
  • Mundo
  • Economía
  • Sociedad
  • PBA
  • CABA
  • Tema Libre
  • Opinión
Domingo 19 de abril de 2026
  • Inicio
  • Política
  • Mundo
  • Economía
  • Sociedad
  • PBA
  • CABA
  • Tema Libre
  • Opinión
La Pluma Diario
Sin resultados
Ver todos los resultados
Inicio Tema Libre

Esta es mi carne (que será entregada siempre por ustedes)

A modo de ensayo, Leyla va del corsé a la imaginería de la IA. Contra el orden de cada época, ¿podremos las mujeres recuperar la potencia que disuelve la forma?

Leyla Bechara Por Leyla Bechara
19 de abril de 2026 - 12:01 am
en Tema Libre
Esta es mi carne (que será entregada siempre por ustedes)
Compartir por WhatsAppCompartir en FacebookCompartir en X
Compartir por WhatsAppCompartir en FacebookCompartir en XSeguinos en Instagram

Durante un breve período de tiempo, en aquel momentum sociopolítico conocido como la cuarta ola feminista, las mujeres comenzaron a llamarse a sí mismas feministas con la intención de marcar su potestad sobre su carne. De hecho, el concepto feminazi, que luego reapropiaríamos, nació en la misma época que yo, con la idea de estereotipar a las mujeres que defendían el derecho al aborto. Entre 2015 y 2020, en Argentina, el debate del aborto tiñó la mayoría de las conversaciones sobre ser mujer. Las feministas, ahora feminazis, solo podían hacer honor a su epíteto hablando de la autonomía corporal. Los otros tipos de vaciamiento que el sistema aplica sobre nuestra carne quedaron descartados de nuestra currícula. Mejor no hablar de ciertas cosas.

Para la filosofía política e incluso para la tradición religiosa, el cuerpo es vector de las ideas más radicales sobre la potencia humana. Bajo la extorsión moralista de no hablar ni opinar de cuerpos ajenos nos quedamos sin la posibilidad de hacer frente a las reflexiones que una época de avance de la técnica sobre la carne nos obliga a hacer. La feminazi quedó desarticulada, vaciada y sin potencia para asumir lo que un cuerpo puede. ¿Sigue siendo nuestra carne nuestra decisión?

La materia y la forma 

En la cultura contemporánea la carne femenina es operada con una eficiencia de bisturí. Se trata de una operación mediática en el sentido más estricto porque pasa casi desapercibida al ejecutarse en el mismo lenguaje que usamos para defenderla. No estamos hablando de teorías conspirativas ni de revoluciones comunicacionales sino de la continuación de algo muy antiguo con instrumentos muy nuevos. La carne de la mujer, ese cuerpo que pesa y que envejece y que tiene hambre y que sangra en momentos inconvenientes, es un problema que cada época resuelve a su manera. Desde que nací allá en los últimos 90s, tengo la percepción de que el problema de la carne fue “desapareciendo” bajo las garras delicadas de un vaciamiento que ocurre como elección individual. La desaparición física de la carne femenina es un tema de estética personal y la administración del cuerpo femenino fue convirtiéndose un acto de autonomía.

La feminidad nunca fue un estado del cuerpo. Fue siempre un trabajo. Habrá quienes entiendan esto en su sentido motivacional, como las frases que circulan en Instagram sobre el esfuerzo y la disciplina, y el cuerpo como proyecto personal. Pero estamos hablando en su sentido estructural: si la masculinidad, siguiendo la tradición bíblica, se define por la carne en su condición no intervenida, por el cuerpo que se ofrece al mundo sin elaboración previa, a imagen y semejanza de Dios, la feminidad se define por la alteración constante de esa carne, por el trabajo de transformarla en algo que el orden pueda administrar, reconocer y hacer circular. La feminidad es el esfuerzo permanente de que la materia no se note.

Aristóteles llamaba a esto la relación entre hylé y morphé: la materia bruta y la forma que la hace inteligible. La hylé es la madera antes de ser mesa. En sí misma no es nada que el orden pueda aprovechar: es potencia pura, posibilidad sin dirección, materia que todavía no llegó a ser. La morphé es lo que la actualiza, lo que la convierte en algo reconocible, lo que le da un lugar dentro del sistema de las cosas que existen, circulan y producen valor.

No es lo mismo una mesa rebatible para una cocina de un monoambiente, que la mesa donde se sientan los Ministros a determinar los próximos ajustes a la sociedad. Sin la forma, la materia no tiene lugar. Sin la materia, la forma no tiene sobre qué imponerse. La relación entre las dos no es simétrica: la morphé no surge de la hylé sino que se le aplica desde afuera, desde el orden que necesita que la materia deje de ser pura potencia y empiece a ser algo útil.

La carne femenina en su estado no intervenido es hylé en ese sentido preciso. Materia que todavía no produjo valor, que todavía no puede circular, que todavía no tiene forma asignable dentro del sistema que la necesita formada. La hylé no puede ser conocida directamente sino a través de la forma. El trabajo de la feminidad es el trabajo de la morphé: darle forma a esa materia, mantenerla dentro de los límites de lo reconocible, evitar que vuelva a su estado anterior. Y la materia tiene la costumbre molesta de resistir. De engordar y envejecer y sangrar y recordar que hay algo debajo de la forma, que la forma es un trabajo impuesto sobre algo que tiene su propia lógica y su propio tiempo. La feminidad es el esfuerzo permanente de que esa potencia que resiste no se note, de que la imposición parezca naturaleza y el trabajo parezca elección.

La feminidad se define por la alteración constante de esa carne, por el trabajo de transformarla en algo que el orden pueda administrar, reconocer y hacer circular.

Lo que la cultura contemporánea perfeccionó no es la forma en sí sino la velocidad con que la imagen reemplaza a la carne en ese proceso. En algún momento la morphé dejó de imponerse sobre la hylé y empezó a sustituirla, reemplazó la carne directamente por su representación. Lo que circula es la forma sin cuerpo, la imagen sin materia, la feminidad sin ninguna carne debajo que pueda resistir o envejecer o decir que no. Y la operación se ejecuta en el lenguaje de la libertad, la salud y la elección personal. 

Cada época apenas modifica los instrumentos de esa operación y es en esa continuidad que podemos descifrar lo novedoso. ¿Pueden las mujeres contemporáneas recuperar la potencia de su carne?

Una historia tecnológica

La historia del corsé es la historia de un malentendido productivo. Durante siglos se lo presentó como una prenda de moda pero el corsé hacía algo más en términos técnicos: reorganizaba los órganos internos, redefinía la silueta desde adentro e imponía sobre la carne una forma que el cuerpo no producía solo. Yendo a otras latitudes, el pie vendado chino cumplió una lógica similar. Desde los diez siglos que duró la práctica hasta su abolición en el siglo XX, el vendado empezaba en la infancia, antes de que el hueso terminara de formarse, precisamente para que la forma se impusiera sobre la materia en el momento en que el pie todavía era suficientemente plástico para ceder. El resultado no era sólo estético porque generaba un cambio permanente e irreversible de la estructura ósea, una morphé que se inscribía en la hylé hasta volverse indistinguible de ella. La forma no se aplicaba sobre la carne desde afuera: la carne terminaba siendo la forma. Ese es el objetivo más honesto. 

El ayuno, por otro lado tiene una historia más compleja porque sus motivaciones declaradas fueron siempre múltiples y no todas pertenecen al mismo registro. Hay un ayuno de disciplina espiritual que atraviesa todas las tradiciones religiosas y que no es específicamente femenino. Pero las santas medievales que ayunaban hasta la consunción —Catalina de Siena, que murió a los treinta y tres años después de años de restricción extrema, entre muchas otras— no eran “víctimas” de una norma patriarcal que les exigía desaparecer. Eran sujetos que habían encontrado en el control sobre su propia carne una forma de autoridad espiritual y política en contextos donde no tenían acceso a ninguna otra. El cuerpo reducido, la carne sometida a una voluntad que demostraba ser capaz de imponerse sobre las necesidades más básicas de la materia, producía en ese contexto un tipo de poder oblicuo que la crítica contemporánea no sabe cómo leer porque no encaja en ninguna de sus categorías disponibles. No era empoderamiento en el sentido liberal del término. Tampoco victimización pura. Era una apropiación paradójica del mismo instrumento del vaciamiento para producir desde adentro de él una forma de presencia que el orden no había previsto.

Simone Weil tuvo una relación muy estrecha con el ayuno y con el trabajo físico agotador. La escritora habitó esta relación con la carne desde un registro filosófico y político además del espiritual. Lo que Weil entendía es que el cuerpo no es el enemigo del alma sino su condición. Que la experiencia encarnada —el hambre, el cansancio, el dolor físico del trabajo— no es un obstáculo para el pensamiento sino el único suelo desde el que el pensamiento puede tener peso real. Su decisión de trabajar en las fábricas, de compartir las condiciones físicas de los obreros, fue su apuesta epistemológica desde la cual inauguró la idea de que el conocimiento que no pasa por la carne no conoce nada que importe. La morphé sin hylé no es forma sino vacío.

Otra tecnología también conocida es la patologización moderna. La histeria, como diagnóstico médico del siglo XIX, fue la tecnología de la época para nombrar lo que pasaba cuando la hylé resistía la morphé con demasiada evidencia. El cuerpo histérico era el cuerpo que producía síntomas sin causa orgánica demostrable, que expresaba a través de la carne algo que el orden no podía administrar porque no tenía forma reconocible. 

Lo que recorre todos estos casos —el corsé, el pie vendado, el ayuno, la histeria como diagnóstico— no es una conspiración ni un plan coordinado por un grupo de marketers que quieren arruinarnos la vida, sino una lógica que cada época redescubre por su cuenta porque responde a una necesidad estructural que no desaparece con los siglos. La carne femenina en su estado no intervenido produce fricciones que el orden no puede absorber: ocupa espacio de maneras imprevistas, produce fluidos en momentos inconvenientes, envejece según su propio calendario. La morphé no puede pensarse como una imposición arbitraria, es más bien la respuesta sistemática a algo que el orden percibe, con razón, como una amenaza a su capacidad de administrar lo que circula y lo que no.

La carne femenina en su estado no intervenido produce fricciones que el orden no puede absorber: ocupa espacio de maneras imprevistas, produce fluidos en momentos inconvenientes, envejece según su propio calendario.

Lo que cambia de época en época no es el objetivo sino tres cosas: los materiales con que se trabaja, la velocidad con que la forma se impone sobre la materia y el lenguaje en que se nombra esa imposición. El corsé era lento, visible y costoso en términos de incomodidad física sostenida. El pie vendado era permanente pero localizado. El ayuno requería disciplina continua y dejaba marcas visibles que podían leerse como señales de lo que estaba ocurriendo. Todos estos instrumentos tenían algo en común que los hacía relativamente legibles.

Pero si pensamos en los instrumentos contemporáneos, son más eficientes precisamente porque no dejan el mismo tipo de evidencia, o porque la evidencia que dejan viene ya codificada en el lenguaje de la elección y la autonomía. Un lenguaje que la crítica contemporánea no puede terminar de combatir. 

La capa de invisibilidad 

El Ozempic no es una droga para adelgazar. Si nos ponemos técnicas, es una tecnología de supresión del hambre. Por fuera de sus efectos sobre los diabéticos, la droga hoy circula con mucha fuerza entre usuarios sin ningún problema de metabolización de la glucosa. Pero para su uso estético, no trabaja sobre la grasa ni sobre el metabolismo en el sentido en que lo hacen otras intervenciones. Trabaja sobre el deseo de comer, suprime no el síntoma sino la experiencia misma de la necesidad.

Lo que hace el Ozempic es diferente a las tecnologías antes mencionadas porque elimina la fricción entre la voluntad y la necesidad. No hay lucha porque no hay resistencia. La hylé ya no se somete a la morphé mediante un esfuerzo sostenido que deja evidencia de ese trabajo, sino que se disuelve químicamente, privada de la señal que la haría reclamar su propio espacio. La eficiencia del instrumento está en la invisibilidad del proceso. Lo que antes podíamos llamar trastorno alimentario cuando era demasiado visible, ahora se llama tratamiento. La tecnología no cambió el objetivo sino el costo de alcanzarlo y el lenguaje en que se nombra ese costo.

Eso es lo que hace al Ozempic representativo de algo más amplio que él mismo. La expresión más honesta de la lógica contemporánea de vaciamiento, que consiste en resolver el problema de la hylé sin que el proceso de resolución deje rastros que puedan ser leídos como lo que son. La ultradelgadez como ideal estético volvió después de una pausa que el mercado usó para vender otras cosas —la retórica de la inclusión, la celebración de otros tipos de cuerpo y el body positive como categoría de consumo— y volvió a aparecer en forma de famosas y modelos perdiendo mucho peso de una temporada de premios a la otra.

La ultradelgadez como ideal estético volvió después de una pausa que el mercado usó para vender otras cosas y volvió a aparecer en forma de famosas y modelos perdiendo mucho peso de una temporada de premios a la otra.

Pero el péndulo no responde a ninguna lógica cultural sino a ciclos de rentabilidad. Cuando la inclusión dejó de vender lo suficiente el ideal volvió al cuerpo reducido, al cuerpo que ocupa el menor espacio posible, al cuerpo que no molesta ni desordena la composición del encuadre. Y el Ozempic estaba ahí para hacer posible ese ideal a una escala que ningún instrumento anterior había alcanzado: masiva, química, privada, cubierta por el lenguaje de la salud y la autonomía. La ultradelgadez como ideal no es frívola en el sentido en que se la suele desestimar. Es la expresión más directa del proyecto de reducción de la hylé. 

Pero el Ozempic trabaja sobre la carne que todavía existe. Hay una segunda tecnología que opera sobre el problema desde el otro extremo, ya no es reduciendo la carne sino eliminando la necesidad de que exista. La modelo generada por inteligencia artificial no tiene poros porque no necesita sustentar la vida de un organismo. No tiene líneas de expresión porque no hay experiencia que haya pasado por ese rostro. No envejece, no sangra, no engorda, no tiene hambre, no puede decir que no. Es la morphé sin hylé, la forma perfecta precisamente porque no tiene ninguna materia debajo que resista o complique o recuerde que hay algo más. El proyecto de vaciamiento llevado a su conclusión lógica: la forma directamente, sin el problema de la carne.

Esta es la declaración contemporánea sobre qué se considera deseable en un cuerpo femenino y por qué. Porque no envejece, porque no tiene memoria inscripta en el cuerpo, porque su disponibilidad no tiene límite ni costo. Es el cuerpo que el orden siempre quiso: perfectamente formado, perfectamente disponible, sin ninguna resistencia interna que complique su circulación.

El algoritmo es la infraestructura que hace operar estas dos tecnologías en conjunto y que les da su escala real. No necesita ni producir imágenes ni administrar drogas, simplemente distribuye la atención. Decide qué cuerpos son visibles y en qué condiciones, qué formas de la carne femenina reciben distribución y cuáles desaparecen del feed sin explicación ni apelación posible. Es un sistema de selección que opera por debajo del lenguaje, antes de que cualquier crítica pueda formularse, sobre la capa más básica de lo que existe para quien mira una pantalla.

El cuerpo que el algoritmo distribuye masivamente es el cuerpo que ya pasó por alguna de las otras tecnologías: reducido, filtrado, generado. El cuerpo que no pasó por ninguna produce menos engagement, recibe menos distribución, ocupa menos espacio en la pantalla. Es una retroalimentación que no necesita intención para ser efectiva. 

Estas tres tecnologías —la ultradelgadez como ideal, el Ozempic como método, la IA y el algoritmo como infraestructura de distribución y sustitución— no son fenómenos paralelos ni tendencias que coinciden en el tiempo por casualidad. Son un sistema integrado que cubre todos los estadios posibles de la carne femenina: la que todavía existe se achica, la que no puede achicarse se reemplaza por su imagen optimizada por la IA y la atención que podría ir hacia cualquiera de las dos se administra para que el proceso completo no se vea como lo que es. El sistema es más perfecto que cualquiera de sus versiones anteriores porque opera sin dejar ningún tipo de evidencia que haría posible nombrarlo. Trabaja en el lenguaje de la elección, la salud, la autonomía y la innovación tecnológica, que son exactamente los lenguajes que cualquier crítica contemporánea usaría para atacarlo. Esa es su eficiencia real: la invisibilidad.

Lo que queda afuera de ese sistema es lo que todavía nos pertenece.

¿Qué puede un cuerpo?

La hylé siempre fue intervenida, la carne siempre fue trabajo, la feminidad siempre fue morphé aplicada sobre una materia. No hay un origen puro al que volver ni una naturaleza femenina anterior a la cultura que haya que recuperar. La apuesta no es esa. 

La irreversibilidad de la experiencia encarnada es la condición de posibilidad de que algo importe. Sin carne que envejezca y sangre y tenga hambre y pueda decir que no, no hay experiencia sino pura y mera representación, no hay tiempo sino imagen del tiempo, no hay sujeto sino tan solo una superficie editable que puede ser reformada indefinidamente sin que ninguna formación anterior haya dejado rastro real. La fe en lo humano es la afirmación de que esa diferencia importa. Que no es lo mismo haber estado que haber aparecido. Que no es lo mismo una cicatriz que su fotografía.

El amor a la verdad exige exponerse al contacto con la materia real, con el mundo que pesa y resiste y no cede a ninguna voluntad que quiera reorganizarlo desde arriba sin pasar por él. El pensamiento que no pasa por la carne no conoce nada que tenga consecuencias reales. Lo que el sistema de vaciamiento produce es un tipo específico de sujeto. Uno sin historia inscripta en el cuerpo, cuya relación con su propia experiencia es siempre la del espectador y nunca la del que estuvo presente, con toda la fricción y el costo y la irreversibilidad que la presencia real implica. Es el sujeto que el sistema necesita porque es el sujeto que no puede oponer resistencia porque no tiene el suelo desde el que la resistencia sería posible: no tiene carne.

La fe en lo humano es la afirmación de que esa diferencia importa. Que no es lo mismo una cicatriz que su fotografía.

La carne que queda afuera del sistema de vaciamiento, es la única superficie sobre la que una experiencia puede dejar una marca irreversible. Es el único lugar donde el tiempo tiene consecuencias que no pueden ser editadas ni maquilladas con IA. Por qué al final, en el sentido más estricto, ¿qué es mi carne sino la historia de la humanidad? 

LB/VDM

Temas: FeminaziLeyla BecharaTema Libre
Leyla Bechara

Leyla Bechara

Leyla Bechara es politóloga, escritora e investigadora cultural. Su trabajo cruza comunicación política, cultura digital y sociología de internet, con foco en las formas contemporáneas de influencia y gobernanza algorítmica. Conduce Hipótesis de Conflicto en @ceiboargentina.

Seguí leyendo
Me van a llamar «feminazi» igual

Me van a llamar "feminazi" igual

Sin resultados
Ver todos los resultados

Últimas Noticias

Me van a llamar «feminazi» igual

Me van a llamar «feminazi» igual

Por María Florencia Alcaraz
19 de abril, 2026
0

Esta es mi carne (que será entregada siempre por ustedes)

Esta es mi carne (que será entregada siempre por ustedes)

Por Leyla Bechara
19 de abril, 2026
0

Realmente sos muy densa, hermana

Realmente sos muy densa, hermana

Por Danila Saiegh
19 de abril, 2026
0

«La motosierra no se detiene»: el Gobierno busca más ajustes en Discapacidad y Salud Mental

«La motosierra no se detiene»: el Gobierno busca más ajustes en Discapacidad y Salud Mental

Por La Pluma
18 de abril, 2026
0

Leiva sobre Villarruel candidata: «Es un invento de la derecha que no representa la soberanía»

Leiva sobre Villarruel candidata: «Es un invento de la derecha que no representa la soberanía»

Por Julián D 'Imperio
18 de abril, 2026
0

Categorias

  • Política
  • Mundo
  • Economía
  • Sociedad
  • PBA
  • CABA
  • Tema Libre
  • Opinión
La Pluma Diario

Secciones

  • Inicio
  • Política
  • Mundo
  • Economía
  • Sociedad
  • CABA
  • PBA
  • Tema Libre

Enlaces

  • Inicio
  • Nosotros
  • Newsletter
  • Comercial
  • Contacto
  • Política de privacidad

Newsletter

Suscribite a nuestro newsletter y conocé más sobre La Pluma

  • Nosotros
  • Comercial
  • Contacto

© 2026 La Pluma Diario 2026 - Todos los derechos reservados.

¡Bienvenido de nuevo!

Inicie sesión en su cuenta a continuación

¿Contraseña olvidada?

Recupera tu contraseña

Ingrese su nombre de usuario o dirección de correo electrónico para restablecer su contraseña.

Iniciar sesión
IR AL PORTAL

Agregar nueva lista de reproducción

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Inicio
  • Política
  • Mundo
  • Economía
    • Energia
    • Pymes
  • PBA
  • CABA
  • Sociedad
  • Tema Libre
  • Nosotros
  • Newsletter
  • Comercial
  • Contacto

© 2026 La Pluma Diario 2026 - Todos los derechos reservados.