Ignacio Lorenzini estaba en la cama cuando la tierra empezó a temblar. El despertador sonó a las 7.30 y se quedó recostado unos minutos más, como estirando el inicio de la semana. Pero ese lunes, cuatro minutos después de escuchar la alarma, lo despabiló un crujido que venía desde abajo y que hacía mover todo: las sillas, las mesas, los espejos, el televisor. Todo. “Pensé que se partía el piso y me caía”, cuenta el joven argentino que vive en Cali, una de las zonas más afectadas por el terremoto de magnitud 7.4 que lunes azotó a Colombia.
Hace cinco meses que Ignacio vive en el oeste de Cali, una de las ciudades del Eje Cafetero que fue afectada por el terremoto junto a Pereira, Manizales, Quibdó y Buenaventura. “Empezó a temblar todo de una forma violenta. Se caía absolutamente todo, llegué a sostener el televisor y otra cosa. Pensé que se partía el edificio en dos”, dice Ignacio, que nunca había vivido una situación similar en Argentina antes de irse a Colombia por trabajo. Fueron más de 60 segundos de temblor y de incertidumbre.
“Por la cuestión emocional del momento pensé que un minuto era imposible, después vi los reportes que fue realmente un minuto, un minuto diez”, contó.
Lo que vino después fueron las decenas de edificios derrumbados y las víctimas fatales: anoche contaban 241 muertos, más de 1.300 heridos y alrededor de 2.000 desaparecidos. “Hay millones de voluntarios tratando de ayudar, tratando de mover los escombros. Todas las empresas, incluso algunas están dando días de asueto en estas semanas como para ayudar a recomponerse”, comenta Ignacio en diálogo con La Pluma.

Tal como contó este diario, se arman cadenas humanas para sacar los restos del edificio, con picos y herramientas básicas. Al grito de «silencio», todo se detiene en busca de señales de vida de los atrapados. «Mi ilusión es encontrar a alguien con vida, hacer lo más que se pueda», dijo Kevin Restrepo a AFP en Pereira, la ciudad más golpeada. «Es horrible. Todo el mundo está poniendo de su parte, no importa que ya haya caído la noche», agregó.
A los rescatistas profesionales se les suman vecinos y vecinas en la búsqueda desesperada de personas con vida debajo de las edificaciones quebradas. “Se suma todo el tiempo gente. Están pidiendo brazos para ayudar, no solo desde el Estado sino muchas asociaciones civiles. Lo que se escucha es que hay una zona que es muy afectada, en el Sur, donde las construcciones son anteriores al año 84, cuando se empezó a reglamentar la norma sísmica. En el Oeste o el Norte, se construyó arriba de roca y resistieron más”, explica.
Los daños materiales se diluyen frente a las pérdidas humanas. “Emocionalmente la ciudad está quebrada, no solo a aquellos que les ocurrió de cerca, sino a todos los otros. Es una ciudad con una historia sísmica muy grande, pero nunca de esta naturaleza. Si bien ha habido terremotos en Armenia o de Popayán, en los últimos 25 años, no pasó algo así, tan fuerte en Cali”, agrega Ignacio.
Hay una zona que es muy afectada, en el Sur, donde las construcciones son anteriores al año 84, cuando se empezó a reglamentar la norma sísmica. En el Oeste o el Norte, se construyó arriba de roca y resistieron más.
En Cali se combina la búsqueda de sobrevivientes con el retorno a la vida cotidiana en las zonas que no fueron afectadas. En las calles se ven edificios partidos, escombros y gente arriba trabajando desesperadamente.
CDB / VDM










