A poco más de un año para las elecciones presidenciales, el Gobierno de Javier Milei enfrenta una serie de tensiones que ponen a prueba los pilares de su programa económico. La promesa de estabilización todavía convive con un riesgo país elevado, dificultades para fortalecer las reservas internacionales y una inflación que no consigue perforar de manera sostenida el piso del 2% mensual. A ese escenario se suma la incertidumbre política en Brasil, un socio comercial clave para la Argentina.
Los cuatro frentes tienen dinámicas diferentes, pero comparten un problema de fondo: la estabilidad que busca consolidar el Gobierno todavía depende de variables financieras y cambiarias que no terminan de despejar las dudas sobre la sustentabilidad del modelo. En el mercado, las expectativas siguen condicionadas por la capacidad de conseguir dólares, afrontar los vencimientos de deuda y sostener la desaceleración de los precios.
La proximidad de las elecciones de 2027 agrega presión. Con el calendario electoral cada vez más cerca, el oficialismo necesita mostrar resultados que vayan más allá del equilibrio fiscal y la desaceleración inicial de la inflación, especialmente en un contexto en el que el financiamiento continúa siendo costoso y la economía enfrenta restricciones externas.
El riesgo país vuelve a exponer las dudas del mercado
Luego del entusiasmo por la victoria de Flávio Bolsonaro en primera rueda que repercutió en una caída del riesgo país por debajo de los 600 puntos básico, el índice de confianza del país volvió a exhibir sus dudas en el modelo mileista con nueva alzas. Al viernes 9 de octubre, el indicador elaborado por JP Morgan alcanzaba los 590 puntos, mientras que las acciones argentinas que cotizan en Wall Street operaban alternando retrocesos y subas. El índice S&P Merval también retrocedió, tanto en pesos como en dólares.
El movimiento refleja que los avances macroeconómicos no alcanzan, por sí solos, para convencer a los inversores de que la Argentina puede normalizar su acceso al crédito. Entre los factores que condicionan los activos locales aparecen la volatilidad financiera internacional, las tasas de los bonos estadounidenses, la evolución del petróleo y las dudas sobre la capacidad del Gobierno para garantizar los próximos compromisos de deuda.

El BCRA compra dólares, pero no logra retenerlos al mismo ritmo
La acumulación de reservas es otro de los puntos sensibles del programa económico. Después de un septiembre con compras por apenas US$ 473 millones, el Banco Central aceleró sus intervenciones en el mercado cambiario durante los primeros días de octubre. Sin embargo, comprar divisas no equivale necesariamente a acumularlas.
En ese sentido, el BCRA compró más de US$ 14.700 millones en lo que va del año, pero la acumulación neta estimada por la consultora Analytica se ubicó en US$ 8.760 millones al descontar distintos movimientos del Tesoro, los pagos de Bopreal y otras operaciones financieras.
La diferencia expone una de las principales debilidades del esquema: la autoridad monetaria puede comprar dólares en el mercado, pero enfrenta dificultades para convertir esas adquisiciones en un aumento equivalente de las reservas disponibles.
A esa dinámica se suma una demanda privada que presiona sobre la oferta de divisas. En agosto, las personas humanas realizaron compras netas de moneda extranjera por US$ 3.366 millones, mientras que las empresas remitieron cerca de US$ 4.000 millones al exterior en concepto de dividendos y utilidades durante los primeros nueve meses de 2026, de acuerdo con los datos difundidos por el BCRA.
Esos movimientos no son equivalentes: una parte de los dólares comprados por particulares permanece en depósitos bancarios y las remesas empresariales responden a operaciones habilitadas por el propio régimen cambiario. Pero, desde la perspectiva de las reservas, todos forman parte de una competencia por las divisas disponibles.
La apertura cambiaria facilita el acceso al mercado, pero no genera dólares por sí misma. El desafío consiste en sostener simultáneamente la demanda de particulares, los pagos de importaciones, los compromisos financieros y los giros de utilidades sin resignar reservas.
Más allá de las declaraciones del ministro Caputo sobre la preparación que se lleva adelante para prevenir una crisis económica en caso de que se pierdan las elecciones, la dificultad para acumular un colchón robusto de divisas también limita la capacidad del Gobierno para actuar. Es una vulnerabilidad que adquiere mayor relevancia a medida que se acerca el año electoral.

La inflación no termina de perforar el piso del 2%
El tercer frente es la desinflación. El índice de precios al consumidor registró un aumento del 1,7% en agosto, el menor en 14 meses, y el Gobierno presentó ese resultado como una señal de que el programa económico avanzaba hacia una inflación cada vez más baja.
Sin embargo, las estimaciones privadas para septiembre volvieron a mostrar una aceleración. De acuerdo con los análisis de las consultoras privadas, en los próximos meses el IPC se ubicará entre el 1,8% y el 2,1%, impulsadas por los alimentos, los combustibles y los servicios regulados.
Aunque esas cifras son estimaciones y no reemplazan el dato oficial del INDEC, anticipan que la inflación podría encontrar dificultades para seguir bajando al ritmo que espera el Gobierno.
El problema no es solamente que los precios continúen aumentando, sino que el proceso de desinflación enfrenta un piso persistente. Los ajustes de tarifas y otros precios regulados, junto con los incrementos en alimentos y servicios, dificultan una desaceleración más pronunciada.
La distancia también aparece al comparar las proyecciones privadas con las metas oficiales. Para cumplir con la inflación anual del 29% prevista en el Presupuesto 2027 para el cierre de 2026, el ritmo mensual debería moderarse durante el último tramo del año. De acuerdo con los cálculos citados por La Pluma Diario, el promedio entre septiembre y diciembre debería rondar el 1,6%.

Brasil suma incertidumbre en un año decisivo
El escenario regional agrega otro factor de riesgo. Flávio Bolsonaro se impuso en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, celebrada el 4 de octubre, pero deberá disputar el balotaje con Luiz Inácio Lula da Silva el próximo 25 de octubre.
El resultado abrió expectativas en los mercados y contribuyó inicialmente a mejorar el clima financiero para los activos argentinos. Sin embargo, el rebote duró poco: el riesgo país volvió a subir y las acciones locales registraron retrocesos, una señal de que el efecto político brasileño no alcanza para revertir las dudas de fondo sobre la economía argentina.
La elección importa por algo más que la afinidad ideológica entre dirigentes. Brasil es un socio comercial central y el rumbo de su economía puede incidir sobre las exportaciones argentinas, la competitividad industrial y las decisiones de inversión. La evolución del real, las tasas de interés y el crecimiento brasileño son variables relevantes para la actividad local.
Para Milei, una victoria de Bolsonaro podría reforzar la sintonía política regional, pero eso no garantiza beneficios económicos automáticos. Si Brasil crece menos, cambia su política fiscal o registra movimientos cambiarios que afecten la competitividad, la Argentina también podría enfrentar consecuencias negativas.

El desafío de Milei más allá del equilibrio fiscal
Los cuatro frentes muestran que el principal desafío del Gobierno no pasa únicamente por sostener el superávit fiscal, sino por consolidar una estabilidad que resista las presiones cambiarias, financieras y de precios.
El riesgo país elevado dificulta el regreso al financiamiento internacional; la limitada acumulación de reservas deja menos margen ante una eventual crisis; la inflación persistente demora la consolidación de una mejora en el poder adquisitivo; y Brasil agrega incertidumbre sobre una de las principales fuentes de demanda externa para la producción argentina.
A un año de las elecciones presidenciales, el oficialismo necesita demostrar que su programa puede traducirse en una economía menos vulnerable y no solamente en indicadores fiscales ordenados. Desde el oficialismo afirman y reaseguran que el año que viene la economía no será una problemática a la hora encarar la votación, sin embrago, los datos económicos muestran que una realidad distinta con menos generación de empleo, menos producción, un riesgo país alto y una inflación que no termina de controlarse. Quedará por ver cuál es el relato que prevalece.
RM/EO










