“La Copa del Mundo no será ni políticamente neutral, ni económicamente accesible, ni inclusiva”, advierte Stéphane Lauer en Le Monde. El periodista francés no sólo describe lo que sucederá en el próximo Mundial 2026, que se jugará en Estados Unidos, México y Canadá, sino también cómo cambió el fútbol (y todo lo que lo rodea). El torneo ya no sólo define quién gana en la cancha, explica Lauer, también define quién puede ir, cómo se vive la experiencia y qué tipo de hincha encaja en ese modelo.
¿Quién decide quién entra al Mundial? La respuesta formal es la FIFA y los países anfitriones con sus políticas migratorias, pero en la práctica el filtro es mucho más amplio. Es el precio de las entradas, el costo del viaje -en el caso argentino, para la fase de grupos, ronda entre 6 mil y 10 mil dólares, por persona- y la lógica de consumo. El hincha, sobre todo aquel que va al Mundial, se parece cada vez menos al apasionado dispuesto a todo y más a un consumidor con capacidad de pago.
En ese contexto, el hincha argentino ocupa un lugar complejo. “El fútbol en Argentina forma comunidad, crea identidades e impregna las relaciones sociales”, dice el doctor en Ciencias Sociales por la UBA, Diego Murzi, a La Pluma. Hay algo en esa forma de vivir el fútbol que no depende del espectáculo organizado. Pero al mismo tiempo, ese hincha empieza a convivir con nuevas formas. Murzi lo plantea con cautela: “Veo en los últimos seis años, después de la pandemia, cambios significativos de cómo se vive el fútbol”.
El hincha, sobre todo aquel que va al Mundial, se parece cada vez menos al apasionado dispuesto a todo y más a un consumidor con capacidad de pago.
Cambios que tienen que ver con procesos más amplios, según señala. “Hay una nueva forma de consumir el fútbol en las nuevas generaciones en relación a la mercantilización y la racionalización. Es decir, de cuantificar todo. Si ves los reels de quienes crean contenidos aparecen los rankings: quién es el mejor jugador, cuál es el club más grande”. La experiencia se vuelve medible.
El influencer como hincha VIP
En esta nueva lógica, los influencers son una pieza central. La FIFA lo entendió y quizá por este motivo cerró un acuerdo con TikTok para integrar creadores de contenido al torneo. El Mundial ya no sólo se juega en la cancha o en la televisión, sino también en las redes, donde la lógica es otra: inmediata y exagerada.
“Hay una intención de quienes hacen esos contenidos de ir a buscar algo épico, buscar algo excepcional”, lo describe Murzi. Todo tiene que parecer extraordinario, incluso lo que no lo es. Y eso, en un Mundial, seguramente se amplifique. A todo esto, la TV Pública sólo transmitirá los partidos de la Selección, no habrá producción propia y por ende, línea editorial.
Para Nemesia Hijós, doctora en Ciencias Sociales por la UBA, esta transformación no es superficial. “La presencia de influencers en las canchas no es un hecho casual, es otra consecuencia más del desarrollo de las estrategias comerciales digitales hoy”, explica a La Pluma.
Ese corrimiento produce nuevas tensiones. “Los influencers son nuevos actores que habitan otras formas de circular contenido sobre nuestras prácticas. Las canchas se vuelven un escenario más desde el cual se modela. Por eso aparece esta sensación, esta idea, de que es “cool” ir a La Bombonera o ver a la Selección. Nuevos sentidos (propiciados desde el mercado) empiezan a disputar significados que se concebían tradicionalmente, que disputan los sentidos sobre lo popular y que hoy aparecen asociaciones elitistas y prácticas de distinción. Es el deporte el que se vuelve un terreno propicio para exagerar esas diferencias de clase incluyendo a algunos grupos y excluyendo a otros”, explica Hijós.
Sin embargo, tampoco son mundos separados sino más bien un sujeto híbrido en muchos casos. Alguien que puede emocionarse y, al mismo tiempo, formar parte de una lógica de mercado que necesita de esa emoción para funcionar.
«Controlteinment»
El Mundial 2026 parece diseñado para potenciar esa lógica. No sólo por los precios o los acuerdos comerciales, sino por la propia concepción del evento. Habrá show durante el entretiempo en la final, con una producción que busca replicar el impacto del Super Bowl, y figuras como Chris Martin involucradas. Lo confirmó el viernes pasado la FIFA a través de su presidente, Gianni Infantino: «Puedo confirmar el primer espectáculo de medio tiempo en una final de la Copa Mundial de la FIFA. Este será un momento histórico y un espectáculo digno del mayor evento deportivo del mundo».
También se sabe que habrá fan fests en lugares como Times Square. Y habrá experiencias paralelas pensadas tanto para quienes están en el estadio como para quienes consumen desde sus casas.
“El foco ya no está sólo en el juego sino en una experiencia más amplia”, señala Hijós. Y en esa ampliación, todos los actores compiten por la atención. El fútbol se cruza con otras industrias del entretenimiento. Se vuelve más espectacular, pero también más controlado.
Ese control se ve incluso en detalles aparentemente menores, como la prohibición del “tailgating”, una tradición estadounidense que consiste en una fiesta previa al partido. “Esto se enmarca en los habituales estados de excepción que crea la FIFA”, explica Hijós. El Mundial no solo organiza partidos, también regula prácticas, redefine comportamientos, impone una forma de habitar el evento.
La consecuencia es que no todos los hinchas encajan en ese modelo. Algunos quedan afuera por precio. Otros, por estilo. Otros, simplemente, porque su forma de vivir el fútbol resulta incómoda para un espectáculo que busca ser global, ordenado y vendible.
No todos los hinchas encajan en ese modelo. Algunos quedan afuera por precio.
Sin embargo, Murzi advierte que sería simplista pensar que todo está perdido en esa mercantilización: “Tampoco quiero afirmar que todo el fútbol pasó a estar mediado por el cálculo y el dinero. En Argentina, el clima y la fiesta en los estadios mantienen valores como la solidaridad, la inversión desinteresada, la pasión y el amor a los colores”.
Esa persistencia probablemente es lo que vuelve interesante al hincha argentino en un Mundial como éste. No porque sea puro o auténtico en un sentido romántico, sino porque encarna una tensión. Lleva consigo una forma de vivir el fútbol que no termina de adaptarse del todo a la lógica del espectáculo global. Se pudo ver en Qatar 2022, por ejemplo, cuando la hinchada argentina decidió hacer caso omiso a las numeraciones de las butacas y se ubicó toda junta detrás de uno de los arcos del Estadio Lusail.
El hincha, en el Mundial 2026, no será uno solo. No será únicamente quien viva el espectáculo, también será quién lo venda. En este Mundial – que no será neutral ni accesible ni inclusivo-, el hincha será quien encuentre la forma de hacerlo propio.
DC/VDM






