Argentina. Nuestro país que invisibiliza a los negros y a los marrones detrás del mito de que «los argentinos bajamos de los barcos», mientras oculta que negros e indígenas tuvieron una participación importante en su historia, que la siguen teniendo hoy.
Nuestro país, donde la clase media o alta, en su mayoría, es blanca.
Nuestro país, donde ya en el siglo XIX el término «Negro» se desplazaba de las personas afroamericanas a los pobres y a los descendientes de indígenas como expresión discriminatoria.
Nuestro país, signado por la música del tango que viene de los negros.
Nuestro país, donde a pesar de que María Remedios del Valle está en el billete de diez mil pesos no la reconocemos como la Madre de la Patria que fue.
Nuestro país, que durante Mundial de Qatar fue señalado por no tener jugadores negros (y no recuerdo haber escuchado sobre cómo a los negros los mandaron, a lo carne de cañón, a la Guerra de la Triple Alianza; o cómo expulsaron a los sobrevivientes en barcazas hacia Uruguay).
Nuestro país, que hace un mes votó en contra de la declaración de Naciones Unidas, que considera a la trata transatlántica de esclavos como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia.
“¿Dónde están los negros?”, preguntó Ali y Rucci respondió: “Muhammad, no te confundas. Acá los negros somos nosotros”.
Nuestro país, en el que la policía pide o no el DNI de acuerdo al color de piel.
Nuestro país, que en 1971 recibió al campeón mundial de peso pesado Muhammad Ali, quien terminó en un asado en Lanús invitado por el líder sindical José Ignacio Rucci; y, mientras salvaban la distancia entre la Capital Federal y el conurbano, el boxeador afroamericano le preguntó: “¿Dónde están los negros?” y Rucci respondió: “Muhammad, no te confundas. Acá los negros somos nosotros”.
A mí me gustan las cosas negras
Cuando era chico mis padres, que habían vivido en Estados Unidos, me contaron que allá había una palabra que no se podía decir: nigger. Era una palabra prohibida por ofensiva. Al mismo tiempo, en mi círculo de amigos rosarinos había quienes se referían a los pobres argentinos como negros, e incluso llegaban a decir que eran negros “de alma”.
Decimos negro al trabajo informal, al dinero que está fuera del sistema. Al futuro si nos ponemos pesimistas; negro es un pasado condenable, la caída bursátil; negro es un gato de la mala suerte cruzando una calle; o incorrecto, cuando se trata de cierto humor.
Y a mí me gustan las cosas negras: el invierno, la noche, las sombras, mi espalda, los caramelos Media Hora, el candombe, las letras negras sobre hojas blancas que forman la palabra negro o el tono dulce con el que mi madre me llama: “Negru”. De chico no entendía por qué esa palabra, cariñosa para mí, podía significar a veces algo malo.
La lengua desatada
En agosto, cuando Javier Milei recorrió Lomas de Zamora en la previa de las elecciones bonaerenses vecinas de la zona denunciaron haber sido agredidas, desde la camioneta en la que iba la caravana del presidente, con la expresión: negros de mierda.
No es que yo recordaba este suceso sino que estaba seguro de que si buscaba en Google la palabra Milei junto con el término negros me iba a encontrar con alguna situación de racismo.
Sin pretender ahondar en la estética de la violencia y la supremacía que pregona el actual mandatario argentino, me interesa en cambio pensar el modo en que la llegada de Milei al Poder desató el lenguaje y sentó las bases para que la discusión se dé apelando a palabras que, si bien no estaban prohibidas, se encontraban teñidas de prejuicios, o mal vistas desde los consensos éticos precedentes.
Decimos «negro» al trabajo informal, al dinero que está fuera del sistema. Al futuro si nos ponemos pesimistas; negro es un pasado condenable, la caída bursátil…
Esta liberación del lenguaje hace que aquello que era hasta cierto punto permitido en el plano de lo íntimo, o de determinados círculos, ahora pueda ser dicho públicamente. En lugar de hablar con temor a herir susceptibilidades, ahora está de moda expresarse desfachatadamente.
Aunque esa apertura no es gratuita ni pareja: hay quienes no pueden permitirse celebrar que ahora se pueda decir cualquier cosa, porque para ellos las palabras siempre tuvieron consecuencias físicas.
Sin ir más lejos en estos días la ciudad de Rosario se vio conmocionada por el femicidio de Sophia Civarelli perpetrado por Valentín Alcida, quien escribía habitualmente en sus redes mensajes como éste: “Las feministas, los zurdos, los negros villeros y los bolitas es lo peor de nuestro país. Votar con odio está bien”. No se trata de un caso aislado.
Si a algo llevó su tan mentada libertad Javier Milei es al lenguaje. En una suerte de liberación siniestra. Podríamos decir que el lenguaje se volvió más sucio. Podríamos preguntarnos por qué era tan endeble la contención que mantenía lo reprimido fuera de lo aceptable, quizá entonces aprendamos con qué materiales construir un nuevo lenguaje, pero esta vez hecho más de contenido que de forma.
Lo cierto es que el monstruo retornó desaforado, como si aquello que antes era sólo una cualidad del llamado humor negro se hubiera instalado ahora en todos los ámbitos, pero son chistes de los cuales se ríen solamente los que los hacen. Es imposible predecir cuál será la próxima frontera que los hablantes romperemos o cuáles serán los próximos cuerpos en los que los discursos de odio se harán carne.
Locura y negritud
Lo que sí estoy seguro es que ese uso del lenguaje que hace el presidente se le volvió en su contra en las redes y en la calle: él, que dijo orcos infumables, inspirado por Mauricio Macri; que dijo soviético ocupante del Kremlin, como si fuera un verso de los redondos; que dijo chilindrina troska sin lograr superar aquel mítico gatito mimoso; que dijo chatarrín de los tubitos caros ya con un tono más infantil, como si no se animara del todo a ofender al dueño de Techint; que dijo casta, palabra que logró instalar en todos los sectores de la sociedad argentina; él terminó siendo blanco de su propio accionar. Y en ciertos círculos más o menos educados es continuamente llamado loco, demente, desequilibrado, medicado e, incluso, esquizofrénico.
Si bien existe una genealogía de opresión específica hacia las personas negras, es posible (sin dejar de notar la distancia que hay con la estigmatización hacia los locos) pensar por un momento un paralelismo entre la negritud y la locura como dos discursos vetados. (Loco otra palabra que puede ser insulto o apodo cariñoso).
Como usuario de salud mental me molesta un poco esa crítica a Milei por su conducta en apariencia demente. No tiene nada de malo tener esquizofrenia, bipolaridad o tomar medicación psiquiátrica. El mismo mecanismo puede operar con quienes son llamados negros. ¿Cómo soportar ser encasillado del lado del mal por una característica física o mental?
Cuando estuve internado por una crisis maníaca me visitó mi madre. Recuerdo que en aquella conversación cuando ella me llamó negro yo me ofendí y se lo reclamé. Le dije que me molestaba mucho que me llamara así. En aquel encierro la palabra llegó con todo el peso externo de lo malo y yo, que ya me sentía malo por ser loco, no estaba dispuesto a soportar otra categorización negativa.
Dice Lacan que un psicótico no distingue las metáforas. No sé si estoy muy de acuerdo, pero en todo caso en ese momento cuando mi madre me nombró con ese apodo, que habrá usado innumerables veces, sentí como si me estuviera diciendo algo negativo. Ella me dijo que era cariñoso. “No para mí”, le respondí seco.
En aquel encierro la palabra llegó con todo el peso externo de lo malo y yo, que ya me sentía malo por ser loco, no estaba dispuesto a soportar otra categorización negativa.
Ahora cuando me llama Negru me resulta tierno. Es un giro interesante del lenguaje que las mismas palabras que ofenden pueden transformarse en autopercepción identitaria. Porque como dijo Barack Obama, no ser racista “no se trata sólo de ser educado y no decir la palabra nigger en público”. Es así como los raperos se apropiaron de esa palabra o los de izquierda en Argentina nos apropiamos del insulto zurdo.
Negru, negros, negritos, cabecitas negras
Mientras escribo este texto se difunde el video hecho con IA del armador político de La Libertad Avanza, Sebastián Pareja, publicado por la flamante diputada Lilia Lemoine en el que éste pide disculpas “por haber llenado el partido de negros”.
Al parecer, hoy en día lo negro acecha con el mismo temor antiguo con que desde hace muchos años viene acechando a los sectores dominantes. Como cuando a los partidarios de Yrigoyen se los refería despectivamente como negros y a él como el líder de los negritos. O luego, en el primer peronismo, cuando las clases acomodadas temían el ascenso de los cabecitas negras, una expresión que luego los sectores populares resignificarían.
¿Cuánto tarda un insulto en ser bandera? Mientras la comitiva del presidente Milei gritaba negros de mierda a las vecinas de Lomas de Zamora, acaso alguien les respondió: negros de alma. Pensándolo bien, a mí me gustaría tener el alma negra. Me gusta imaginar mi alma negra, con el sabor anisado de los caramelos Media Hora. Esos caramelos que había siempre en la casa de mi madre. Esa madre que me llama: Negru.
CK/VDM






