La llegada de Peter Thiel a Argentina no debería interpretarse únicamente como el desembarco de un multimillonario en busca de oportunidades de inversión. El fundador de PayPal, principal accionista de Palantir y uno de los empresarios más influyentes de Silicon Valley representa algo más profundo: la convergencia entre el proyecto político de Javier Milei y una corriente de pensamiento que desde hace décadas promueve la reducción radical del Estado, la desregulación económica y la creación de nuevos espacios de poder por fuera de las instituciones tradicionales.
Durante los últimos meses, el Gobierno avanzó con una batería de iniciativas que permiten entender por qué Thiel eligió Buenos Aires como uno de sus nuevos centros de operaciones. La reforma de las normas de propiedad privada, los cambios en el derecho societario, los beneficios extraordinarios para grandes inversiones y el nuevo régimen para la inteligencia artificial forman parte de una misma arquitectura institucional: convertir a la Argentina en uno de los territorios más amigables del planeta para el capital global y las empresas tecnológicas.
La primera pieza es el fortalecimiento extremo de la protección de la propiedad privada y la flexibilización de diversas restricciones a la adquisición de activos por parte de inversores extranjeros. La segunda apunta a transformar el régimen corporativo para habilitar estructuras más flexibles y menos reguladas. La tercera es el llamado «Súper RIGI», diseñado para ofrecer ventajas fiscales y regulatorias a proyectos de gran escala vinculados con sectores estratégicos.

Sin embargo, el movimiento más disruptivo llegó esta semana. En una columna publicada en Financial Times, Milei anunció que su gobierno impulsa una legislación específica para la inteligencia artificial basada en tres pilares: mantener la actividad sin regulación estatal, otorgar beneficios fiscales especiales y crear una nueva categoría jurídica denominada «corporación no humana», integrada por entidades operadas por agentes de IA o robots.
La propuesta supone un cambio de paradigma. Mientras la Unión Europea, China y Estados Unidos discuten cómo limitar riesgos asociados a la inteligencia artificial, la Argentina pretende competir ofreciendo justamente lo contrario: menos controles, menos regulaciones y menores costos para las compañías del sector. El propio Presidente sostuvo que Buenos Aires debería convertirse para la IA en lo que Ámsterdam fue para el capitalismo comercial del siglo XVII.
Es difícil encontrar una figura más alineada con esa visión que Peter Thiel. El empresario lleva años financiando proyectos políticos, tecnológicos y filosóficos que cuestionan la capacidad de los Estados democráticos para gobernar las transformaciones del siglo XXI. Su trayectoria incluye desde iniciativas de ciudades flotantes fuera de jurisdicciones nacionales hasta inversiones en proyectos destinados a crear nuevas formas de organización política y económica.
Pero el vínculo adquiere una dimensión todavía más sensible cuando aparece Palantir. La compañía fundada por Thiel se convirtió en uno de los principales proveedores mundiales de sistemas de análisis de datos para gobiernos, fuerzas de seguridad, organismos de inteligencia y estructuras militares. Su crecimiento estuvo acompañado por debates sobre privacidad, vigilancia y concentración de poder tecnológico. En el Reino Unido, por ejemplo, la expansión de sus contratos públicos generó fuertes cuestionamientos de organizaciones civiles y dirigentes políticos preocupados por el acceso de una empresa privada a enormes volúmenes de información sensible.

El experimento libertario en EE.UU.
Para entender la dimensión ideológica del fenómeno conviene retroceder más de veinte años y viajar a Grafton, un pequeño pueblo de New Hampshire que se convirtió en uno de los experimentos libertarios más famosos de Estados Unidos.
A comienzos de los años 2000, centenares de activistas libertarios se instalaron allí con un objetivo concreto: demostrar que una comunidad podía funcionar mejor con impuestos mínimos, regulaciones reducidas y un Estado prácticamente inexistente. Durante varios años impulsaron recortes presupuestarios, reducciones de servicios públicos y una fuerte retracción de la intervención gubernamental.
El resultado terminó lejos de las expectativas. Los conflictos comunitarios aumentaron, la infraestructura comenzó a deteriorarse y los servicios públicos perdieron capacidad de respuesta. La historia alcanzó notoriedad internacional cuando la falta de regulaciones y controles derivó en una proliferación de osos negros atraídos por residuos mal gestionados y prácticas que algunos vecinos consideraban parte de su libertad individual. Los ataques y encuentros peligrosos se multiplicaron hasta transformarse en una metáfora involuntaria de los límites de la experiencia libertaria.

Si bien Argentina no es Grafton, y un país de 47 millones de habitantes no puede compararse mecánicamente con una pequeña localidad rural, es un antecedente interesante para observar qué pasa cuando desaparece por completo la participación del Estado, tal y como plantean Milei y Thiel.
El experimento en la ciudad estadounidense discutía cuestiones relativamente convencionales: impuestos, servicios públicos y administración local. El proyecto que hoy entusiasma a Thiel y al Gobierno argentino es mucho más ambicioso. Ya no se trata únicamente de reducir el gasto estatal o simplificar regulaciones. La apuesta consiste en rediseñar instituciones completas para adaptarlas a una nueva economía dominada por inteligencia artificial, grandes plataformas digitales y corporaciones con capacidad de procesar cantidades masivas de información.
Las «corporaciones no humanas» propuestas por Milei sintetizan esa transformación. Por primera vez, Argentina podría ofrecer un marco legal especialmente diseñado para entidades administradas por sistemas autónomos, con responsabilidad limitada y beneficios fiscales específicos.
Los defensores de la iniciativa sostienen que el país tiene una oportunidad histórica para convertirse en un polo global de innovación. Los críticos observan riesgos distintos: arbitraje regulatorio, concentración de poder tecnológico, vacíos de responsabilidad jurídica y una creciente influencia de empresas capaces de administrar infraestructura digital estratégica. Incluso en foros especializados y comunidades tecnológicas aparecieron cuestionamientos sobre la viabilidad de crear organizaciones autónomas con responsabilidades legales limitadas sin resolver previamente quién responde por eventuales daños provocados por sistemas automatizados.
Por eso el interés de Peter Thiel trasciende las oportunidades de negocio. Argentina representa algo mucho más valioso: la posibilidad de observar el primer experimento libertario de escala nacional orientado a la economía de la inteligencia artificial. Para Milei, la presencia del magnate constituye una validación internacional de su programa. Para sus críticos, es la señal de que el país está siendo transformado en un laboratorio institucional pensado para las necesidades del capital tecnológico global.
La pregunta que permanece abierta es la misma que dejó Grafton hace dos décadas. Cuando las reglas se diseñan para maximizar la libertad de los actores más poderosos, ¿quién se hace cargo de las consecuencias cuando el experimento sale mal?
«El mejor gobierno es aquel que gobierna menos». La frase, atribuida a Thomas Jefferson y citada en más de una ocasión por Javier Milei, suele interpretarse como una reivindicación de la libertad individual frente al exceso de intervención estatal. Sin embargo, los países que suelen exhibirse como ejemplos de prosperidad no funcionan porque el Estado haya desaparecido, sino porque lograron construir instituciones sólidas, sistemas regulatorios eficaces y reglas capaces de equilibrar intereses privados y bienestar colectivo. La cuestión de fondo no es cuánta presencia tiene el Estado, sino qué ocurre cuando se debilita en áreas donde sigue siendo el único actor capaz de fijar límites al poder económico y tecnológico.
Porque si el pequeño pueblo de New Hampshire terminó enfrentándose a osos, la Argentina podría terminar enfrentándose a desafíos bastante más complejos: datos, inteligencia artificial, soberanía digital y concentración de poder económico. Y esos problemas, a diferencia de los osos, no siempre son fáciles de ver hasta que ya están dentro de la casa.
RM/EO






