La Argentina pareciera estar al revés. Todo luce desacomodado en el país de Javier Milei. Un jefe de Gabinete bajo el manto de sospecha de hechos graves de corrupción es respaldado por el propio Presidente, quien decide poner el cuerpo y asumir el desgaste político del que debería ser un simple fusible y corta fuego para, precisamente, proteger la figura presidencial. Sin embargo, no solo lo sostiene hace cincuenta días, mientras la Justicia avanza y profundiza la investigación por enriquecimiento ilícito, sino que este miércoles transformará el informe de gestión de Manuel Adorni en Diputados en un nuevo escenario de provocación. Fiel a su estilo, Milei doblará la apuesta y acompañará al viajero coordinador de ministros desde un palco. «Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos», dice Luca Prodan en El Cieguito Volador. Y es que la Política, la que se escribe con mayúscula, exhibe la degradación sin precedentes que marca la época. Todo vale. Nada vale. Todo da lo mismo. Todo está al revés.

La ofensiva
Como señalábamos en este mismo espacio, el gobierno solo podría torcer la agenda y salir de la defensiva a fuerza de nuevos atropellos o barbaridades. Con un primer trimestre en rojo para todas las variables económicas, casos de corrupción flagrantes y la consecuente imagen presidencial a la baja, a Milei sólo le quedaba profundizar su modelo de regresión de derechos y su batalla cultural de avanzar hacia el pasado, como única herramienta para salir del rincón.
Por eso, además de la evidente paranoia imperante, el gobierno decidió cerrar la sala de prensa de Casa Rosada sin previo aviso, con la excusa de un supuesto espionaje ilegal por parte de dos periodistas. La explicación oficial fue que se puso en riesgo la seguridad nacional. Ahá. El Presidente había viajado unos días antes a un país en guerra y bajo fuego enemigo. Sin embargo, la seguridad nacional se puso en riesgo por un informe de TV en el que dos colegas filmaron con una camarita algún pasillo de la Casa de Gobierno. La tomada de pelo supina deja al descubierto lo obvio. A La Libertad Avanza nunca le gustó la libertad de expresión y siempre le molestó el trabajo de la prensa en la Rosada. Y como todo está al revés, pueden cerrar la sala de acreditados por primera vez en la historia y no pasa –casi– nada.

Así es que el gobierno lo hizo de nuevo. Tiró el anzuelo y todos mordimos, porque la barbaridad es tan grande que es imposible evitarlo. De nuevo, la agenda se tuerce a fuerza de atropellos al fleje de los preceptos de la democracia.
También, a fuerza de proyectos para legalizar la quita de derechos a los sectores vulnerables ya golpeados por la motosierra libertaria. Las iniciativas enviadas al Congreso sobre salud mental y discapacidad son parte de esa caja de herramientas libertaria. Efectivamente logran poner a todo el sistema político y de comunicación a discutirlas y, por un rato, el Adornigate queda a un costado. En el medio, sólo genera más angustia en las personas afectadas y su entorno. Las familias del colectivo de discapacidad vuelven a sentir el temor y la incertidumbre por el futuro de sus magras pensiones y ante la posibilidad de tener que volver a someterse a auditorías denigrantes y desgastantes, mientras el gobierno sigue sin cumplir con la ley de emergencia. La crueldad sigue de moda y le es útil al gobierno de la libertad.

Mientras tanto, las grandes mayorías sufren las consecuencias del programa económico. Como te contamos esta semana en La Pluma, la caída de la economía en febrero del 2,6% es la más pronunciada en la era Milei y tiene impacto directo en las clases trabajadoras. La pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo fue de casi el 40%, mientras los precios siguen en alza. No solo de alimentos, sino también de los servicios, que incluso tuvieron incrementos de casi 17 puntos por encima de la inflación. La coyuntura mileísta se suma a los problemas estructurales de siempre y los agudiza: más de la mitad de los argentinos no tiene al mismo tiempo ni agua potable, ni gas ni cloacas.
Infancias pobres
El escenario es desolador. Esta semana se conoció un informe alarmante sobre la pobreza infantil. El Barómetro Social de Deuda a las Infancias de la Universidad Católica Argentina informó que el 60 por ciento de los niños, niñas y adolescentes de entre 0 y 17 años en la Argentina son pobres. El 30% no come regularmente; seis de cada diez no tienen ninguna cobertura de salud; el 35% no fue nunca a un control odontológico y el 16% no va a las revisiones de rutina pediátricas. Mientras tanto, la política pública que propone el gobierno de Javier Milei hacia quienes más deberían ser protegidos fue desenganchar la actualización de la Asignación Universal por Hijo (AUH) del Índice de Precios al Consumidor y desarticular todos los programas destinados a la protección de las infancias.
Es, definitivamente, la Argentina dada vuelta, con un presidente que está convencido que el que está al derecho es él.
SC






