Cuando me llegó la invitación para escribir sobre la palabra feminazi entré en un vaivén de dudas porque en el último tiempo debato conmigo misma dos o tres veces cada vez que me ofrecen posicionarme sobre algún tema que orbite alrededor de los feminismos y las violencias. Nadie me dijo feminazi en la vida cotidiana más allá de Internet, pero sí me han dicho “demasiado feminista” especialmente en el universo de la radio y la televisión. Lo recuerdo en boca de un colega que elogió mi trabajo pero que era demasiado feminista para acompañarlo en su programa como columnista. Un productor ejecutivo me dijo que era demasiado feminista para continuar en un proyecto en el que trabajaba.
Opto por surfear esta época eligiendo batallas. Pero muchas veces las agresiones o interpelaciones llegan aún cuando no se dice nada ni se es parte de la conversación. Hace poco, una tarde, mientras amasaba el pan que hago todas las semanas para el desayuno, el celular empezó a chillar con notificaciones en las que me insultaban por un tuit de 2019. Por eso, en medio de la vacilación, tomé la decisión de escribir. De todos modos, al menos en redes, me van a llamar feminazi igual y el demasiado feminismo debería sentirlo más como un orgullo que como un problema… Pero así las cosas.
Hace poco, una tarde, mientras amasaba el pan que hago todas las semanas para el desayuno, el celular empezó a chillar con notificaciones en las que me insultaban por un tuit de 2019.
No quiero “fetichizar la herida” ni imprimir una revictimización sobre mi identidad, porque el repliegue de las voces feministas en el panorama digital y mediático es una evidencia. Ya en 2022 el informe Violencia en línea por razones de género hacia mujeres con voz pública: impacto en la libertad de expresión, que entrevistó a periodistas y comunicadoras de 15 países de América Latina y el Caribe, advertía que el 80% de las entrevistadas había limitado su participación en las redes por los ataques. Un tercio cambió de puesto laboral a lugares menos visibles y expuestos: pasaron de firmar artículos o poner la cara a hacer tareas de producción. La cuarta parte había sido despedida o no le renovaron el contrato. La mitad tenía miedo de perder su trabajo.
Una se vuelve una especie de “mancha venenosa” cuando te atacan. Soy consciente de que vivo en una región en la que periodistas y defensores de derechos humanos son silenciados a punta de pistola por medio del secuestro, el crimen y la desaparición. Eso en Argentina no sucede. Pero la investigación Muteadas, impulsada por Amnistía Internacional en 2024, documentó que la mitad de las periodistas agredidas en redes, se autocensuran como un mecanismo de supervivencia.
Desde insultos, pasando por amenazas de violación y muerte, hasta llegar a ataques coordinados, campañas de desprestigio, despliegue de noticias falsas, hostigamiento y deepfakes. Sobre las formas de tecnoviolencia machista, los discursos de odio y la afectación a la libertad de expresión se han desarrollado múltiples informes, relevamientos, documentos, legislaciones, jurisprudencia que dan cuenta del estado de la cuestión.
La palabra feminazi es uno de los insultos que más se repiten en el despliegue de ataques. Una etiqueta contradictoria que funciona como stopword o conversation stopper, palabras de bloqueo que frenan y a la vez invalidan el argumento de la interlocutora sin necesidad de debatir el fondo del asunto del cual se está conversando. La etiqueta no busca refutar una idea, busca anular al sujeto que la emite.
Feminazi, para sorpresa de nadie, es un vocablo inventado en 1992 por un vocero republicano en los Estados Unidos. Rush Limbaugh, fallecido locutor de radio, la nombra en su libro Cómo deberían ser las cosas para comparar a las activistas por el derecho al aborto con el Holocausto. Según él, la feminazi es una «feminista radical cuyo objetivo es que haya la mayor cantidad de abortos posible». En 2020 el gobierno de Donald Trump le dio a Limbaugh la Medalla Presidencial de la Libertad, el reconocimiento más importante que puede recibir un civil en ese país.
En la última década, el término dejó de apuntar únicamente a las activistas por el derecho al aborto y pasó a usarse de forma genérica para atacar cualquier expresión feminista.
Según el Diccionario de Oxford del argot político, feminazi se refiere, de forma peyorativa, a «una feminista comprometida o a una mujer de voluntad fuerte». La Real Academia Española (RAE) no lo incluye en su diccionario pero respondió a su conceptualización, tras una consulta en Twitter en 2018: «La voz ‘feminazi‘ (acrónimo de «feminista»+»nazi) se utiliza con intención despectiva con el sentido de «feminista radicalizada».
De más está decir que feminismo y nazismo poco tienen que ver: el régimen responsable del Holocausto declaró al aborto como un crimen contra el Estado, persiguió a feministas públicas y hubo campos de concentración específicos para mujeres.
Feminazi y demasiado feminismo tienen bastante en común: sintetizan una especie de pedido de regulación, de alerta y autocensura con la que convivimos. ¿En qué pensamos las feministas cuando nos dicen feminazi en redes? Yo pienso que usan esa palabra porque ya no existe la brida de la regañona.
Feminazi y demasiado feminismo tienen bastante en común: sintetizan una especie de pedido de regulación, de alerta y autocensura con la que convivimos.
La brida de la regañona era un bozal de hierro que envolvía la cabeza y presionaba con una tenaza las bocas de las mujeres reñidoras, las chismosas, las que hablaban demasiado, las de lenguas filosas. Un instrumento de tortura, que se usaba en Inglaterra y Escocia en el siglo XVI y XVII, con un doble propósito: impedir la conversación y, a la vez, humillar públicamente.
Aunque también se implementaba contra varones que “alteraban el orden público”, la mayoría de las sometidas al castigo eran mujeres que continuaban con su vida social con esas máscaras de metal sin poder hablar, salivando y con heridas en sus encías. En algunos casos los modelos de bridas se extendían en una cadena sostenida por los maridos en el espacio público. En otros, tenían orejas o cuernos para ridiculizar aún más a la persona castigada. ¿Cuánto era hablar demasiado? ¿Cómo se medía la alteración del orden público?
La comparación es excesiva, sí, pero útil para contrastar los modos más atávicos, individuales y concretos con otras formas más contemporáneas, colectivas y un poco más inmateriales. Hoy, los mecanismos de silenciamiento que, muchas veces, disciplinan a las lenguas filosas ya no necesitan de un herrero que construya el casco y un marido que vigile la aplicación del castigo.
¿Qué se imaginan aquellos que nos dicen feminazis? Busco una explicación más contemporánea: le pido a Chat GPT que imagine un “mundo feminazi”.
“Puedo imaginarlo, pero es clave hacerlo con cuidado porque la propia idea de un mundo feminazi nace de una caricatura, no de una propuesta real. Si lo llevamos al terreno de la ficción, sería un mundo donde las relaciones de poder se invierten de forma extrema: las mujeres concentran toda la autoridad política, económica y simbólica, y los varones quedan relegados o subordinados. Las decisiones se toman sin perspectiva de igualdad sino desde una lógica de dominación, con normas rígidas sobre cómo deben comportarse unos y otras, y poco espacio para la disidencia. Ahora bien, eso no describe al feminismo. De hecho, ese tipo de mundo —jerárquico, excluyente, autoritario— es exactamente lo que muchas corrientes feministas critican. El feminismo, en sus distintas versiones, no busca cambiar quién domina, sino cuestionar la lógica misma de la dominación. Por eso la idea de “feminazi” funciona más como una distorsión: convierte un movimiento que apunta a la igualdad en una fantasía de opresión invertida. Sirve para generar miedo o rechazo, pero no para entender lo que realmente está en juego. Si te interesa, podemos pensar escenarios más interesantes: cómo sería un mundo con igualdad real —que no es lo mismo que invertir el poder— y qué tensiones aparecerían ahí”.
Hasta este chatbot de inteligencia artificial, atravesado por distintos sesgos algorítmicos que muchas veces reproducen estereotipos de género y discrimina, tuvo reparos. La IA se nutre de las huellas y disputas de sentidos que se dirimen en el territorio digital. Quizás hay algo que los feminismos, en su momento de mayor efervescencia, hicimos bien: transmitimos qué era el feminismo aunque muchos no pudieron o no quisieron escuchar ni entender.
Se nos pide regulación, se nos acusa de habernos pasado uno, dos, tres pueblos. Y quizás haya sido eso mismo lo que faltó en el momento de mayor efervescencia para transformarlo todo: radicalidad e imaginación política más allá de la denuncia y la demanda. Es que ese pueblo del que muchas veces nos acusan de habernos pasado, no existe. Necesitamos imaginarlo.
MFA/VDM





