Mientras el Gobierno de Javier Milei sostiene el rumbo de apertura comercial y consolidación del perfil exportador de la economía, el mercado cárnico comienza a mostrar un fenómeno inusual para la historia productiva argentina: las importaciones de carne no solo alcanzan niveles récord, sino que además aceleran su crecimiento mes a mes.
En mayo de 2026 ingresaron al país 14.900 toneladas de carne vacuna, aviar y porcina, de acuerdo con información publicada por el diputado nacional por la provincia de Entre Ríos, Guillermo Michel. Es el volumen mensual más alto de la serie reciente. En ese sentido, el dato refleja un aumento del 10,9% respecto de abril y consolida una tendencia ascendente que se viene profundizando en el segundo trimestre del año.
El crecimiento se explica principalmente por dos rubros. La carne vacuna registró 3.400 toneladas importadas, un salto del 35,9% respecto de abril, mientras que la carne aviar alcanzó 5.600 toneladas, con un incremento del 14,6%. En contraste, la carne porcina mostró una leve caída de 2,4%, aunque se mantiene en niveles elevados con 5.900 toneladas.

El salto de mayo no es un fenómeno aislado. En abril las importaciones totales habían alcanzado 13.433 toneladas, lo que ya representaba un récord mensual. En apenas dos meses, entre marzo y mayo, el ingreso de carne del exterior creció aproximadamente un 22%, pasando de unas 12.200 toneladas estimadas en marzo a casi 15.000 en mayo.
Detrás de esta dinámica aparece un factor central señalado por distintos analistas del sector: la apreciación del tipo de cambio real. La mejora relativa del peso frente a las monedas regionales volvió más competitiva la carne importada, especialmente la proveniente de Brasil, que se consolida como principal proveedor del mercado argentino.
Preocupa la caída en el consumo interno
El fenómeno contrasta con la evolución del mercado interno. Según estimaciones del Instituto para el Desarrollo Agroindustrial Argentino (IDAA), el consumo de carne vacuna continúa en retroceso y se ubica en niveles históricamente bajos, en torno a los 47 kilos por habitante anualizado, uno de los registros más débiles de las últimas dos décadas.
En paralelo, la producción local muestra señales de estancamiento o caída en algunos segmentos, mientras que las exportaciones continúan creciendo, impulsadas precisamente por la menor demanda interna. Este reordenamiento del mercado genera un efecto combinado: menos consumo doméstico y mayor espacio para el ingreso de carne extranjera.
Aunque las importaciones aún representan una porción marginal del mercado total, su crecimiento comienza a ser significativo en términos de tendencia. En lo que va del año, el ingreso de carne vacuna importada se mantiene por debajo del 2% del consumo interno, pero con una trayectoria ascendente que enciende alertas dentro de la cadena productiva.

El dato adquiere mayor relevancia en el contexto del discurso oficial. Mientras el Gobierno enfatiza la eficiencia del nuevo esquema económico y la necesidad de mayor competencia externa, sectores de la producción advierten que el atraso cambiario podría estar generando un efecto no deseado: la sustitución parcial de producción local por importaciones incluso en un sector históricamente competitivo como el cárnico.
La paradoja se profundiza en un país que sigue siendo uno de los principales exportadores mundiales de carne, pero que al mismo tiempo comienza a incorporar volúmenes crecientes de producto importado en su mercado interno, en un escenario de caída del consumo y reconfiguración de la cadena de valor.
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