Hace casi un año, cuando la Argentina se encaminaba a la elección legislativa en medio de una crisis cambiaria, el rol sin precedentes de EE.UU. como rescatista del oficialismo abrió un debate sobre el sentimiento nacional. ¿Seguía siendo la Argentina el país de la región con los mayores niveles de rechazo hacia los Estados Unidos y su injerencia? ¿O empezaba a primar la idea de «y bueno, si esto no tiene solución, la ayuda del país del norte nos puede sacar adelante»?
Por aquellos días, mientras en plena campaña el peronismo exploraba una reedición de la consigna «Braden o Perón», una encuesta de la consultora Zubán-Córdoba ratificaba que la Argentina “es un país de mayoritario sentimiento anti-norteamericano”. Sobre 1900 casos, el sondeo arrojaba que el 62% de los argentinos se siente “lejano” de EEUU y de Donald Trump. Como era esperable, el vínculo estrecho entre Javier Milei y Trump no generaba rechazo entre los votantes libertarios y sí entre los peronistas. La historia, luego, es conocida. Con este escenario y ante el temor a un lunes negro, LLA ganaba las elecciones legislativas a nivel nacional por amplia mayoría.
Sin embargo, un testeo de la misma consultora sobre las consignas políticas mostraba que una en particular tenía entonces una pregnancia mayoritaria: «La Patria no se vende». Más del 70% de los consultados adhería a esa bandera.
Casi un año después, ese sentimiento se puso en acción. El gobierno intentó avanzar con una ley que habilitaba la venta de tierras a extranjeros casi sin límite alguno y obtuvo una derrota en todos los planos. Fue simbólica, cultural y real. Diecisiete modificaciones al proyecto y cinco intentos de tratamiento en el recinto desgastaron la relación con los aliados y le dieron a la oposición el tiempo que necesitaba para dar publicidad al saqueo que se venía. Y a la irreversibilidad si la norma avanzaba. Tierra vendida, tierra que se perdía.
Así fue que llegó el Efecto Tini. Cuando la cantante con más de 22 millones de seguidores posteó, justamente, «La Patria no se vende», el gobierno supo que había perdido la batalla. La cultural y, en consecuencia, la de los votos.

Como un castillo de naipes comenzaron a caerse uno a uno los aliados de siempre, al compás de las manifestaciones públicas de personas que piensan distinto en casi todo, pero coincidieron en rechazar la ley a la que hasta le arrebataron el nombre de maquillaje que el oficialismo había querido imponer. Desde Diego Leuco, hasta el like de la primera dama Antonella Rocuzzo a una publicación que rechazaba la norma.
La conclusión es evidente pero necesaria de resaltar en tiempo de indiferencia colectiva. Dar los debates siempre, aunque se crean perdidos; movilización popular y rosca subterránea para convencer. Así, hasta se cayeron los cambios en la ley de manejo del fuego y La Libertad Avanza debió conformarse sólo con la media sanción de los desalojos express y la flexibilización para las expropiaciones por parte del Estado. Una ley mutilada y sin su corazón, que ahora tendrá destino incierto en Diputados.
Los pases de factura dentro del oficialismo no tardaron en llegar. Y los derrotados tienen nombre y apellido impreso en la interna libertaria. Federico Sturzenegger, Patricia Bullrich y hasta la ligó el Diego Santilli, a quien le señalan que se le escaparon los gobernadores aliados.

La derrota
Un estudio de la consultora QSocial evidenció antes de la votación la derrota que el oficialismo ya sufría en su propio territorio, el de la conversación digital.
Lo primero que perdió el gobierno fue la batalla por el nombre. Nadie hablaba de «Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada» y se imponía el título «Ley de Tierras». Las organizaciones y los sectores de la oposición ganaron en este punto -que fue clave para la discusión pública- por una razón fundamental: el oficialismo no tuvo voceros contundentes que salieran a defender lo que a todas luces era indefendible y eligió como estrategia intentar que la polémica norma pasara por debajo del radar. No funcionó.
El análisis de QSocial «sobre 2.786 publicaciones y más de 3 millones de interacciones reveló que la denominación oficial «Inviolabilidad de la Propiedad Privada» apenas generaba el 0,9% del debate digital, mientras «ley de tierras» dominaba las búsquedas en las 24 provincias».
En los buscadores, «ley de tierras» dominaba el interés en el 100% de las provincias, con valores del 71% al 100%. El término oficial no superaba el 22% en ningún distrito y se desvanecía por completo en Santa Cruz, La Rioja, Formosa y Catamarca, señalaba el informe.
Lo sustancial, además, estuvo en la curva de interés ciudadano sobre la temática. La conversación politizada tuvo su pico entre el 28 y 31 de julio con más de 700 mil interacciones. Pero se desató como un tsunami el interés informativo de la ciudadanía en general el 3 de agosto, dos días antes de la votación y de la movilización. En ese momento se masificó.
Antes, el oficialismo ya había empezado a perder el manejo de la agenda y el fondo del debate con la difusión por parte de muchos medios de comunicación (entre ellos La Pluma, en esta nota de Alan Longy del domingo pasado) del informe del Observatorio de Tierras de la UBA que mostraba que en 36 departamentos la extranjerización de la tierra ya excede el 15%.
Luego, lo conocido. El partido de fútbol que no fue solo un partido de fútbol, las Malvinas que son argentinas y una bandera que se revitalizó en todos los sentidos y una fibra del sentimiento nacional que parecía perdida o dormida y, sin embargo, estaba ahí esperando, latente. Como un anticuerpo para el virus vendepatria, que muta todas las veces que puede. Solo que esta vez, ganó la inmunidad de rebaño.
SC










