¿»Feminazi»? ¿Yo? Sí. O sea, si me preguntás así, sin contexto, sí: soy feminazi. No es el término que elegiría para habitar el mundo. Preferiría algo más denso a nivel intelectual, más garpador en términos de Linkedin, hasta más justo te diría. Pero no tenemos agencia. Somos habladas por otro. Así, en masculino furioso.
“Feminazi” es el vocablo disponible hoy para nombrar a unas minas densas, con ganas de joder, que perdieron y no asumen la derrota. Es el nombre de un empecinamiento.
No se trata de una identidad, sino de una obstinación. Una insistencia que no conoce cansancio alguno en la historia en señalar unas injusticias bastante evidentes entre varones, particularmente blancos y heterosexuales, y el resto de la humanidad.
Feminazi no describe a nadie, es una estrategia discursiva que produce un enemigo imaginario: una cúpula de feministas rebosantes de poder capaces de subvertir todo lo sano y bueno de la vida. La operación feminazi es, también, una forma de correr la discusión del ámbito de los argumentos a la tierra de lo moralmente intolerable.
El nazismo no es cualquier referencia histórica: es el exterminio planificado con alevosía, extrema crueldad de millones de personas. Entonces si sos nazi, te mereces por lo menos la condena al ostracismo, no hay nada qué discutir. Si sos feminista, ahora, tampoco. Sos densa (ya lo dije, pero es que realmente sos muy densa, hermana), autoritaria, peligrosa, exagerada al punto de la irracionalidad, corrupta y mentirosa.
Recuerdo hace unos pocos años haber dedicado párrafos enteros a defender el uso de la «E». Explicaba que el lenguaje inclusivo no era una deformación caprichosa, sino un intento de hacer lugar allí donde hasta el momento solo habían habitado el pulcro y blanco castellano, las familias tipo, la propiedad privada impoluta, y las mujeres y hombres de bien.
Durante esos años verde-aborto decir “existe la desigualdad de género” funcionaba como una contraseña de inteligibilidad. Era un código que ordenaba la cotidianeidad, que permitía leer fenómenos complejos y producir sentido. Había, incluso, un cierto prestigio cultural en la deconstrucción. El lenguaje se sentía como un territorio de conquista donde podíamos nombrar lo invisible para que empezara a existir. Creíamos, con una ingenuidad cándida, que la lingüística podía ser un campo de batalla donde, por fin, ganar algo.
El lenguaje se sentía como un territorio de conquista donde podíamos nombrar lo invisible para que empezara a existir.
También recuerdo las defensas acaloradas por el castellano verdadero y correcto, defensores de la Real Academia Española desgarrándose las vestiduras. ¡Oh! ¡La lengua! Ese flotador de la distinción social que enloquece al punto de extranjerizar el cuerpo propio y en cuyo nombre se han desatado guerras.
Pero lo que subestimamos fue la fuerza de la reacción gramatical. Hoy la reacción conservadora de las derechas, eso que llamamos backlash, nos nombra de una forma que nos anula. Quien es llamada feminazi queda expulsada del país de la razón.
Es verdad que parcialmente perdimos cierta centralidad cultural que supimos construir, pero no porque las bases del feminismo hayan sido refutadas, más bien todo lo contrario. La realidad no deja de darnos la razón: las estadísticas de femicidios, la brecha salarial y la asimetría en las tareas de cuidado siguen ahí, impávidas. De hecho, si una se propone reducir el feminismo a su hipótesis más básica lo que queda es esto:
EXISTE UNA DESIGUALDAD ESTRUCTURAL ENTRE VARONES Y MUJERES
Y ESTARÍA BUENO CAMBIARLA.
Es realmente difícil objetar esta afirmación y llegar a la conclusión de que quienes sostenemos está posición política detentamos semejante volumen de poder y mucho menos que somos comparables con los autores del mayor horror de la historia de la civilización.
Me pregunto, sin una pizca de ironía, cuál será la fantasía de quienes nos proclaman feminazis. Aventuro los enunciados que comprenden ese imaginario:
- Se juntan en una baticueva todos los 13 del mes, eligen un hombre respetable para mancillar su honor y con la plata del Estado Nacional llevan adelante su plan.
- No usan corpiño. Nunca, ni con remeras de modal, su tela favorita.
- La movilizaciones a las que se autoconvocan son para pedir piercings para todas.
- Las lesbianas no existen, son solo un invento para molestar a sus pobres madres.
- Odian a los hombres ¡A todos! Porque en el secundario ninguno se enamoró de ellas
Cálmense que lo que pedimos es realmente poco: lo primero es que no nos maten. Hasta en eso les resulta impensable adherir, porque si lo hacen, si de pronto les cae la manzana de la inequidad genérica en la cabeza, el mundo, tal como se lo contaron sus padres en la infancia, se les desarma.
Feminazi no describe a nadie, es una estrategia discursiva que produce un enemigo imaginario. La operación feminazi es, también, una forma de correr la discusión del ámbito de los argumentos a la tierra de lo moralmente intolerable.
Reconocer la asimetría como lo que es, una arbitrariedad estructural, enajena lo más íntimo: esa normativa que organiza los cuerpos, con sus respectivas jerarquías.
Conscientes de cómo la victoria simbólica (y temporal) de las ultraderechas nos sueña ridículas, obsoletas y olvidadas salimos a la calle una y otra, y otra, y otra, y otra vez. Contra viento, marea y gobiernos fascistas. Insisto: no hay nada más potente, vital y conmovedor que la invitación a defender nuestras propias vidas.
Pesada, insoportable, arrogante, peleadora y feminazi.
Vengan de a uno.
DS/VDM






