«Aquí basura inmunda mintiendo de nuevo».
La frase brotó de los parlantes de la radio del auto. Eran las ocho de la mañana de un día más de rutina a las corridas para no llegar tarde a la escuela y al jardín. En el asiento de atrás iban mis dos hijos. El más chiquito, con sus divertidos y terribles tres años, está en modo fan camiones de basura. Después de escuchar la voz que reproducía aquellas palabras lanzó: «Mamá! El señor dijo basura!«. Casi largo la carcajada por la salida inesperada y la evidente confusión, pero me contuve. Todavía dormida y con el café con leche en la garganta, mi cabeza empezó a intentar activarse y elaborar algún tipo de respuesta en tiempo récord, cuando mi otro hijo, que tiene ocho años, me ganó de mano. En un segundo le arrojó la cruda respuesta a su hermano menor: «no está hablando de los camiones de basura, es Milei, el presidente, que insulta a la gente».
Nunca más la radio con programas de noticias en el auto, pensé inmediatamente. A partir de mañana, música. Pero después me di cuenta que el escudo protector que su mamá periodista podría ofrecerles sería muy débil. Y aunque trabajara de cualquier otra cosa ¿Cómo se hace para cuidar a las infancias de un clima tan hostil, provocado por el propio presidente de la Nación? ¿Cómo se evita el derrame del odio en la vida cotidiana, cuando los agravios, los gritos y los insultos son promovidos desde lo más alto del poder y emanados a la sociedad toda? ¿Cómo le enseño a mis hijos que insultar, discriminar, odiar está mal si el presidente de la Nación es el primero que insulta, discrimina y odia a los gritos?
La doble moral como política de Estado
En la entrevista que dio el pasado jueves desde (cuándo no) EE.UU. Milei dijo sobre Manuel Adorni: «Ni en pedo se va. ¿A ustedes les parece justo ejecutar a una persona honesta?» La respuesta sería lógicamente que no. Que no sería justo ejecutar a alguien honesto. Y, si vamos a la literalidad -porque la elección de las palabras siempre es importante- no sería justo ejecutar a nadie bajo ninguna circunstancia.
El problema es que el presidente hace eso todo el tiempo con todo aquel que no piense como él, que se anime a hacer una crítica por más mínima que sea o que, simplemente, no le resulte de su agrado en ese momento. Milei ejecuta gente honesta todos los días por televisión, en X, en Instagram o en un discurso. Milei ejecuta gente honesta a la que considera enemiga, corrupta o «basura inmunda», aunque cinco minutos atrás hayan sido los mejores de la historia del mundo mundial. El 95% de los periodistas, Lali Espósito, un niño autista, Domingo Cavallo, los empresaurios y sigue la lista. La doble moral como política de Estado es enloquecedora. El clima insalubre en el que está viviendo la sociedad argentina se imparte desde lo más alto del poder y pareciera no encontrar freno inhibitorio.
El jefe de Gabinete de Ministros está acusado de corrupción y Milei no solo no lo suelta, sino que dobla la apuesta y se enoja y vuelve a insultar. Todos están equivocados menos él. Es un presidente que no escucha –dicen que ni los más cercanos si quiera se animan a susurrarle el problema en cascada que Adorni está provocándole al gobierno– lo cual atenta contra el buen ejercicio de cualquier gestión. Los presidentes tienen que escuchar. Evaluar, pensar, repensar, asesorarse, decir no sé, qué hacemos con esto. Por el contrario, Milei se rodea de un círculo cada vez más chico que le dice a todo que sí, no escucha consejos, se muestra dogmático y cada día más desencajado en sus apariciones públicas.

El laberinto
El gobierno está en un laberinto hace dos meses. Más sostiene a Adorni, más costo político paga, más difícil se torna su salida. Un exfuncionario que supo tener mucho poder y experiencia de gestión, consultado por La Pluma sobre qué hubiera hecho en lugar de Milei, respondió: yo nunca hubiera dejado crecer el tema a estos niveles. No sé qué haría en esta instancia porque yo nunca hubiera permitido llegar a esta instancia. Y es que la anomalía es total. El experimento del león, valido de las peores y más tradicionales prácticas de la política, al mismo tiempo rompe todos los manuales. No hay normalidad -si es que vale la palabra- en casi ningún casillero del juego libertario. Entonces, la Argentina toda baila al compás del desmadre y la tensión permanente. El clima político es irrespirable.
Y, mientras tanto, seis cuadras de cola durante horas bajo la lluvia en un frigorífico del Oeste del conurbano para conseguir un puesto de trabajo. El clima social con la crisis económica que Milei no quiere ver también se tornó asfixiante para la mayoría de las familias. Gran parte de las y los argentinos no sólo tienen la angustia de no llegar a fin de mes, sino que además son sometidos a escuchar al Jefe de Estado insultar a los gritos, enojarse y destilar odio, en lugar de darles una solución a sus problemas.
El punto es que, mientras el Adornigate se dilata in aeternum hay un gobierno paralizado. Sin gestión, salvo respecto de algunas privatizaciones y licitaciones polémicas, porque que nunca se detengan los negocios y los negociados. Pero, mientras el Adornazo avanza, las personas con discapacidad siguen viendo cómo se desmorona el sistema de apoyos; las y los jubilados siguen eligiendo entre comprar remedios y comer; las universidades sin presupuesto y sus hospitales en riesgo por al falta de recursos; docentes de casi todas las provincias sin respuesta a sus reclamos salariales; los bondis con menos frecuencia y tarifas más altas; etc. etc. etc.
Si Javier y Karina Milei soltaran a Adorni podrían seguir adelante, dar vuelta la página y dedicarse a resolver estos y otros problemas. Porque seguro, segurísimo que es lo que más les preocupa a los hermanos gobernantes. Mejorar la vida de la gente. ¿No?
SC






